SOBRE LA TRANSICIÓN AL COMUNISMO


El siguiente texto es nuestra última contribución a una discusión que estamos teniendo con el grupo IDA sobre la transición revolucionaria al comunismo, y específicamente sobre la cuestión de cómo se podría organizar la actividad productiva y la distribución de bienes. La conversación completa entre nosotros y la IDA se puede encontrar en una nueva página de nuestro sitio llamada Debates” (en Ingles).

Estimados S y A,

De nuevo, perdón por la demora. Nuestra respuesta se ha alargado y ha tardado más de lo previsto. La hemos titulado:

¿POR QUÉ LUCHAMOS?

«Deja de imaginar el apocalipsis y empieza a imaginar la revolución»

Tomamos la última frase del último mensaje de ustedes como punto de partida. Ustedes han escrito: Si no puedes decirle a la gente qué es el comunismo, ¿por qué deberían luchar por el comunismo?

Asumimos que la pregunta es retórica, pero en realidad es difícil decir a la gente qué es el comunismo. No es un sistema de gobierno que exista o haya existido, ni es una receta en el libro de cocina de la revolución. Es un movimiento más que una ideología y, por tanto, por definición no estático, difícil de definir. Un movimiento que es una fuerza material resultante de la lucha de clases y, por tanto, condicionado por ella. La lucha de la clase trabajadora contiene al comunismo como una dinámica inherente que impulsa hacia la abolición de las clases, incluida ella misma, y la abolición de la economía1, una fuerza externa que impone su ley sobre nosotros, para reemplazarla por una decisión comunal y consciente de lo que hacemos, cómo lo hacemos y cómo lo compartimos, no por la propiedad, sino sólo por las necesidades humanas.

La fuerza o debilidad del comunismo está ligada a la lucha de clases en general. Así que ahora mismo es bastante débil. Cuando se fortalece, no es tanto porque más gente piense “que deberían luchar por el comunismo”, sino porque la creciente fuerza de la lucha de clases la lleva hacia una dirección comunista. Las formas en que se expresa están necesariamente condicionadas por el horizonte visible en los momentos de esa expresión.

Es difícil plasmar el comunismo en pocas frases sin eslogan, pero también es complicado describirlo en detalle. Esto último es lo que intentó hacer el GIK y lo que ustedes también intentan. Y compartimos las preocupaciones que los motivan: tiene sentido intentar prever los problemas que surgirán, los retos que habrá que abordar y pensar en posibles soluciones; y también mostrar que cuando el capitalismo es derrotado, una comunidad humana es una posibilidad real, y advertir contra las trampas, especialmente contra una visión estatal del período de transición. Creemos que es útil pensar y debatir sobre estos temas como lo han hecho los pro-revolucionarios en el pasado. Agradecemos este diálogo. Podemos aceptar diferencias de opinión porque la cuestión, ahora, está en su etapa hipotética. Sin embargo, no podemos aceptar que un texto como los Principios Fundamentales de la GIK se convierta en una especie de ortodoxia. Como han escrito, “esta teoría es solo una teoría y en realidad todo puede desarrollarse de formas totalmente diferentes”.

La verdad es que la mayoría de nosotros descubrimos hacía donde nos dirigimos cuando llegamos”

El horizonte de nuestra imaginación

Como no tenemos ningún ejemplo existente de comunismo, y porque las lecciones de las secuelas de la revolución de 1917 son mayormente negativas (¿Qué no hacer…), para proyectar lo que significaría en la vida cotidiana, necesitamos usar la imaginación. Pero el horizonte de nuestra imaginación de clase se dibuja por las condiciones de los tiempos en los que vivimos.

¿Qué pensaban Marx y Engels que significaría el comunismo en la vida cotidiana cuando, en 1847, escribieron el Manifiesto Comunista? El primer paso, según su opinión de la época, fue “la conquista de la democracia” por parte del proletariado. Luego seguirían medidas como “impuestos muy progresivos”, “centralización del crédito en manos del Estado”, “centralización de todo el transporte en manos del Estado”, “aumento del número de fábricas nacionales”, “igualdad de deber laboral para todos”, “formación de ejércitos industriales, especialmente para la agricultura”, “abolición del trabajo en fábrica por parte de los niños en su forma actual”. Lo que nos llama la atención al leer esa lista hoy no es sólo el hecho de que incluso estos gigantes de la anticipación comunista aún tenían ilusiones sobre conquistar la democracia y el Estado (su perspectiva solo cambiaría tras ver cómo los trabajadores y soldados revolucionarios de París en 1871 no tomaron el control del Estado sino que lo tiraron de lado), sino también lo modestos que son los cambios que previeron y la poca relevancia que tienen hoy. La mayoría no requieren una ruptura fundamental con el capitalismo. Dadas las condiciones sociales de entonces, la enorme pobreza, los impactantes y disruptivos ritmos de la revolución industrial, es comprensible que estas medidas se vieran como pasos hacia el comunismo, pero hoy creo que estaríamos de acuerdo en que ni siquiera lo son.

Un cuarto de siglo después, Marx acuñó, en su “Crítica del programa de Gotha” (1875), una gran definición concisa del comunismo: “De cada uno según su capacidad, a cada uno según sus necesidades”. Pero en el mismo texto 2afirmó que aún no era posible. Alcanzar este objetivo requiriría un mayor desarrollo de las fuerzas productivas. Tras derrocar el capitalismo tendría que haber una fase inferior del comunismo, en la que la regla no sería para cada uno según sus necesidades, sino para cada uno según su contribución laboral medida en tiempo. Seguiría siendo una sociedad desigual. De nuevo, dado el relativo subdesarrollo de la época, es comprensible que él pensara así. El GIK basó sus “Principios Fundamentales”. (1930) sobre las ideas de Marx acerca de la “fase inferior” del comunismo. Aquí también, el contexto histórico (ahora la contrarrevolución en Rusia y el inicio de la Gran Depresión) es el trasfondo de la visión que desarrollaron. Nadie está libre de los límites del periodo en el que vive.

?Hay alguna clase (asignatura) con la que tienes dificultades?
¡La burguesía!
¡Qué carajo Carlos
!

Estamos tan limitados en el tiempo como Marx, Engels y el GIK, pero hoy el horizonte de nuestra imaginación es muy diferente y también los desafíos a los que nos enfrentamos. El principal desafío ya no es ampliar la capacidad industrial para fabricar para “ a cada uno según sus necesidades”’’ en algún momento futuro. El capitalismo se ve obligado a crecer, pero la sociedad postcapitalista tendrá que ‘deshacerse’. No expandir, sino cambiar radicalmente la producción. Grandes porciones de la economía capitalista dejarán de existir. Esto no solo es una necesidad urgente debido a la crisis climática heredada del capitalismo, sino que también será el resultado del cambio de propósito y contenido de la producción. Según los datos de 2026 de la Organización Internacional del Trabajo , más de 2.000 millones de personas están actualmente desempleadas o sufren algún tipo de infrautilización de la mano de obra (subempleadas, rechazadas o atrapadas en trabajos informales de baja calidad). A esa cifra se suman los trabajadores de industrias que desaparecerán (como la producción de armas, por nombrar solo la más obvia) y los cientos de millones que ahora trabajan en empleos administrativos que desaparecerán (burocracias, finanzas, seguros, política, etc.), los muchos otros empleos que deben desaparecer (vigilancia y control, crimen y lucha contra el crimen, personal militar y policía, etc.) y los muchos que pueden desaparecer cuando la automatización, incluida la IA, se utilice no con fines de lucro sino para servir a las necesidades humanas… Si sumamos todo eso, no cabe duda de que la mayoría de todos los empleos que existen hoy desaparecerán, ya sea durante o poco después de la revolución que derroca al capitalismo.

Por supuesto, el enfoque en las necesidades humanas daría lugar a muchas nuevas ocupaciones, ampliaría algunas ya existentes como la construcción de viviendas e infraestructuras, y aumentaría enormemente el número de personas que trabajan en la salud y otros ámbitos de atención. La necesidad de restaurar la salud del medio ambiente natural y desintoxicar la agricultura también sería una tarea gigantesca que requeriría el esfuerzo de un gran número de personas (cuya contribución sería difícil de medir en tiempo de trabajo). Podemos nombrar otras actividades que probablemente se expandirán o serán inventadas, pero la cuestión aquí es que no es realista asumir que podrán absorber a los miles de millones de personas desplazadas durante el colapso del viejo orden mundial. La idea de que la revolución resultaría en un mundo en el que todos fueran trabajadores que recibieran el equivalente al tiempo de trabajo que él mismo le ha dado ya es absurda solo por este hecho: sería imposible hacer que todos, quizá incluso la mayoría de la población, fueran trabajadores.

Ni sería necesario. Quizá recuerdes el famoso “fragmento sobre las máquinas” en Grundrisse (1857-58), en el que Marx escribe que “El propio capital es la contradicción en movimiento, [en] que presiona para reducir el tiempo de trabajo al mínimo, mientras que el tiempo de trabajo, por otro lado, es la única medida y fuente de riqueza”. Marx señaló que el capitalismo, “Por un lado, llama a la vida todos los poderes de la ciencia y de la naturaleza, así como la combinación social y la interacción social, para hacer que la creación de riqueza sea independiente (relativamente) del tiempo de trabajo empleado en ella. Por otro lado, quiere utilizar el tiempo de trabajo como vara para medir para las gigantescas fuerzas sociales que así se crean”. Observó cómo, como resultado de la dinámica interna del capitalismo, la fuente de la verdadera creación de riqueza estaba pasando del trabajo vivo al conocimiento social, hacia lo que él llamaba “el intelecto general”. “En esta transformación, no es ni el trabajo humano directo que él mismo realiza, ni el tiempo durante el cual trabaja, sino más bien la apropiación de su propio poder productivo general, su comprensión de la naturaleza y su dominio sobre ella por virtud de su presencia como cuerpo social – es, en una palabra, el desarrollo del individuo social lo que aparece como la gran piedra angular de la producción y de la riqueza.” Probablemente pensaba más en nuestra época que en la suya cuando escribió: “El trabajo vivo ya no parece estar tan incluido dentro del proceso de producción; más bien, el ser humano llega a relacionarse más, como vigilante y regulador, con el propio proceso de producción… Se aparta del proceso de producción en lugar de ser su actor principal.” Le quedó claro que el proceso de producción requeriría (relativamente) menos y menos trabajo vivo. La realidad automatizada de hoy hace fácil ver que tenía razón. La producción de bienes necesarios para la reproducción de la sociedad no podría ni tendría que absorber una gran parte, quizá ni siquiera la mayoría, de la población apta para trabajar.

¿Entonces qué pasaría? Dado que ambos aborrecemos el escenario de pesadilla de un “Estado proletario” (controlado o no por consejos obreros) que asignaría a cada uno su lugar en la cadena global de producción, podemos imaginar, por un lado, que las masas desplazadas, especialmente al principio, consumirían bienes sin contribuir mucho o nada de tiempo de trabajo para la producción de bienes, y además que la mayoría, probablemente bastante rápido, encontraría actividades significativas para hacer, se consideren o no socialmente necesarias (y quién lo determinaría de todos modos). Podemos esperar una explosión de creatividad, pero eso no significa que podamos imaginarlo. Tampoco que podamos imaginar cómo encajará con la necesidad de planificación global, o cómo se llevará a cabo la comunicación y la toma de decisiones. Pero lo que parece claro es que sería un error peligroso restringir el acceso a los bienes a quienes han contribuido con tiempo de trabajo socialmente necesario aprobado por el municipio. La comunidad humana se encargará de la comunidad humana.

La comunidad humana no existe hoy en día, aunque el término “comunidad internacional” aparece a menudo en los medios. Se utiliza para pintar un mundo en el que las naciones están realmente preocupadas por “nuestro planeta compartido”. Un mundo con una conciencia que no existe, una ilusión que contrasta fuertemente con el mundo real en el que la necesidad de ganar el juego competitivo prevalece sobre todas las buenas intenciones y todos los intentos de abordar problemas globales, en el que todas las comunidades reales son destruidas por el capitalismo que arrastra al mundo real a la guerra y otras catástrofes. Pero en la lucha de la clase trabajadora por la supervivencia, que cada vez más se verá obligada a enfrentarse a la lógica destructiva del capitalismo, puede surgir una verdadera comunidad humana. De hecho, es el propósito de la revolución, que no puede tener éxito de otro modo. Rechazamos el sistema de vales no sólo porque sea complicado o no-práctico, sino porque el tipo de restricciones que implica son antitéticas a lo que significa comunismo.

Pero la derrota política del capitalismo no ocurrirá de repente. Lo más probable es que haya un largo período en el que el proletariado luche contra el Estado capitalista y al mismo tiempo empiece a construir un nuevo mundo. E incluso cuando sea derrotado políticamente, el capitalismo probablemente seguirá sobreviviendo en algunos huecos aquí y allá. En medio del caos, algunos de los desplazados pueden iniciar la producción sobre una base capitalista. Aunque no haya dinero oficial, podrían inventar uno y empezar a intercambiar y acumular. Además, no sabemos en qué condiciones se encontraría un proletariado victorioso en este mundo. Puede que la destrucción del medio ambiente por parte del capitalismo y los daños causados por sus guerras sean tan graves que desaceleren seriamente lo que se puede lograr a corto plazo. Durante el período de colapso de la producción de capital y la expansión de la producción para las necesidades habrá escasez. Podemos debatir cómo debe gestionarse la escasez, pero esto es seguro: las condiciones actuales no son las mismas que en tiempos de Marx o del GIK. Enfatizaron que era necesario desarrollar las fuerzas productivas para superar la escasez, para hacer posible “a cada uno según sus necesidades“. Pero hoy en día, no necesitamos que las fuerzas productivas crezcan, necesitamos que cambien en contenido y propósito. El hecho de que haya tanta necesidad no cubierta no es porque la sociedad careza de la capacidad para alimentar a los hambrientos y alojar a los sin hogar, etc. No es un problema técnico. El conocimiento social, los recursos y la tecnología están ahí, pero están al servicio del capital. Si se centraran en satisfacer todas las necesidades básicas de toda la humanidad, ese propósito se podría alcanzarse bastante rápido. Una vez liberado, el desarrollo de la tecnología de la información y la comunicación, incluida la IA, que ahora está moldeada para obtener ventaja competitiva y beneficios, acelerará sin duda la transición.

O quizá no se pueda cubrir todas las necesidades básicas tan rápido. Es imposible prever todas las interrupciones sociales, todos los problemas técnicos que surgirán y aún menos saber con qué rapidez podrían superarse. No debemos subestimar la dificultad de reconfigurar la logística de producción global ni las dificultades que esto podría conllevar. Las interrupciones podrían crear escasez local de bienes necesarios. Pero tales problemas sólo se agravarían limitando el consumo en función del tiempo de trabajo contribuido. Y ¿qué tipo de organismo haría cumplir estas limitaciones? ¿y estaría sujeto a diferencias políticas locales… Esto se vuelve sombrío rápidamente

Deshacerse del ‘fango de los tiempos’

Ustedes han escrito: “Lamentamos realmente – probablemente más que nadie – el hecho de que la comida, la ropa y la vivienda simplemente no caen del cielo…”

Efectivamente, no lo hacen. ¿Entonces, un sistema de distribución que haga que los bienes de consumo básicos sean accesibles libremente para todos corre el riesgo de colapsar por abuso? ¿No significaría eso que algunos preferirían ser perezosos, no aportar nada y vivir del trabajo de otros? ¿Y que algunos se entregarían a un consumo codicioso y sin sentido de bienes gratuitos, sólo porque pueden?

Sí, tal vez. Pero serían una minoría, lo que probablemente no supondría una carga pesada para la comunidad. No podemos creer que una sociedad revolucionaria postcapitalista condene a morir de hambre a quienes no participan en la producción. Ni siquiera si la distribución de bienes se basara en vales de trabajo, como ustedes piensan. Las necesidades básicas de la población no activa se cubrirían mediante un fondo general, la parte del producto social que no se distribuye mediante el sistema de vales Entonces la pregunta es, ¿por qué no satisfacer las necesidades de todos de esa manera, en lugar de hacer el complicado y quizá inviable desvío del sistema de vales. El nivel de vida de quienes reciben bienes o raciones gratuitas tendría que ser considerablemente inferior al de los trabajadores que reciben vales, de lo contrario los vales ya no serían el incentivo para trabajar deberían ser. Así que el sistema de contabilidad laboral crearía una sociedad de dos niveles en lugar de una comunidad humana.

Creemos que la revolución saltaría esa llamada “fase inferior” del comunismo. Los trabajadores perezosos y los consumidores codiciosos no supondrían un problema serio, no sólo por la productividad de la sociedad comunista, sino también porque la gente no sería la misma que hoy y tampoco trabajaría. La producción no seguiría siendo trabajo asalariado.

La gente no sería la misma porque formar parte de la revolución los cambiaría. Para eso es la revolución, según Marx: “esta revolución es necesaria, por tanto, no solo porque la clase dominante no puede ser derrocada de otra manera, sino también porque la clase que la derroca sólo en una revolución puede librarse de toda la suciedad de los siglos y prepararse para fundar una sociedad nueva.” [La ideología alemana, 1848]

No subestimemos el cambio de actitudes cuando la producción se orienta directamente a las necesidades humanas y esta orientación está colectivamente acordada. Incluso en la sociedad capitalista, a la mayoría de la gente no le gusta no hacer nada durante un período prolongado, quieren hacer algo con sentido en su vida. Libre de “toda la porquería de los siglos”, el proletariado que ha derrocado el capitalismo y que ya no es proletariado sentirá este deseo de participar en actividades significativas cien veces más fuerte. No habrá necesidad de obligarlos a ser productivos. El ambiente social creado por el hecho de que los medios de producción se han convertido en bienes comunes generará un entusiasmo y un espíritu colectivo que son la motivación más poderosa para participar en la producción, sin necesidad de coacción económica individual.

Como escribió Raoul Victor sobre el sistema de vales:

Medir las contribuciones de los productores individuales se considera que crea (o mantiene) una motivación para participar en la producción social. Pero, como tal, esta “motivación” se basa en el antiguo principio burgués: si no trabajas, no comes. Si no trabajas lo suficiente, no tendrás lo suficiente, y esto independientemente de las posibilidades sociales existentes. Sin embargo, aprender a participar en la producción social de otra manera que no sea bajo el látigo del chantaje del hambre parece una prioridad urgente tan pronto como la colectividad posea los principales medios de producción.”

La revolución comunista, si llega justo a tiempo para evitar el suicidio de la humanidad, es un evento sísmico que lo cambia todo. Es difícil imaginarlo, pero no dejará nada intacto. La gente cambiará. En la brecha de la lucha por la supervivencia, los proletarios se unirán y se convertirán en el trabajador colectivo consciente, que ya era pero no lo sabía. Todas las relaciones humanas (entre productores, familiares, hombres-mujeres, jóvenes y mayores, profesores-alumnos y más) cambian en el proceso. La forma en que la sociedad se reproduce cambia por completo. La actividad productiva cambia. Ya no significa trabajo.

El fin del trabajo

Ustedes han escrito: “No creemos que sea posible “abolir el trabajo” como tal, como parece que ustedes exigen. En cambio, queremos “abolir el trabajo asalariado”. Nuestra comprensión del trabajo está inspirada en Marx, quien lo describió como el metabolismo entre los humanos y la naturaleza. El trabajo en este sentido fundamental, por supuesto, nunca podrá abolirse, mientras los seres humanos también sean seres naturales. Lo que sí se puede y debe hacerse son productos y servicios diferentes.”

Cuando Marx argumentó que “la revolución comunista se dirige contra el modo de actividad precedente” y “elimina el trabajo” (Ideología alemana, Parte I, sección 5), o cuando escribió que “la abolición de la propiedad privada solo se hará realidad cuando se conciba como la abolición del trabajo” (Sobre el libro de Friedrich List, Das nationale System der politischen Oekonomie), ciertamente no quiso decir que el metabolismo entre humanos y naturaleza deba abolirse. Quería señalar que este metabolismo no es algo estático, sino que cambia cualitativamente a lo largo de la historia. “Labour (trabajo)” tenía un contenido muy específico para él, diferente de “work (actividad productiva)”. Según Engels, se quejaba de que el idioma alemán no hacía esa distinción.3 Es cierto que incluso en inglés la gente suele usar las palabras indistintamente, pero el diccionario dice que “work” es un término más general, que se refiere a cualquier actividad con propósito, mental o física, pagada o no; mientras que “labor” es más específico, refiriéndose a la producción de bienes y servicios, pagados o parte de un intercambio económico. En español, la distinción tampoco es tan clara. 4“Work” es una actividad productiva concreta, pero “labor”, como modo de trabajo históricamente específico en la sociedad capitalista, es abstracto, atado a la contabilidad del tiempo de trabajo, medido por el tiempo de trabajo socialmente necesario, sujeto al dictado del reloj. La revolución debe abolirlo inmediatamente.

El proceso concreto de producción puede y debe ser organizado por los propios productores. Lo organizarán no solo para crear cosas para otros (incluidos los diferentes productos y servicios que esperan), sino también pensando en su propio bienestar. Transformar una actividad productiva para que se vuelva satisfactoria será su prioridad desde el principio. Por eso les gustará producir, por eso ya no será trabajo, por eso la gente ni necesitará ni aceptará ser obligada a trabajar. Será satisfactorio, por su nuevo propósito (necesidades reales en lugar de ganancia), por las nuevas relaciones entre productores libremente asociados, por el control que ahora tienen sobre sus medios de producción, sus métodos y su producto. Quizá no todas las tareas puedan ser un placer así, o quizá sí. Esa también es una revolución que podemos esperar y desear, pero que sigue fuera del horizonte de nuestra imaginación.

Es revelador que el único cambio que ustedes prevén respecto al trabajo es: “Lo que realmente se puede y debe hacerse son productos y servicios diferentes.” Nuevos productos para los consumidores, pero nada digno de mención sobre cómo se fabrican. Y, de hecho, el sistema de vales no cambia el contenido del trabajo ni su medida (tiempo de trabajo). Sin embargo, es precisamente ese contenido lo que debe transformarse.

Parece que aceptan como algo natural (y es cierto que Marx también lo hizo) que sería una característica de la sociedad comunista que las horas de trabajo se redujeran lo máximo posible para aumentar el tiempo libre y disponible para todos. Pero eso implica que el tiempo de producción seguirá siendo tiempo no libre, tiempo en el que la gente se ve obligada a hacer algo cuando preferiría estar haciendo otra cosa. Una actividad terrible pero necesaria que hacen porque deben, porque tienen que comer, porque necesitan sus vales. En otras palabras, mientras la división entre producir y el tiempo libre permanezca, el trabajo sigue siendo un trabajo alienado. En cambio, pensamos que será una característica distintiva de la sociedad comunista que la distinción trabajo-ocio desaparezca. Las actividades productivas serán gratificantes en sí mismas y el ocio a menudo será creativo y productivo. Y dado que sería imposible distinguir la actividad “trabajo”, que por sí sola daría derecho a obtener vales de consumo, de otras actividades, también sería imposible medir el tiempo de trabajo propiamente dicho, como exige el sistema de vales. Así que este sistema sería un verdadero obstáculo para la transformación comunista, ya que perpetuaría una realidad que debe superarse lo antes posible.

El fin del Valor

Ustedes han escrito: “Queremos enfatizar que la contabilidad de tiempo de trabajo no es de producción de valor. Verlo como una forma de valor, porque se mide el tiempo de trabajo y la gente cobra por su trabajo, es una comprensión bastante primitiva de la teoría del valor (…) y no es una visión marxista.”

Eso confirma que Marx no era marxista, como de hecho él lo afirmó sarcásticamente una vez. Sobre la contabilidad en tiempo de trabajo escribió en su Crítica de Gotha: “Claramente, aquí se aplica el mismo principio que el que regula el intercambio de mercancías en la medida en que este sea un intercambio de valores iguales.” Reconoció “… una cantidad dada de trabajo en una forma se intercambia por la misma cantidad en otra.” La sustancia del valor sigue siendo la misma: el tiempo de trabajo. Como antes, el tiempo de trabajo que realiza determina la parte del trabajador en la riqueza social.

Así que si trabajas muchas horas, recibirás más vales y podrás consumir más. Si trabajas menos, debes consumir menos. A menos que hagas trampas y finjas que has trabajado más, pero entonces podrías ser pillado por el departamento de control de tiempo laboral y recibir una sanción. ¿Te parece justo? Marx admitió que un sistema así no es justo, que causaría desigualdad porque ignora las diferencias cualitativas entre las habilidades de los productores y las necesidades de los consumidores. Sin embargo, “el bien nunca puede ser más alto que la estructura económica de la sociedad y su desarrollo cultural condicionado por ella.”

Así que, como en el Manifiesto Comunista, se conformó con algo que parecía alcanzable, algo que aún se parecía al capitalismo en muchos aspectos. Pero hoy suena como una receta de otra época (de un hombre que escribió, como es bien sabido, que no quería dar “recetas para las tiendas de cocina del futuro“). Al menos los trabajadores dejarían de ser explotados, no se les robaría plusvalía, ya que recibirían el equivalente completo al valor que su trabajo directo producía. Excepto, por supuesto, la parte que debe deducirse para inversión y para cubrir las necesidades de quienes no pueden trabajar.

Los regímenes capitalistas estatales también afirmaban que en su sistema los trabajadores ya no eran explotados porque los medios de producción supuestamente ya no eran de propiedad privada sino que pertenecen al propio Estado socialista obrero, de modo que todo trabajo excedente que los trabajadores realizan para el Estado, lo hacen para sí mismos. Las tres principales diferencias con el sistema propuesto por el GIK son que este último estaría bajo el control de los consejos de trabajadores, lo que presumiblemente impediría la aparición de una clase dominante privilegiada basada en el Estado, que el valor de los bienes no sería determinado ni por el mercado ni por el Estado, sino por un “cálculo exacto y objetivo”, y que no se utilizaría dinero en el intercambio de bienes y tiempo de trabajo.

Pero seguirían siendo procesos de intercambio los que regularían la producción y el consumo. Intercambios posibles gracias a lo que hace que el trabajo sea comparable a otros trabajos y sus productos a otros productos. Obviamente, hay muchas formas en que todo tipo de trabajo difiere entre sí. Difieren en intensidad, dificultad, talento y habilidad, y en el grado en que el esfuerzo es individual o colectivo, por nombrar solo algunas características. Lo único que tienen en común es que pueden medirse en tiempo. Lo mismo ocurre con los productos del trabajo. Puede que sean deficientes o perfectos, pero lo que tienen en común, lo que los hace comparables, es que se invirtió una cantidad medible de tiempo de trabajo en su fabricación. Los consumidores también se ven reducidos a lo que tienen en común. Todos poseen una cantidad de valor (una cantidad de tiempo de trabajo, expresada en vales), independientemente de las diferencias en sus necesidades y circunstancias.

Eso invalida la afirmación de que el sistema de vales permite un cálculo exacto. Dadas estas diferencias cualitativas, realmente no sería posible medir el trabajo social medio contenido en cada producto ni el tiempo de trabajo proporcionado por cada productor individual. También porque, como escribió Marx en Grundrisse, “el producto deja de ser producto del trabajo directo aislado, y la combinación de la actividad social aparece, más bien, como el productor.” El producto es social, hecho por ‘el trabajador colectivo’, y se ha vuelto imposible determinar qué ha aportado cada trabajador individual. En los procesos de producción actuales, los chips de ordenador y el software digital están presentes en todas partes y son esenciales en todas las etapas de la producción. Calcular cuánto tiempo de trabajo que contienen es transferido cada vez que se usan, no sería muy práctico. Marx consideraba insostenible seguir utilizando el tiempo de trabajo como medida cuando el trabajo vivo ya no es la principal fuente de riqueza real. En Grundrisse, situó las raíces de la crisis sistémica del capitalismo en esa contradicción. Según él, se convierte en una absurdidad que desencadena un cambio histórico. Así que nos preguntamos: si la medida de la riqueza por tiempo de trabajo directo ya es un problema tan grande en el capitalismo, ¿por qué seguir organizando la producción y la distribución sobre esta base después de que el capitalismo sea derrotado?

La contabilidad en tiempo de trabajo quitaría a los productores el control sobre el proceso y los medios de producción de diversas maneras. Una de esas formas sería que promoviera la estandarización. La necesidad de medir los tiempos de trabajo individuales que se invirtieron en los productos de actividades sociales combinadas requeriría descomponer los procesos de trabajo en tareas uniformes y estandarizadas cuya duración pudiera determinarse. Aquí es donde se produce la división entre el trabajador colectivo y su producto. Los productores estarían bajo presión, no solo para cumplir las tareas en el tiempo socialmente medio asignado, sino también, para mantenerse dentro del límite de tiempo, para cumplir la tarea de una manera dada y estandarizada. Seguirían sujetos al reloj y no tendrían control real sobre cómo usar sus medios de producción.

La sociedad en transición puede enfrentarse a graves problemas de escasez, pero la contabilidad en tiempo laboral no es la única forma posible de abordarlos. Un sistema dinámico de racionamiento basado en una distribución equitativa de bienes según las necesidades y que pueda adaptarse rápidamente a las circunstancias cambiantes parece una solución mucho mejor que un sistema que sigue tratando a todos y todo como una cantidad de tiempo de trabajo. Lo que Marx propuso en “Gotha”, lo que el GIK elaboró en “Principios fundamentales”, equivale a un intercambio de valor sin dinero.

Los vales de trabajo no son dinero porque no sería posible acumularlos ni usarlos para mediar intercambios de bienes. Al menos no en teoría. Cómo se aplicaría eso en la práctica es otra cuestión. La cuestión es si, en una economía organizada sobre la base de intercambios de equivalentes, el dinero podría estar ausente. Si de hecho a los vales de trabajo no se les permitiera asumir estas funciones esenciales del dinero (circular bienes, ahorrar, acumular…), podrían estar funcionando como dinero imperfecto y las funciones que no puede cumplir serían sustituidas por otra cosa. En otras palabras, el mercado sobreviviría, de forma informal y perniciosa, como mercado negro.

Ustedes argumentan que la contabilidad en tiempo de mano de obra sería necesaria para planificar la producción. De hecho, será útil tener en cuenta los datos sobre el tiempo de producción para la planificación, pero solo como uno de varios parámetros. Tendría más sentido calcular los parámetros de producción y distribución en base a cantidades físicas concretas. Como escribió Raoul Victor: “La medida de las necesidades humanas, por un lado, y de las posibilidades reales de producción, por otro, en términos físicos (por ejemplo, la cantidad de litros de leche por niño, por un lado, y el número de vacas lecheras por otro), son mucho más fáciles de hacer que cualquier evaluación basada en el tiempo medio de trabajo social.” Y enfatiza que el desarrollo de la tecnología de la información puede hacer que esta planificación sea mucho más fácil, precisa, flexible y eficiente.

Cualesquiera que sean las ventajas que pueda tener la contabilidad de tiempo de trabajo para la planificación, palidecen frente al respaldo de que los proletarios seguirían estando gobernados por el reloj, precisamente lo que los hizo resistir al capital en primer lugar. Como escribió Gilles Dauvé: “Si el regulador es el tiempo de trabajo, esto implica la necesidad de ser productivo, y la productividad no es servidora: gobierna la producción. La planta de taller pronto perdería el control sobre sus supervisores electos, y los coorganizadores designados democráticamente actuarían como jefes. El sistema de consejos sobreviviría como una ilusión, y la gestión de trabajadores resultaría en capitalismo, o más bien… El capitalismo nunca habría desaparecido. No podemos tenerlo todo: o mantenemos la base del valor, o la dejamos pasar. El círculo no se puede cuadrar.”

El fin del Estado

Ustedes escribieron: “Sería muy ingenuo suponer que el Estado desaparecerá de repente en un proceso revolucionario.”

Lo que hace que esta frase sea correcta es la palabra “de repente”. Un colapso repentino del Estado es, en efecto, poco probable. Pero quita esa palabra y decimos: ¡sí! El Estado desaparecerá en el proceso revolucionario, porque de eso va este proceso.

El Estado capitalista ha crecido continuamente, independientemente de los cambios ideológicos, independientemente de que el régimen sea democrático o autoritario, liberal o (pseudo)comunista. La razón es que el capitalismo, bajo la presión de sus propias contradicciones y de la resistencia de clase, necesita cada vez más coerción y control. Para eso está el Estado y contra eso lucha el proletariado.

Ustedes han escrito: “La teoría contable en tiempo laboral intenta encontrar soluciones a estos problemas, para evitar un retroceso a la economía estatal – que en este momento, de hecho, parece el escenario más probable durante una situación revolucionaria”.

No tenemos una bola de cristal, no sabemos si es cierto, pero compartimos el miedo de ustedes. Si la revolución no lleva más que a una toma política del Estado, habrá fracasado. Habrá cavado su propia tumba. Quizá entonces el escenario sea lo que ustedes llaman “economía estatal”. El GIK quería demostrar que eso no era inevitable, que el comunismo no tenía por qué ser como la URSS de Stalin. Defendieron posiciones revolucionarias en un periodo muy oscuro. Su lucha es nuestra. Pero eso no significa que las soluciones que propusieron “para evitar un retorno a la economía estatal” cumplieran ese propósito. Si partes de la premisa de que las personas deben ser obligadas a trabajar para consumir, ya dices implícitamente que deben ser controladas. La contabilidad de tiempo laboral sigue basándose en la coerción y requiere control para que funcione. La coerción y el control requieren un aparato para hacerlas cumplir, imponer las leyes y regulaciones de la economía en la sociedad, castigar el engaño, el abuso y otras infracciones. Eso es el Estado, aunque exista una estructura de consejos de trabajadores que se eleve por encima de él.

¿Se marchitaría un Estado así? ¿O sería el lugar desde el que el modo de producción capitalista se reafirmaría? El hecho de que la forma de valor sobreviviría, que la reproducción de la sociedad seguiría basándose en el trabajo cuyo ritmo y modalidades escapan al control directo de quienes lo realizan, sugiere que la segunda posibilidad sería la más probable. El trabajo alienado seguiría estando en el núcleo de la sociedad, y como es trabajo alienado, tendría que ser gestionado. Requeriría una división del trabajo de la que pudiera surgir una clase dominante, cuyas responsabilidades de gestión se ampliarían con el tiempo, desde la supervisión del sistema de contabilidad de tiempos de trabajo hasta la imposición de normas y prácticas que la economía requiere. Podría centrarse en la expansión del trabajo excedente incluso en detrimento del trabajo necesario (trabajo para satisfacer las necesidades de los propios productores). Su expansión podría incluir funciones sociales extraeconómicas como reprimir a los capitalistas privados, integrar lo desconectado, contener las tendencias centrífugas de la sociedad y otras tareas que no deberían confiarse a especialistas estatales o protoestatales.

El Estado debe morir y no ser resucitado. La persistencia de la forma de valor en la contabilidad por tiempo de trabajo podría permitir su retorno. Llevaría a la aparición de una clase separada para gestionar el sistema de valores y crearía nuevas vías hacia la acumulación. Aunque la forma de un Estado se base en la dictadura de los consejos proletarios, con delegados elegidos y revocables por los trabajadores que los eligieron, eso no podría cambiar fundamentalmente el contenido de su práctica.

Esto no niega que los consejos de trabajadores, o una estructura comparable que involucre a toda la sociedad en la fijación de prioridades globales y en la toma de otras decisiones de impacto global, serían esenciales. La transición revolucionaria no sería desorganizada. Al contrario, la vida organizada probablemente prosperará como nunca antes. A medida que el trabajador colectivo abre la puerta a la comunidad humana, la conciencia comunitaria hará brotar innumerables organizaciones. Ya sea por la proximidad, la actividad compartida u opiniones o intereses compartidos, serán sujetos activos. Y la tecnología de la información, cuando sea liberada, les proporcionará medios de comunicación que Marx y el GIK ni siquiera podrían soñar.

Entre toda esta organización espontánea se destaca la necesidad de una organización de masas durante la insurrección revolucionaria y posteriormente. En el pasado se manifestó en la formación de asambleas obreras, soviets, consejos obreros. Parece razonable suponer que una organización revolucionaria de masas del mañana tendría similitudes con esas. Cómo se organizaron y cómo deberían organizarse ha sido objeto de mucho debate, pero lo que está claro es que solo pueden ser una organización de masas si la masa está luchando. Y la masa solo lucha si es sujeto con capacidad de transformación. Los trabajadores (o cuando se abolieron las clases, los productores) deben sentir que tienen opciones, que juntos tienen poder sobre su vida. Si eso desaparece, la estructura de consejo mejor organizada se convierte en una cáscara vacía. Así que, dado que el sistema de contabilidad en tiempo laboral perjudica la capacidad de actuar de los productores, debilita la base sobre la que se basa la estructura del consejo.

Una estructura similar a un consejo global sería indispensable, dadas las dificultades globales que enfrentamos. Tenemos que ser capaces de decidir colectivamente qué hacer. Pero sería un error imaginar una jerarquía de poder organizado con el consejo global en la cima, como una versión proletaria de la democracia parlamentaria. Las formas en que ocurren la comunicación y la toma de decisiones probablemente serán más horizontales que jerárquicas, comunales en lugar de que una parte imponga su voluntad sobre la otra. Está más allá del horizonte de nuestra imaginación ver y describir cómo se organizará eso con precisión. Pero sabemos que no llegaremos si reemplazamos salarios por semi-salarios, dinero por semi-dinero y el Estado por semi-Estado. El argumento de que necesitaremos esas por el subdesarrollo de las fuerzas productivas ya no cuenta. Podemos saltarnos la “fase inferior del comunismo”, que no es comunismo en absoluto, e ir directamente a lo real. Porque debemos y porque podemos. Es más posible y más urgente que nunca.

S.Y. y Sanderr

NOTAS

1 Naturalmente, la sociedad comunista tendría que ser ‘económica’ con sus recursos. Pero aboliría “la economía” como una esfera separada, una máquina autónoma que la sociedad debe obedecer. Como escribió Gilles Dauvé: “El comunismo es el fin de la economía como campo separado y privilegiado del que depende todo lo demás mientras lo desprecia y teme a ella“. La economía, como campo, surgió en el siglo XVIII. Acompañó el auge del capitalismo, adoptó su visión del mundo, se convirtió en su apologista ‘científico’. El Capital de Marx tiene como subtítulo “una crítica de la economía política”. En el comunismo no habría ni política ni economía, ya que la política implica que el poder político es algo que existe sobre y en contra de la comunidad; de igual modo, la economía implica que los frutos del trabajo de la comunidad existen de forma bastante independiente de ellos. En el comunismo, ciertamente habrá ‘cosas’, pero estas cosas no serán “actividad coagulada”, es decir, actividad que se ha detenido en un proceso de producción y así obtiene su propio “estatus ontológico” (es decir, una mercancía). En última instancia, en una sociedad postcapitalista, la producción y el consumo no serán esferas de cuenta separadas, sino momentos orgánicos en una actividad creativa humana continua. Esto será especialmente cierto una vez que se cubran todas las necesidades humanas básicas.

2 que en primer lugar fue un ataque al reformismo y a su visión del Estado como un instrumento neutral de clase que podía ser conquistado por la clase trabajadora.

3 Una de las mejores investigaciones de Marx es la que revela el carácter dúplex del trabajo. El trabajo, considerado como productor de valor de uso, es de carácter diferente, tiene cualificaciones distintas respecto al mismo trabajo cuando se considera productor de valor. Uno es el trabajo de un tipo específico, hilado, tejido, arado, etc.; el otro es el carácter general de la actividad productiva humana, común al hilado, tejido, arado, etc., que las comprende todas bajo un mismo término común, trabajo (asalariado). Uno es el trabajo en concreto, el otro es el trabajo en abstracto. Uno es trabajo técnico, el otro es trabajo económico. En resumen—porque el idioma inglés tiene términos para ambos—el uno es trabajo (work), a diferencia del trabajo asalariado (labor); el otro es el trabajo asalariado (labor), a diferencia del trabajo (work). Tras este análisis, Marx continúa: “Originalmente una mercancía se nos presentaba como algo dúplex: valor de uso y valor de intercambio. Más adelante vimos que el trabajo, en la medida en que se expresa en valor, ya no posee las mismas características que le pertenecen en su capacidad como creador de valor de uso.” Friedrich Engels: Cómo no traducir a Marx: https://www.marxists.org/archive/marx/works/1885/11/translation-m

4 Algunos utilizan el término «labor» para la actividad productiva en general y «trabajo» para la explotación de la fuerza de trabajo generadora de valor. En esta traducción, preferimos utilizar «actividad productiva» para «work» y «trabajo» para «labor» (nota de los traductores).

Sí, es una guerra

A monochromatic cubist painting depicting the chaos of war, featuring a screaming horse, a bull, a woman grieving over a dead child, and a figure trapped in flames.
Pablo Picasso, Guernica, 1

Apenas tres semanas después de iniciar el conflicto de Gaza, el presidente brasileño Lula declaró: “No es una guerra, es un genocidio.” “Acaben con el genocidio. No es una guerra”, dijo Francesca Albanese a un comité de la ONU en noviembre de 2024. “No hay guerra. Es un error llamarlo guerra”, dijo el historiador del genocidio Omer Bartov en abril de 2025. Más de dos años después de la devastación de Gaza, el estribillo se ha convertido en una fórmula. Es repetido por generales y presidentes, por juristas e historiadores, por trabajadores humanitarios que están sobre los cuerpos de sus colegas, por columnistas y manifestantes callejeros. Este estribillo pretende registrar la magnitud de la matanza y la asimetría de la fuerza, y rechazar el lenguaje desinfectante de la autodefensa y la necesidad militar. Pero el estribillo es incorrecto. Gaza es una guerra. Ver eso claramente forma parte de ver el mundo que lo produce, y solo desde ahí puede comenzar una lucha real contra ese mundo.

La fórmula de “no es guerra” es un recurso ante los tribunales, sanciones, intervención humanitaria — al orden internacional, como si en algún lugar de este hubieran Estados dispuestos y capaces de detener esto. Pero los Estados con poder de actuar son los que facilitan la guerra: sus diplomáticos piden públicamente moderación en Gaza mientras sus ministerios de defensa renuevan los contratos de armas de Israel. El orden no fue diseñado para prevenir la violencia, sino para regular qué Estados pueden ejercerla. Dos años y medio después y más de cien mil muertos[1], el orden ha generado algunas restricciones simbólicas, algunas condenas ministeriales y ninguna voluntad de enfrentar a Washington. El orden al que apela la fórmula nunca iba a detener esta guerra.

Lo que impidió que las grandes potencias lucharan entre sí tras 1945 no fue el orden internacional, sino la disuasión nuclear: la certeza de que una guerra directa entre ellas sería aniquilación. Las instituciones construidas a la sombra de esa amenaza se atribuyeron el mérito de una paz que no lograron. Las guerras continuaron igualmente, desplazadas a proxies y Estados clientes en tres continentes, pero las grandes potencias no lucharon. El colapso de la URSS puso fin al estancamiento. Durante unas décadas, Estados Unidos dirigió el sistema en solitario, librando sus guerras bajo el viejo vocabulario humanitario. Esa era unipolar ya ha terminado. Estados Unidos ya no se molesta en vestir su dominio en el lenguaje del derecho internacional; compite abiertamente por la hegemonía, y sus rivales también. Lo que antes eran rivalidades reprimidas ahora son contiendas abiertas, y Gaza es una de ellas.

Cuando se abandona la apariencia de un orden internacional basado en reglas, lo que queda es la guerra. La fórmula de “no es una guerra” no escapa a esta guerra, sino que toma un partido en ella. Despoja al conflicto de su contenido político de una manera particular: Israel se reduce a una máquina de matar, Gaza a sus víctimas. Hamás se disuelve en la masa de sufrimiento gazatí. Facciones armadas, divisiones de clase, patronos extranjeros desaparecen, y lo que queda son bebés, madres, familias, el Pueblo como tal. Esta imagen depende de una mistificación: que los gobernados y sus gobernantes están unidos en un único interés nacional y voluntad política. Pero Hamás es el gobierno y el ejército que gobierna Gaza, con sus propios objetivos de guerra, sus propios partidarios y su propia disposición a sacrificar a quienes están bajo su control.

La forma militante de esta mistificación eleva a Hamás en lugar de disolverlo; su violencia se convierte en la auténtica autoafirmación de un pueblo subyugado. La imagen reflejada de la doctrina israelí de autodefensa es la línea ya establecida de que una nación oprimida tiene derecho a lograr la condición de Estado por cualquier medio, y que la muerte de mil israelíes[2] fue, por tanto, un acto revolucionario. “Esto no es una guerra”, dijo el general de las FDI Itai Veruv pocos días después del ataque del 7 de octubre. “No es un campo de batalla. Es una masacre.” Ambos bandos identifican a Hamás con Gaza en su conjunto: uno para justificar la resistencia armada, el otro para justificar el castigo colectivo. Es la misma ideología nacionalista vistiendo un uniforme diferente. Un bando lucha por la seguridad nacional, el otro por la liberación nacional. Ambos requieren que los explotados mueran por los fines de sus gobernantes y deseen la aniquilación del enemigo como el objetivo mismo de la victoria. La clase trabajadora — de Gaza, de Israel, de Líbano, de Irán — no tiene nada que ganar de ninguna de las partes de esta guerra.

Geoff Butler, Happy Days Are Here Again, 1983

Una guerra, entonces. No porque su violencia sea legítima, simétrica o sujeta a las normas que el derecho internacional humanitario afirma hacer cumplir. La guerra no es un duelo entre caballeros. La asimetría abrumadora no la convierte en otra cosa que una guerra, ni tampoco el hecho de que la mayoría de los muertos nunca hayan sostenido un fusil. La guerra es un conflicto armado organizado con fines políticos por los Estados y las organizaciones armadas que les sirven o los desafían. Gaza cumple con esa descripción en todos los aspectos. Llamarla guerra no ayuda a Israel. Es una negativa a la pretensión de que este asesinato masivo sistemático pertenezca a algún otro desastre incomprensible, alguna ruptura catastrófica con el funcionamiento normal de este mundo.

Y este es el funcionamiento normal del mundo. Llamar a Gaza “no una guerra” es tratarla como algo excepcional, como si las matanzas allí fueran fundamentalmente diferentes de las que este mundo trata como normales. Las sanciones económicas condenan al hambre a cientos de miles de niños en Irak y Siria bajo la etiqueta de diplomacia.[3] Los ataques con drones de la “guerra contra el terrorismo” — reclasificados legalmente como antiterroristas para facilitar la administración de la muerte sin fricciones — mataron a muchas personas en Pakistán, Yemen, Somalia y Afganistán durante dos décadas. La política fronteriza mata a miles de migrantes cada año, convirtiendo desiertos y mares en cementerios por diseño. La gente es aplastada en almacenes y asesinada en los campos que recoge, envenenada por el aire que respiran y el agua que beben, y condenada a morir por las enfermedades rutinarias de la privación — y nada de eso cuenta como violencia porque nadie disparó un arma. Nada de esto es una aberración. Es la paz del capitalismo.

Tampoco Gaza es una guerra aislada. Es un frente entre muchos. Israel está simultáneamente arrasando Gaza, reforzando su control sobre Cisjordania, invadiendo Líbano y bombardeando Irán. El ataque del 7 de octubre ayudó a hundir los acuerdos de normalización entre Israel y los Estados del Golfo. El control férreo de Irán sobre el Estrecho de Ormuz amenaza la economía mundial; el impulso estadounidense por mantener la hegemonía en Oriente Medio se pone a prueba en Ucrania al mismo tiempo; Rusia y China investigan cada grieta en el mismo campo inestable. Esta guerra es impulsada desde otros lugares: en capitales, mercados y salas de tratados mucho más allá de la Franja. Eso en otros lugares no es el trasfondo. Es donde se decide el asesinato. Esto es lo que significa decir que la guerra moderna es interimperialista. Los Estados que compiten dentro del sistema del capital global asumen su peso a cada conflicto local y lo convierten en un nodo, en una lucha planetaria por el control. Se desplazan a través de contratos de armas, acuerdos de base, flujos de divisa y los cálculos de oficiales de estado mayor en capitales lejanas, y terminan en un bloque de departamentos concreto en Khan Younis.

Chris Shaw Hughes, Gaza/Syria Collage, 2016

Nada de esto requiere negar que lo que está ocurriendo en Gaza es genocida. Pero la maquinaria legal que distingue el genocidio de la guerra no existe para proteger a las personas que están siendo asesinadas. Esa definición existe para clasificar atrocidades — para determinar qué matanzas masivas serán procesadas y cuáles serán toleradas como el coste rutinario de hacer negocios. Los objetivos políticos que impulsan la destrucción de Gaza, los Estados y bloques que la respaldan, la economía de guerra que la sostiene — nada de esto cambia dependiendo de si un tribunal clasifica la muerte como guerra o genocidio. Es el mismo conflicto, impulsado de la misma manera, produciendo los mismos muertos. Las razones no son legales, sino históricas.

En el siglo XX, la guerra y el genocidio se entrelazaron a través del desarrollo de la acelerada capacidad destructiva del capitalismo. La infraestructura de la guerra industrial había ido creciendo desde la década de 1860.[4] Lo que añadió la Primera Guerra Mundial no fue la tecnología, sino la escala. Por primera vez, la capacidad productiva de toda una economía determinó si un país podía seguir luchando. El frente consumía munición más rápido de lo que la industria en tiempos de paz podía producirla5 y todos los países en guerra se vieron obligados a convertir su economía civil en una operación de municiones, reclutando mano de obra y dirigiendo la producción a una escala sin precedentes.[6] La conclusión militar se siguió directamente: si el esfuerzo bélico comienza en la fábrica y la panadería, entonces tanto el maquinista como el panadero son objetivos.

La Segunda Guerra Mundial puso en práctica esta conclusión. Las ciudades y sus poblaciones fueron destruidas deliberadamente como medio para romper la base productiva que sostenía al enemigo — una línea que va desde Guernica pasando por Hamburgo y Tokio hasta Hiroshima. Para 1945, la distinción entre combatientes y no combatientes ya no limitaba la forma en que se libraban las guerras. La doctrina estratégica podía designar a toda una sociedad como objetivo, pero producir la voluntad social para llevar a cabo esa destrucción requería algo más. Aquí la lógica del nacionalismo alcanzó su extremo: sociedades enteras fueron presentadas a través de categorías raciales como enemigos existenciales cuya destrucción no solo se convirtió en una necesidad estratégica sino moral. El mismo proceso une a la población atacante: el odio compartido al enemigo racial es uno de los mecanismos más efectivos para producir la unidad nacional que exige la guerra total. El racismo genocida y la exterminación no son desviaciones del funcionamiento normal del capitalismo. Los campos de concentración son el infierno de un mundo cuyo paraíso es el supermercado.[7]

Ese infierno no se ha cerrado. Gaza no está sola. Los campos se multiplican. En Sudán, facciones militares rivales han convertido una guerra por el control del Estado en exterminio étnico en Darfur, con el hambre empleada como arma y comunidades enteras arrasadas. En Tigray, el gobierno etíope sitió toda una región y libró una guerra de aniquilación contra los tigrainianos. En Myanmar, el ejército lleva años desplazando y liquidando a los rohinyás. Ninguna de estas guerras ha sido detenida por las instituciones que reclaman jurisdicción sobre genocidio y crímenes de guerra. Todos ellos llevan mucho tiempo llamados por lo que son: guerra, genocidio, atrocidades masivas. El nombramiento no ha provocado intervención, enjuiciamiento ni el fin de los asesinatos. Junto con Gaza, muestran que la convergencia del siglo XX entre guerra y violencia exterminadora solo se ha profundizado. Las potencias mundiales compiten con más dureza, por márgenes cada vez más reducidos, con más armas, y las guerras que producen se vuelven cada vez más destructivas.

La guerra con Irán hace que esto sea inconfundible. La excusa de la densidad de Gaza se desploma en Irán, un país de ochenta millones de habitantes con ciudades distribuidas y un ejército permanente, donde los mismos métodos están produciendo la misma carnicería. En Minab, una bomba estadounidense impactó una escuela primaria el primer día de la guerra y mató al menos a 175 personas, la mayoría niños.[8]Rusia ha convertido la infraestructura civil ucraniana en un objetivo militar principal. Israel arrasó los hospitales y escuelas de Gaza durante dos años. Ahora Estados Unidos está haciendo lo mismo en Irán, y su secretario de Defensa está desmantelando las restricciones institucionales que se suponía debían impedir esto: destituyendo a los principales asesores legales militares, cerrando las oficinas diseñadas para responder a daños civiles, presumiendo de eliminar las “estúpidas reglas de enfrentamiento”. Estas restricciones se están desmontando deliberadamente, porque son obstáculos para el tipo de guerras que estos Estados pretenden librar.

Las grandes potencias se están armando a gran escala. La guerra en Ucrania se ha convertido en una contienda de desgaste industrial decidida por la producción de proyectiles, y Rusia ha construido una economía bélica que no puede desmovilizar sin desencadenar su propia crisis económica y política. China lleva años preparándose, expandiendo masivamente su marina, duplicando su arsenal nuclear y diseñando su industria civil para que sea una economía de guerra bajo demanda. Las guerras actuales han agotado los arsenales de municiones estadounidenses, y el Pentágono se apresura por reconstruir la capacidad de producción en masa vaciada por décadas de preferencia por sistemas de alta tecnología y bajo volumen. El déficit es tan grande que Estados Unidos está recortando los compromisos de seguridad y presionando a sus aliados para que se rearmen a un ritmo no visto desde la Guerra Fría.[9] Las grandes potencias aún no están en guerra entre sí, pero se están armando y preparando como si lo esperaran, y las guerras que ya están luchando muestran para qué es esa preparación. El mundo está produciendo más Gazas, más rápido, con menos restricciones y con guerras mayores en el horizonte.

Oil painting "We Are Making a New Earth" by Paul Nash, depicting a desolate, mud-filled battlefield with shattered, leafless tree stumps under a cold, pale sun.
Paul Nash, We Are Making a New Earth, 1918

Decimos que es una guerra. Lo decimos no para domesticar el horror ni archivarlo como un conflicto más entre otros. Lo hacemos para rechazar toda postura que trata esta guerra como separable del sistema que la produce. La identificación campista con la resistencia defiende la cara local de un bloque imperialista. La apelación institucional solicita a una autoridad colectiva que no tiene medios de aplicación independientes de los Estados que arman la guerra. Las llamadas a la intervención, sanciones o reconocimiento legal correcto se dirigen a la ONU; las grandes potencias simplemente los ignoran.

Cada campo representa su campaña de destrucción como necesidad, defensa, venganza, civilización o incluso paz. Oponerse a la guerra eligiendo un bando en ella no es oposición. Es reclutamiento. La posición internacionalista es rechazar todos estos campos. Ningún bando en esta guerra, ni en ninguna de las guerras que ahora se multiplican, representa los intereses de las personas que luchan y mueren en ella. Ningún ejército libera a la población en cuyo nombre mata. La ideología nacionalista — ya sea que se llame patriotismo, resistencia, solidaridad o seguridad — es la forma en que los gobernantes logran que sus súbditos luchen y mueran voluntariamente por ellos.

Las fuerzas que producen estas guerras son enormes, y la capacidad actual para interrumpirlas es casi inexistente. En un periodo de baja actividad de la clase trabajadora, hay poco uso para las propuestas estratégicas. Somos pro-revolucionarios; No podemos decir cómo comenzaría la lucha final desde donde estamos, pero sí podemos decir qué es un callejón sin salida. Una lucha que realmente amenazara estas guerras no podría ser una campaña por un mejor orden internacional, una coalición de Estados “progresistas” contra el bloque imperial dominante, ni siquiera un “semi-Estado obrero” que agrupe al proletariado[10] bajo una bandera roja. Cada uno de estos mantiene intactas las condiciones que producen estas guerras. Solo la clase trabajadora puede acabar con lo que las produce: el Estado, el capital y la relación de clase que sostiene ambos.

Mientras el capitalismo persista, aún queda más de esto. Habrá más Gazas, más guerras disfrazadas de acciones policiales, operaciones de seguridad o intervenciones humanitarias, más destrucción de vidas civiles como método rutinario de conflicto entre Estados cuyas rivalidades se intensifican y cuyas limitaciones se están eliminando. El enemigo no es este o aquel Estado, ni este o aquel ejército, sino el propio capitalismo, que destruye la vida tanto en la guerra como en la paz. Cada guerra depende de la disposición de los explotados a librarla. Cada negativa colectiva — cada motín, cada huelga contra la guerra, cada grieta en la ideología nacionalista que une a la clase trabajadora a las guerras de sus gobernantes — es una grieta en la propia maquinaria de la guerra. La lucha contra estas guerras requiere la claridad para insistir, contra cada bando y cada bandera, en que lo que debe luchar no es esta o aquella guerra, sino el sistema que las produce: el capitalismo.

HK

NOTAS

  1. Los registros oficiales de fallecimientos solo identificaban o registraban fallecimientos y excluyen necesariamente muchos cuerpos aún sepultados bajo escombros, muertes no notificadas a las autoridades sanitarias y muertes indirectas por hambre, enfermedades, falta de agua potable, exposición y destrucción de infraestructuras médicas. En octubre de 2025, el Ministerio de Sanidad de Gaza informó de más de 67.000 muertos y 169.000 heridos. Investigadores de salud pública han argumentado repetidamente que esto subestima sustancialmente tanto las muertes violentas como las indirectas. Un estudio de 2026 de Lancet Global Health estimó más de 75.000 muertes violentas sólo en los primeros dieciséis meses, con muertes indirectas adicionales por desnutrición y enfermedades no tratadas. En cualquier recinto que incluya la mortalidad relacionada con el asedio, el número de víctimas es plausiblemente muy superior a 100.000. 
  2. Aproximadamente 1.200 personas murieron en los ataques liderados por Hamás contra Israel el 7 de octubre de 2023, principalmente civiles y extranjeros. Aunque la gran mayoría fue asesinada por los atacantes, las FDI en varios lugares invocaron la Directiva Hannibal, un protocolo para prevenir secuestros (y la consiguiente influencia de negociación) “a toda costa”. El uso de armamento pesado contra objetivos donde militantes y rehenes estaban mezclados resultó en la muerte por “fuego amigo” de al menos catorce civiles israelíes. 
  3. UNICEF estimó en 1999 que las sanciones de la ONU a Irak (1990–2003) habían causado aproximadamente 500.000 muertes excesivas de niños menores de cinco años. Los regímenes de sanciones sobre Siria y otros lugares han estado creíblemente vinculados a una crisis humanitaria masiva y a una mortalidad excesiva considerable, aunque la atribución causal se complica por los efectos simultáneos de la guerra, la política gubernamental y el colapso de infraestructuras. 
  4. La logística industrial de la guerra moderna era visible décadas antes de 1914. La Guerra de Crimea (1853–56) combinó artillería rayada, ferrocarril y telégrafo, permitiendo que suministros e información se movieran a velocidades que transformaron las operaciones. La Guerra Civil estadounidense (1861–65) se libró entre dos economías industrializadoras de desarrollo desigual (la mayor capacidad industrial del Norte fue decisiva en su victoria) y terminó con la Marcha hacia el Mar de Sherman, una campaña diseñada para destruir la base productiva del Sur y la disposición de la población a sostener la guerra. La Guerra Franco-Prusiana (1870–71) mostró la movilización ferroviaria prusiana a una escala y velocidad sin precedentes. Lo que añadió la Primera Guerra Mundial no fueron estas capacidades, sino su integración sistemática bajo la dirección estatal. 
  5. La “crisis de proyectiles” británica de 1915 es una abreviatura útil para el momento en que la capacidad industrial se volvió visiblemente inseparable del éxito militar. La crisis siguió a grave escasez de proyectiles de artillería en el Frente Occidental y ayudó a derribar al gobierno liberal, dió paso a un gobierno de coalición y a crear el Ministerio de Municiones bajo Lloyd George. La lección que sacó el Estado fue que la guerra moderna no podía ser abastecida mediante la coordinación ordinaria del mercado ni la adquisición en tiempos de paz: la mano de obra, las materias primas, la producción de fábricas y el consumo civil debían subordinarse a las necesidades del frente. El debate parlamentario contemporáneo ya presentaba las municiones como un problema nacional de producción, no simplemente como un problema de suministro militar. 
  6. El control de producción del Estado durante la guerra no desapareció con el armisticio. El Ministerio de Municiones en Gran Bretaña, la Junta de Industrias de Guerra en Estados Unidos, el Kriegsrohstoffabteilung alemán y aparatos similares en todos los principales beligerantes pioneros en técnicas de dirección laboral, control de precios y planificación industrial que se convirtieron en características permanentes de la diplomacia del siglo XX. Después de 1918, estos aparatos fueron parcialmente desmantelados pero nunca completamente disueltos; fueron reactivados durante la depresión de entreguerras y completamente removilizados para la Segunda Guerra Mundial, tras la cual la asignación de capital dirigida por el Estado se convirtió en la condición permanente de las economías capitalistas — ya fuera bajo la planificación central soviética, la dirección corporativista fascista, la gestión liberal-demócrata del New Deal o el desarrollo socialdemócrata de posguerra. Las tendencias hacia la concentración, el monopolio y la intervención estatal en la producción precedieron a 1914, pero la Primera Guerra Mundial obligó su consolidación en las formas institucionales que han estructurado el capitalismo desde entonces. 
  7. La Banquise, #1, 1983
  8. “Ataques de EE. UU. e Israel han dañado cientos de escuelas e instalaciones sanitarias en Irán”, The New York Times, 22 de abril de 2026.
  9. Los estándares de la OTAN exigen que los arsenales miembros cumplan con especificaciones que en la práctica implican comprar armas americanas, por lo que cuanto más se rearme Europa, mayor será el mercado para el complejo militar-industrial estadounidense. Las diversas amenazas de Trump contra la OTAN han sido fundamentales para lograr un compromiso europeo de aumentar el gasto militar del 150% en la próxima década, a costa del salario social. Véase Sanderr, “¿Está simplemente loco o hay una estrategia?”, Internationalist Perspective, febrero de 2026 https://internationalistperspective.org/staging/3363/venezuela-greenland-minneapolis/ .
  10. La clase que puede ser reclutada para la fábrica puede ser reclutada para el frente. Cualquier revolución que preserve el trabajo como condición de acceso al producto social preserva la desposesión que hace posible ambas formas de conscripción. 

CRÍTICA DEL FEMINISMO COMO IDEOLOGÍA

Perspectiva Internacionalista publicó recientemente en su página principal de lengua inglesa una traducción (ligeramente abreviada) de un artículo de Cuadernos de Negación, “Crítica del feminismo como ideología”. El artículo original se puede encontrar AQUÍ.

Decidimos publicar este artículo en parte porque en un campamento de verano pro-revolucionario el verano pasado en Francia nos encontramos con expresiones de ideología feminista que, en nuestra opinión, dificultaron la discusión. Esperábamos que los participantes de este campamento de verano estuvieran dispuestos a discutir este artículo con nosotros. En su lugar, recibimos un correo del Comité Organizador del campamento de verano, pidiéndonos educadamente que no asistiéramos al campamento este año. Como afirma el artículo de Cuadernos, es peligroso criticar el feminismo. Pero nuestra “intención al criticar el feminismo es trascenderlo en sus aspectos emancipadores y atacarlo en sus aspectos burgueses, con el único propósito de profundizar la lucha por la emancipación social de la humanidad.”

¿ES SOLO UN LOCO O HAY UNA ESTRATEGIA DETRÁS?

Cada vez más personas piensan que el ganador del Premio de la Paz de la FIFA sufre un grave deterioro mental. Lo llaman loco, demente, chiflado, trastornado, perturbado, desquiciado, lunático y muchas cosas más. Pero, ¿podría ser que sus desvaríos y obsesiones esconden una estrategia racional?

Últimamente, el dueño de la medalla del Premio Nobel de María Machado ha mostrado aún más síntomas de demencia de lo habitual. No hace falta enumerar ejemplos: sin duda has visto muchos en diferentes medios de comunicación, momentos que te han hecho sacudir la cabeza y preguntarte cómo un idiota así ha podido convertirse en la persona más poderosa del mundo.

Pero independientemente de lo que pienses sobre la salud mental del autoproclamado «presidente interino de Venezuela», no es un monarca absoluto, aunque le gustaría serlo. Su poder no es simplemente el resultado de su victoria electoral en 2024, sino que se lo debe al apoyo continuo de la mayoría en el Congreso y, sobre todo, a los mercados de capitales. Si lo consideraran un loco peligroso, su trono se tambalearía rápidamente. Cuando los mercados bursátiles y de bonos sienten que está sembrando demasiada incertidumbre y muestran su desaprobación, Trump tiende a escuchar de inmediato. Una fuerte caída de los mercados bursátiles estadounidenses fue suficiente para que desapareciera su amenaza de invasión militar de Groenlandia. Así que si los mercados de capitales no reaccionaron antes, debe ser porque no consideraban que sus bravuconadas fueran tan perjudiciales para sus intereses.

El hilo conductor más evidente que recorre todas las principales políticas del Gobierno de Trump, desde la incursión en Venezuela, las amenazas militares contra varios países y la reivindicación de Groenlandia hasta la campaña de terror de ICE, por citar solo algunos ejemplos recientes, es que todas ellas siembran el miedo y están diseñadas para ello. Entonces, la pregunta es: ¿con qué propósito?

Sembrar el miedo en el extranjero

Suponiendo que no haya diferencia entre la imagen pública de Trump y el hombre que hay detrás, parece vivir en su propio mundo irracional, del que es el glorioso centro, impermeable a los argumentos razonables, pero a veces fácilmente persuadible por los halagos y la servilidad. «Un chimpancé con una granada de mano», «un niño mimado que hace berrinches cuando no se sale con la suya»: así es como se le describe a veces en los medios de comunicación. ¿Y qué se hace con un niño pequeño que tiene tanto poder, con un mono que puede causar tantos problemas? Se lo trata con mucho cuidado. Se busca la distensión. Se hacen concesiones al niño para calmarlo, se intenta distraer al mono para que deje la granada en paz. Por miedo a que haga algo catastrófico, como volver a subir los aranceles o invadir Groenlandia, le sigues la corriente, le das lo que quiere. Esa parece ser la táctica que han utilizado los aliados/vasallos de Estados Unidos para tratar con Trump. O, visto desde otro ángulo, esa es la excusa que Trump les dio para hacer lo que querían hacer de todos modos.

”Aplausos o si no”:Brendan Loper en The New Yorker

Supongamos que realmente hay una diferencia entre el matón grosero que vemos en público y el hombre que se esconde tras puertas cerradas, rodeado de sus estrategas. No estoy sugiriendo que el propio Trump sea un estratega geopolítico inteligente, ni que sus asesores estén siempre de acuerdo entre ellos, pero la hipótesis de que existe una estrategia a largo plazo detrás de las principales acciones internas y externas del Gobierno estadounidense no parece improbable. Entonces, ¿cuál era la estrategia detrás del deseo aparentemente descabellado de Trump de anexionar Groenlandia?

¿El objetivo era establecer bases militares estadounidenses en Groenlandia? Nada impedía a Estados Unidos hacerlo ya; un tratado de 1951 con Dinamarca le da derecho a establecer tantas bases en la isla como desee.

¿El objetivo era apoderarse de las materias primas de Groenlandia? Esas materias primas son ahora propiedad del Estado semiautónomo de Groenlandia. En caso de anexión, pasarían a ser propiedad del Gobierno federal de Estados Unidos, por lo que ese podría ser un posible motivo. Pero, por ahora, eso solo supondría una pequeña ganancia. Actualmente solo hay una mina en activo en toda Groenlandia. Las empresas mineras no están muy interesadas en acceder a ella debido a los enormes retos logísticos que plantea. Es posible que estos retos se reduzcan como consecuencia del calentamiento global, pero el panorama es incierto. En cualquier caso, los beneficios serían insignificantes en comparación con la pérdida que supondría tal perturbación de la alianza de la OTAN.

¿Pero tal vez el objetivo era hacer estallar la OTAN? Esa es una hipótesis que han promovido intensamente los medios de comunicación y los políticos. Incluso Starmer y Macron lo han insinuado. El primer ministro canadiense, Carney, afirmó que se está produciendo una ruptura en las relaciones geopolíticas: los aliados de Estados Unidos ya no pueden contar con su apoyo militar y deben unirse. Los expertos nos dicen que Trump quiere llevar al mundo de vuelta al siglo XIX, cuando las grandes potencias de entonces se repartieron el globo, cada una gobernando su propia «esfera de influencia» y respetando la de las demás (una interpretación discutible de la historia). La intervención militar de Estados Unidos en Venezuela se consideró una prueba de esta tendencia: Trump proclamó la «doctrina Donroe», actualizando la advertencia del sexto presidente de Estados Unidos (Monroe) a otras potencias para que se mantuvieran al margen de su patio trasero. En términos contemporáneos, eso significaría que el continente americano sería el patio de recreo exclusivo de Estados Unidos, y que este aceptaría que China y Rusia delimitaran un dominio exclusivo similar en sus respectivas regiones. Pero sería una tontería confundir el endurecimiento del control de Estados Unidos sobre América Latina con una retirada del resto del mundo. Lo contrario es cierto. Ya sea en Europa, Oriente Medio o el sur de Asia, la rivalidad interimperialista entre las grandes potencias va en aumento. En todas estas regiones, el capital estadounidense busca contrarrestar los avances de sus enemigos. Sería contraproducente abandonar la OTAN al mismo tiempo. Que el gobierno de Trump desprecia abiertamente a sus homólogos europeos es un hecho constatado. Incluso lo deja claro en su Directiva Estratégica publicada el pasado mes de diciembre. En parte es teatro, en parte es ideología de derecha sincera. Pero nada de ello implica la intención de poner fin a la alianza militar transatlántica. Eso sería una estupidez, incluso a nivel meramente transaccional: los miembros están obligados a ajustar sus arsenales a las normas de la OTAN, lo que en la práctica significa, en la mayoría de los casos, que deben comprar armas estadounidenses. Por lo tanto, cuanto más intensifica la OTAN sus preparativos para la guerra, mayor es el mercado para el complejo industrial militar estadounidense.

Un mensaje de la Casa Blanca

Una nueva estrategia

Un breve recordatorio del contexto: el capitalismo, el sistema global, se encuentra en una profunda crisis de la que no hay salida. Los muchos billones de dólares, yenes, euros y yuanes que se han creado desde 2008 han apuntalado a los capitalistas a costa de todos los demás, dándoles un poder adquisitivo total (dinero) cada vez mayor. Dinero para gastar, para invertir, para disparar los precios de las acciones, para convertirse en más dinero durante un tiempo (bitcoin y otros planes), etcétera. Así que The Economist podría preguntarse: ¿crisis, qué crisis? Y sí, en apariencia, eso puede parecer cierto, dependiendo de lo que se mida (y de cómo se mida: el desempleo, por ejemplo, está muy infravalorado en Estados Unidos y en muchos otros países). Pero si se rasca esa superficie, se verá que la podredumbre de los cimientos se ha extendido aún más. Se verá que el crecimiento actual, en la medida limitada en que expresa la inversión productiva, ha sido impulsado por la tecnología destinada a reducir aún más la parte del trabajo humano en la producción de bienes. Los robots están tomando el control como nunca antes y proporcionan a sus amos beneficios excedentarios, a expensas de los competidores que no tienen robots o solo tienen modelos antiguos. Hasta que los robots estén en todas partes y la deflación (o puede que la inflación, dependiendo de las políticas) plantee la pregunta: ¿dónde está la plusvalía?

Los robots mencionados anteriormente se entienden en sentido literal, pero también metafórico, como sustitutos de toda la economía centrada en las tecnologías de la información. En realidad, los chips de inteligencia artificial podrían ser un mejor sustituto, ya que es en ellos en los que se basan las esperanzas de los capitalistas. Cuando escribí anteriormente que el capitalismo se encuentra en una profunda crisis, no me refería a que haya una recesión mundial en este momento (aunque parece que se avecina). Me refería a que el capitalismo se enfrenta a unas condiciones en las que se ve amenazada su propia base, la creencia colectiva de que el valor es igual a la riqueza. Desde 2008, los gestores del capitalismo se han centrado en evitar un colapso contagioso del valor del capital. Esto ha implicado políticas que inevitablemente han ampliado la brecha de ingresos y han hecho que el crecimiento del capitalismo sea cada vez más incompatible con la reproducción de la clase trabajadora global. Este artículo no es el lugar para profundizar en la crisis sistémica del capitalismo, hay otros artículos en este sitio sobre ese tema y en breve se publicará uno sobre el impacto de la IA. La cuestión aquí es que el agravamiento de la crisis sistémica es el telón de fondo de la intensificación de la competencia y las crecientes tensiones entre las naciones, la guerra económica con aranceles y sanciones y las incursiones militares que nos recuerdan las rupturas del orden internacional que precedieron a las guerras mundiales anteriores.

Además, en ese marco de crisis sistémica, el equilibrio económico de poder se ha desplazado. Estados Unidos, aunque sigue teniendo ventaja en alta tecnología y finanzas, ha perdido terreno de forma constante en la producción industrial frente a China. Pero la capacidad de fabricación de este último país supera cada vez más la demanda mundial.

América Latina es un buen ejemplo del creciente poder económico de China a expensas de Estados Unidos. Hace veinte años, China apenas tenía presencia en la región, pero en 2024 el comercio entre ambos superó los 500 000 millones de dólares. Tanto como mercado para los productos básicos chinos (incluida la infraestructura) como fuente de materias primas (petróleo de Venezuela, soja de Brasil, cobre de Chile y Perú, litio de Argentina, etc.), América Latina se volvió cada vez más importante para China. Y viceversa. Para diez de los doce países sudamericanos, China es ahora un socio comercial más importante que Estados Unidos. China no solo exporta bienes a América Latina, sino también capital, comportándose de manera similar a otras potencias capitalistas en una posición similar. Desde 2014, ha prestado a América Latina tres veces más que Estados Unidos. Estos préstamos permiten a esos países comprar productos básicos chinos. Uno de los mayores deudores de China es Venezuela, que pagaba con petróleo. Últimamente, más de dos tercios de la producción petrolera de Venezuela se destinaban a China. Ya no es así.

Maduro recibiendo a una delegación china justo antes de ser secuestrado.

Por supuesto, la decapitación del gobierno de Venezuela no tuvo nada que ver con detener las drogas, salvar la democracia o combatir el socialismo (inexistente). El objetivo principal era contrarrestar la creciente presencia de China en América Latina. No fue casualidad que los comandos estadounidenses secuestraran a Maduro pocas horas después de que recibiera a una delegación china de alto rango en su palacio. El momento elegido fue una bofetada en toda regla. La incursión fue seguida de amenazas contra Colombia y Cuba. La presión directa de Estados Unidos ayudó a que los mini-Trumps llegaran al poder en Argentina, Chile, El Salvador, Honduras y Panamá. Este último país fue presionado para que anulara los contratos de una empresa china que operaba instalaciones portuarias en los extremos opuestos del Canal de Panamá. La intervención estadounidense en Venezuela ha dejado claro a todos los gobernantes de América Latina que las Fuerzas Especiales de Estados Unidos pueden visitarlos en cualquier momento que se atrevan a desagradar a Washington.

Cuanto más profunda es la crisis, mayor es el incentivo para que Estados Unidos utilice su poderío militar para compensar el terreno que ha perdido económicamente y chantajear a las naciones más débiles para que se sometan. Cuanto más profunda es la crisis, más difícil resulta para China encontrar mercados lo suficientemente grandes como para mantener la rentabilidad de su enorme aparato productivo. La competencia económica nunca fue meramente económica, pero bajo la presión de la crisis sistémica tiende a desplazarse cada vez más hacia la competencia militar. El gasto militar mundial ha aumentado cada año desde 2015. Las guerras se han multiplicado. La carrera armamentística nuclear se está reanudando, con China a la cabeza y varias naciones no nucleares considerando la posibilidad de dotarse también de armas nucleares, dada la aumento de las amenazas.

Una señal reveladora de la aceleración de la tendencia bélica del capitalismo es la erosión del orden internacional establecido tras la última guerra mundial. La pérdida de influencia de la ONU recuerda cómo la Sociedad de Naciones perdió relevancia en los años previos a esa guerra. Para Trump, la ideología y las reglas del antiguo orden mundial obstaculizan el ejercicio del poder estadounidense. Así que olvídate del «derecho internacional», los «derechos humanos», la Convención de Ginebra, la «difusión de la democracia», etcétera. De todos modos, esa vieja ideología está desgastada. Stephen Miller, el influyente asesor de Trump, considerado el artífice tanto de la campaña contra los inmigrantes como de las medidas contra Venezuela y Groenlandia, la calificó de «camisa de fuerza». En realidad, según explicó a un reportero de la CNN, el mundo se rige «por leyes de hierro», «por la fuerza, que se rige por la violencia, que se rige por el poder». Ahí lo tienen. El lobo que le dice a las ovejas que se las va a comer recibe elogios por su honestidad. A Trump, que miente como respira, también le gusta la honestidad, si es que inspira miedo. Así que el Departamento de Defensa es ahora el Departamento de Guerra. Y a Venezuela le dice: No estamos aquí para liberarlos. Estamos aquí por su petróleo.

Y lo dice en serio. Estados Unidos ha extorsionado a Venezuela con un rescate de 50 millones de barriles de petróleo, que se venderán con fines lucrativos, además del control sobre las exportaciones de petróleo de Venezuela en general e indefinidamente. El interés de Estados Unidos por el petróleo de Venezuela puede parecer curioso, dada la actual sobreoferta en el mercado mundial del petróleo y la calidad relativamente baja (alto costo de refinación) del petróleo venezolano. Pero a la luz de la estrategia a largo plazo de Estados Unidos de preparación para la guerra, no es nada extraño. Si se produce otra guerra mundial, enfrentará a Estados Unidos con China. En un conflicto de este tipo, el talón de Aquiles de China podría ser su dependencia del petróleo importado. En los últimos años, Estados Unidos, con la ayuda de su socio menor, Israel, ha reforzado su control militar sobre Oriente Medio y podría estar en proceso de doblegar a Irán, el principal rival de su dominio en la región. La intervención en Venezuela deja claro que China tampoco tiene una fuente fiable de petróleo en el continente americano.

Las grandes potencias se están preparando para un gran conflicto. No se trata de una guerra inminente, ya que aún hay muchos obstáculos para que eso suceda.i La estrategia de Estados Unidos tiene como objetivo impedir la consolidación de un bloque hostil en torno a China y Rusia. Por lo tanto, su objetivo no es repeler a sus aliados, sino obligarlos a realizar mayores esfuerzos para la preparación conjunta de la guerra. Trump ya ha jugado esta carta antes. Al insinuar que el famoso artículo 5 del tratado de la OTAN («un ataque contra uno es un ataque contra todos») ya no cuenta y al cuestionar la alianza de todas las formas posibles, obligó a los miembros europeos de la OTAN a comprometerse a aumentar en un 150 % el gasto militar durante la próxima década, a expensas del salario social. El secretario general de la OTAN, Rutte, y otros líderes europeos le han agradecido abiertamente por ello (y mientras lo hacían, se les veía pensar: sin tu ayuda, nunca hubiéramos podido vender esto a nuestro público). Y ahora lo ha vuelto a hacer: al amenazar con anexionar Groenlandia, ha creado la apariencia de que Estados Unidos ya no solo ha dejado de ser un aliado, sino que también es un enemigo potencial. Ahora los países europeos tienen que armarse aún más rápido ante la posibilidad de una guerra contra Estados Unidos. Y para ello tienen que comprar aún más armas estadounidenses. Es absurdo, pero esa es la historia que los gobiernos europeos están contando a sus ciudadanos. Y con cierto éxito: la fiebre nacionalista europea ha aumentado considerablemente. Eso también es preparación para la guerra.

El resultado del asunto de Groenlandia deja claro a qué se debía todo el alboroto. Groenlandia se militarizará para que Occidente controle las rutas marítimas del norte liberadas por el calentamiento global, y Europa asumirá la mayor parte de los costos. China y Rusia tienen prohibido extraer materias primas de Groenlandia, pero Estados Unidos no. ¿Y la OTAN? La OTAN sigue viva y coleando.

Obviamente, no todo el mundo opina lo mismo. Existe una tensión real en la OTAN, como quedó patente en la reciente conferencia de seguridad de Múnich, donde varios líderes europeos se quejaron de la «política demoledora» de Estados Unidos, a pesar de que Marco Rubio les aseguró la amistad duradera de Washington. Algunos piensan que se está configurando un nuevo orden mundial, aunque no está claro cómo será. El tema principal de la conferencia de Múnich fue la decisión unánime de acelerar aún más el «rearmamento» de Europa, lo que debió de sonar como música celestial para los oídos de los gestores del capital estadounidense y su complejo militar-industrial.

Por cierto: la hipótesis de que existe una estrategia racional, aunque siniestra, detrás del comportamiento de Trump no descarta la posibilidad de que esté sufriendo un deterioro mental. Según fuentes internas, años de consumo de cocaína y anfetaminas (especialmente Adderall) han dañado gravemente su cerebro. ii Por cierto, Hitler también era un conocido consumidor de anfetaminas. Y Hitler también padecía el narcisismo megalómano que tantos encuentran tan atractivo en Trump. No quiero sugerir aquí que Trump sea un segundo Hitler (aunque su vicepresidente, JD Vance, afirmó precisamente eso en 2016, antes de convertirse). Lo que el comportamiento de Trump deja claro es que, en la política mundial capitalista, la racionalidad y la locura no son mutuamente excluyentes. Y eso es especialmente cierto cuando el sistema está en crisis.

ICE en Minneapolis. Foto: David Guttenfelder

Miedo y aversión en Minnesota

Al igual que en su política exterior, el miedo es el tema principal de la política interior de Trump. Los recientes acontecimientos en Minnesota lo han ilustrado ampliamente. Una vez más, debemos preguntarnos por qué. ¿Qué hay detrás de esta campaña de terror? ¿Es un síntoma de la demencia de Trump, una expresión de ideología reaccionaria ciega o forma parte de una estrategia a largo plazo?

Una vez más, los acontecimientos han recibido tanta atención que no es necesario describir las brutales tácticas del ejército del ICE ni la resistencia generalizada que provocaron. iii Incluso Bruce Springsteen canta sobre ello. Un aspecto llamativo del terror del ICE en Minneapolis-St Paul (las ciudades gemelas) es su evidente notoriedad. Se podría pensar que los agentes del ICE, si su objetivo fuera detener a inmigrantes indocumentados delincuentes, actuarían con discreción para no alertar a sus presas. También se podría pensar que arrestarían a delincuentes (inmigrantes indocumentados). En cambio, esta campaña se desarrolló de una manera que parecía diseñada para llamar la máxima atención sobre sí misma y la gran mayoría de las personas detenidas no tenían antecedentes penales o solo por infracciones de tránsito. Entre ellas había niños, ancianos, inmigrantes y ciudadanos. Incluso los nativos americanos, descendientes de los habitantes originales, han sido retenidos durante días bajo la sospecha de ser «inmigrantes ilegales». Básicamente, cualquier persona de piel morena que hable español es un objetivo potencial. Está claro que el objetivo es infundir miedo.

Redondea las excusas habituales” Brendan Loper en The NewYorker

La pregunta del porqué es relevante. Esta caza masiva está perturbando la actividad económica (miles de personas no van a trabajar porque tienen miedo de salir de sus casas) y le cuesta al Estado federal muchos miles de millones de dólares. No es bueno para los beneficios. Entonces, ¿cómo puede ser bueno para el capital?

Una respuesta podría ser que está motivada por la ideología racista del actual Gobierno estadounidense y agravada por el hecho de que muchas de las personas que se unen al ICE (ganando grandes bonificaciones) son de tipo matón y, además, están mal entrenadas. Pero eso requiere una explicación de por qué el racismo ha recuperado tanta importancia en el gobierno del capitalismo estadounidense. Otra posible explicación es que las redadas del ICE son espectacularmente aterradoras para que los inmigrantes indocumentados huyan del país. Según el Departamento de Seguridad Nacional, 1,8 millones ya se han «auto deportado» desde que Trump volvió al poder. Esa podría ser una razón si el gobierno espera un enorme aumento del desempleo y quiere deshacerse de la carga que suponen las personas «superfluas».

Pero hay más. El miedo que el Gobierno de Trump difunde a nivel nacional y el miedo que difunde a nivel internacional son funcionales a su estrategia de preparación para la guerra mundial.

La preparación para la guerra es algo más que fabricar armas y entrenar ejércitos. Una condición esencial es adoctrinar a la población para que apoye la guerra y soporte sus horrores. La militarización gradual de la sociedad forma parte de ello. La población debe acostumbrarse a la presencia de soldados y matones armados en las calles. En un discurso pronunciado en septiembre, Trump declaró que las ciudades estadounidenses deberían servir como «campos de entrenamiento» para las tropas estadounidenses. «Los centros urbanos son una parte importante de la guerra», dijo. En otras palabras, la guerra contra las ciudades, y más concretamente contra la clase trabajadora que albergan, es un paso necesario en la preparación para una guerra más amplia. La demonización de los inmigrantes sirve para dividir y debilitar a la clase trabajadora. El clima de miedo tiene como objetivo inducir a la sumisión. La administración Trump sigue el consejo de Maquiavelo: «Quien controla el miedo de las personas se convierte en el amo de sus almas».

El esfuerzo bélico requiere un sentido de comunidad en el frente interno. Los trabajadores de las fábricas y los soldados en el campo de batalla deben pensar que comparten los mismos intereses que sus gobernantes y explotadores contra un enemigo común. Pero cuanto más penetra el dominio real del capital en toda la sociedad, más destruye cualquier vestigio de la vida comunitaria precapitalista y basada en la clase trabajadora. Los que han sido desarraigados se quedan con un poderoso anhelo por sus comunidades perdidas. Cuanto más frustrante, insatisfactorio e inseguro se ha vuelto el mundo moldeado por el capital, más fuerte es este sentimiento. Y es la captura de ese sentimiento la clave de la estrategia de preparación para la guerra de la administración Trump y de aquellas facciones de la clase dominante que la comparten, no solo en Estados Unidos sino en todo el mundo. El objetivo es la creación de una comunidad nacional. Una comunidad falsa que une a las personas no sobre la base de intereses comunes reales, sino sobre la base de hablar el mismo idioma y tener el mismo origen étnico, cultural e histórico. Su unidad no tiene una base racional, se sustenta en emociones fuertes y en la confianza en el gran líder.

La comunidad MAGA proporciona una gratificación sustitutiva al auténtico anhelo de comunidad que sienten muchos. Pero la identidad sobre la que se establece esta comunidad implica necesariamente la exclusión de aquellos que no comparten los rasgos histórico-culturales comunes. Los excluidos, aunque viven en el mismo país, se convierten en elementos extraños, infiltrados que deben ser eliminados. En un lenguaje que recuerda al de Hitler, Trump ha dicho en repetidas ocasiones que los inmigrantes que llegan a Estados Unidos están «envenenando la sangre de nuestro país». Se les describe a todos como violadores, asesinos, traficantes de drogas, gángsters y terroristas. El objetivo era convertirlos en chivos expiatorios de todo el dolor y las frustraciones reales que se acumulan en la sociedad. Cuanto más crisis sufre la sociedad, más sentido tiene para la clase dominante desviar la ira que provoca hacia el chivo expiatorio. La brutalidad de los matones del ICE se convierte entonces en un satisfactorio ritual de venganza. Cuanto mayor es la ira de las masas contra el chivo expiatorio, más puede la clase dominante utilizar esta ira para movilizar a las masas en favor de sus proyectos, especialmente la guerra.

De la página web del Departamento de Trabajo de EE. UU.

Pero parece que la estrategia fracasó. Deben haber subestimado seriamente los lazos comunes entre migrantes y no migrantes en los barrios obreros de las ciudades gemelas. Fue, mutatis mutandis, como si en la Noche de los Cristales Rotos (1938) la mayoría de los alemanes hubiera apoyado a los judíos. El asalto del ICE provocó una ola de protestas y resistencia sin precedentes en Estados Unidos desde la rebelión de George Floyd en 2020 (que también comenzó en Minneapolis). Cientos de miles de personas se manifestaron en varias ciudades. Se levantaron barricadas en las calles para impedir el paso de las patrullas del ICE. Se organizaron espontáneamente vigilancias vecinales del ICE. Las bandas de agentes del ICE fueron enfrentadas continuamente. Los hoteles donde se alojaban fueron destrozados. Se organizaron entregas de comida para los migrantes que tenían demasiado miedo para salir de casa. Se llevaron a cabo muchas otras iniciativas creativas, a menudo por parte de personas que nunca antes habían protestado. Era hermoso y alentador de ver, incluso desde la distancia.

Y, sin embargo, eso no hizo que el ICE huyera de las ciudades gemelas. Continuaron con sus agresiones, quizás de forma un poco menos dura. Solo el 13 de febrero, el «zar de la frontera», Tom Homan, anunció una «reducción significativa» de la campaña del ICE en las ciudades gemelas, porque había «cumplido su misión». Pero añadió que no habría ningún cambio en la política de aplicación de la ley. El ICE se está preparando para llevar su campaña de terror a otras ciudades y pueblos. Tiene previsto gastar 38 000 millones de dólares en la compra de depósitos gigantes para convertirlos en centros de detención adicionales. Mientras tanto, los políticos demócratas celebraron conferencias de prensa, presentaron demandas y enviaron a su policía para proteger al ICE de los manifestantes.

El 23 de enero se organizó un día de acción en las ciudades gemelas que se anunció como «una huelga general». Pero la huelga, aunque celebrada, distó mucho de ser general. De hecho, en todas las empresas de la zona que emplean a un gran número de trabajadores, todo siguió como de costumbre. Los sindicatos dijeron que simpatizaban con el movimiento, pero se opusieron a la huelga porque estaba prohibida por su contrato. Esto ilustra la debilidad de la lucha de la clase trabajadora en Estados Unidos. Las víctimas del ataque del ICE son familias trabajadoras, al igual que la gran mayoría de quienes luchan contra él. Pero no luchan utilizando las armas que hacen que la clase trabajadora sea potencialmente tan fuerte. Lo que se necesita para detener al ICE es una verdadera huelga general.

Aun así, el grado de solidaridad con las víctimas del ataque del Estado fue y sigue siendo impresionante. Es una bofetada a Trump, cuya autoridad, ya maltrecha por los escándalos y el descontento por el alto costo de la vida, parece haber disminuido significativamente. En este momento, parece probable que las elecciones al Congreso de noviembre den como resultado una contundente victoria demócrata. Pero eso no sería una victoria para la clase trabajadora. Los demócratas, al igual que sus homólogos europeos, tienen una estrategia diferente a la de los trumpistas, pero su objetivo, someter a la clase trabajadora y prepararse para la guerra, es el mismo. Las máscaras deben caer.

Los demócratas no son una alternativa

Los demócratas no se oponen al ICE, quieren que sus agentes estén mejor entrenados y lleven cámaras corporales cuando hacen su trabajo sucio. Quieren un guante de terciopelo sobre el puño de hierro, como cuando Obama era presidente. Se ganó el apodo de «Deportador en Jefe» porque su gobierno deportó a más inmigrantes indocumentados que ningún otro presidente anterior: más de tres millones. El presidente demócrata amplió el ICE, ordenó la construcción de campos de detención, contrató a empresas con fines de lucro para gestionarlos y contrató a la empresa de software espía de Silicon Valley Pallentir para que colaborara con el ICE. Por otro lado, el presidente moderno que legalizó el mayor número de inmigrantes fue Reagan, un republicano. No depende del partido, sino de las circunstancias. El capitalismo mundial, en su fase actual de destrucción intensificada, induce a cada vez más personas de los países pobres a huir para escapar de la violencia, el hambre, desastres climáticos y la falta de oportunidades. Esa es una realidad que es producto de un sistema del que tanto los demócratas como los republicanos son agentes. El éxodo puede aumentar o disminuir dependiendo de la coyuntura económica, pero no desaparecerá. La masa de personas que son superfluas para el capital es una carga cada vez mayor para el sistema. En este sentido, no es de extrañar que la administración Trump impusiera recortes drásticos en la ayuda exterior y que los gobiernos europeos siguieran su ejemplo, lo que provocará muchos millones de muertes. iv Pero el capital estadounidense también necesita mano de obra indocumentada, por lo que ninguno de los dos partidos quiere deshacerse de ella. En cambio, quieren gestionarla, abrir o cerrar el grifo en función de las necesidades del capital y las exigencias propagandísticas de sus propias estrategias de marketing político. Estas estrategias difieren. Para los demócratas, la mistificación democrática —la idea de que el país es propiedad de sus ciudadanos de todas las razas, que lo gobiernan juntos participando en el sistema democrático— es crucial. Puede ser una herramienta más potente para unificar la nación y prepararla así para la guerra que la propagación del miedo de Trump. Así, mientras que estos últimos destacan la brutalidad de las medidas contra los inmigrantes, los primeros las cubren con el manto del amor patriótico multicultural. Pero el objetivo es esencialmente el mismo. También en política exterior, los demócratas comparten el objetivo de prepararse para la guerra. También quieren un gasto militar masivo y son incluso más agresivos que sus homólogos republicanos a la hora de librar la guerra económica contra China.

Sin embargo, los demócratas parecen diferentes. Tan diferentes que, en el momento álgido de la tensión en Minnesota, se habló en los principales medios de comunicación de la posibilidad de una nueva guerra civil. Pero esa posibilidad simplemente no existe. A pesar de las apariencias, los demócratas y los republicanos tienen mucho más en común que lo que los divide. En este momento, la popularidad de los demócratas está aumentando. Todo lo que tienen que hacer para ello es no ser Trump. Uno de los peores efectos del trumpismo es que, por contraste, da nueva credibilidad a mistificaciones gastadas. Podría ser un presidente demócrata quien llevara al país, en una unidad renovada y orgulloso una vez más de ser una nación de inmigrantes, a la guerra.

Sanderr

14/2/2026

Barricada contra el ICE en Minneapolis

i Más información al respecto en: https://internationalistperspective.org/staging/3363/capitalism-crisis-and-war/ . Pero, independientemente de los obstáculos, no se pued ón de la inteligencia artificial en los sistemas de lanzamiento militar aumenta esa posibilidad.

ii Esta afirmación fue hecha por Noel Casler, que trabajó estrechamente con Trump en el programa de televisión «The Apprentice», y por el actor Tom Arnold. Trump lo niega, pero no ha demandado a Casler.

iii Entre las numerosas reseñas de los acontecimientos, nos han parecido interesantes las siguientes: https://illwill.com/lies y https://wildcat-www.de/en/current/e_a127_chinga.html

iv La ayuda humanitaria mundial disminuyó entre 2022 y 2025 en un 60 %. Según los expertos, solo los recortes de EE. UU. provocan entre 500 000 y 700 000 muertes adicionales al año.

“¡Viva la muerte!”

Sobre la intervención militar estadounidense en Venezuela

Si hubiese que encontrar un eslogan para ilustrar lo que caracteriza la política de los principales países en el mundo actual sería “¡Viva la muerte!”. Se trata para ellos de desarrollar todos los medios, materiales et ideológicos para más carnicerías humanas. Para que las cosas queden claras, el gobierno con el mayor complejo industrial-militar del planeta cambia el nombre de su Department of Defense en Department of War, y al mismo tiempo exige de sus 31 países aliados que aumenten inmediatamente sus gastos militares a 5 por ciento de su PIB, lo que implica a menudo un aumento de 100 por ciento o más. Y estos lo aceptan aplaudiendo… y planificando la reducción de los gastos de sanidad y educación, por ejemplo. “¡Viva la muerte! ¡Muera la inteligencia!” 1

La misma locura destructiva se desarrolla en el cerebro enfermo de los gobiernos del otro lado del planeta, tanto en China, como en Rusia, en Japón o en las dos Coreas.

“¡El capitalismo lleva en esencia la guerra como los nubarrones llevan la tormenta!”, decía con razón Jean Jaurès en 1914.

La reciente intervención del ejercito estadounidense en Venezuela, así como la instalación de enormes fuerzas militares en el Caribe, hace parte del desastre en desarrollo. Lo que motiva al gobierno estadounidense no es una lucha contra el narcotráfico ni un afán de democracia y libertad sino un momento del esfuerzo por combatir el declive de su dominación económica en el mundo y el espectacular desarrollo de la presencia e influencia de China tanto en América Latina como en el resto del mundo. La defensa del dólar como principal moneda del mundo, en particular del petrodolar, hace parte de los motivos de la operación.

En 2024 la Commission of the National Defense Strategy2 publicó un informe que dice claramente que los Estados Unidos se enfrentan a las más peligrosas amenazas desde 1945 y que estas incluyen la de una guerra mayor, China y Rusia siendo los principales enemigos. Una guerra para la cual, si debiese prolongarse y ampliarse a diferentes frentes, el país no está suficientemente preparado, ni a nivel industrial ni a nivel ideológico. “Necesitamos –dice el informe – una mentalidad de guerra”. El gobierno de Trump obedece y ejecuta fiel y brutalmente esas orientaciones.3

Venezuela posee las mayores reservas de petroleo del mundo aunque la mayoría de ellas estén aún sin ser explotadas y compuestas por un crudo muy denso y difícil de explotar y transportar. La producción petrolera venezolana actual es increíblemente baja en relación a lo que fue en el pasado y lo que podría ser.4 Pero, primero, en caso de una guerra generalizada esas reservas podrían ser determinantes en particular para China. Segundo, tanto Rusia como China invirtieron miles de millones de dólares en la industria petrolera venezolana. El reembolso de esas inversiones podría verse interrumpido. Hoy China absorbe más 80 % de las exportaciones del petroleo venezolano como reembolso de esas inversiones (estimadas a 20 000 millones de dólares) y ese reembolso se supone debía durar años. Tercero, desde hace un cuarto de siglo Cuba sobrevive gracias a la importante ayuda petrolera venezolana. Por eso las primeras medidas impuestas por Trump al gobierno de Delcy Rodriguez conciernen el petróleo. Tres objetivos: 1. “Abrir el país a nuestras gigantescas compañias petroleras” (Trump). 2. Entorpecer gravemente las relaciones de Venezuela con China y Rusia. 3. Tratar de ahorcar a Cuba.

Trump pretende justificar la intervención militar como una lucha contra el narcotráfico que “envenena” a los americanos. Es verdad que Venezuela, con sus 2 219 km de frontera porosa con Colombia ha sido, en particular con la llegada de los “chavistas” al poder, un refugio y un aliado (supuestamente “ideológico”) de las guerrillas como las FARC, uno de los mas importantes productores y traficantes de cocaína del mundo. Pero los Estados-Unidos, primer consumidor de cocaína y primer productor de marihuana del mundo alberga gigantescas mafias americanas del narcotráfico. ¿Porque no empezar por barrer en su propia casa? Entre paréntesis, la cocaína que pasa por las redes venezolanas se exporta sobre todo hacia Europa. La que llega a los USA pasa principalmente por el Pacifico y México.

A otro nivel, hay un aspecto no secundario que explica parcialmente el carácter espectacular de la enorme movilización militar en el Caribe: la preparación ideológica de la población americana y de los jóvenes en particular para la guerra. Se trata de la creación de esa “mentalidad de guerra” que exige la Commission of the National Defense Strategy.

¿Que transición?

Mucha gente esperó que al poco tiempo después del secuestro de Maduro todo iba a cambiar, que el millar de prisioneros políticos sería liberado, que los centros de tortura serían cerrados, que los “colectivos” bolivarianos, esos cuerpos para-militares, creados por Diosdado Cabello5, que esos organismos serían desarmados y disueltos, que el control policial generalizado que ejercen desaparecería…

que los millones de venezolanos que huyeron del país podrían empezar a regresar…

Pero por el momento, pocas semanas después del 3 de enero, aparte la “excarcelación” de algunos prisioneros políticos, bajo la presión directa de las autoridades americanas, la realidad no ha cambiado o, peor, en ciertos aspectos ha empeorado. En el “23 de Enero”, un barrio obrero de Caracas considerado un bastión de apoyo al régimen, los “colectivos” han impuesto un toque de queda informal multiplicando la presencia de hombres armados. Después de las seis de la tarde las calles están vacías. En las calles de Caracas los colectivos hacen controles personales, registrando y a veces confiscando teléfonos móviles por contener mensajes que aplauden la captura de Maduro. Lo que domina es una expectativa inquieta y temerosa…

A nivel gubernamental lo que ha cambiado es sobre todo la ausencia del numero uno. Tres personajes aparecen constituir los principales pilares del “nuevo” orden.

1. Delcy Rodriguez, designada por Trump como “presidenta encargada”, juramentada ante la Asamblea Nacional por Jorge Rodriguez, su propio hermano y presidente de esa asamblea. Es una de las personas que más responsabilidades ha ocupado en los gobiernos de Maduro. Pero, desde el 3 de enero, cada día trae nuevas revelaciones sobre el papel activo que tuvo en la preparación y realización del rapto. Trump no cesa de elogiarla y de decir que es “una persona magnífica”. Pocas horas después del ataque, Trump declaró al New York Post que que ella estaba al tanto: “Hablamos con ella muchas veces. Se muestra comprensiva, ella comprende.” En cuanto a su papel a la cabeza del gobierno Trump afirma: El liderazgo es bueno e inteligente. Estamos trabajando juntos para asegurar que ambos países prosperen en esta nueva era de intercambio comercial”. Con su hermano, hizo rápidamente adoptar por la Asamblea Nacional en primera lectura, una “Reforma de la ley orgánica de hidrocarburos” para facilitar las inversiones de las empresas americanas. Todo eso no le impide repetir que “mi destino no lo decide nadie, sino Dios”, que hay que movilizarse para hacer volver a Maduro y su esposa raptados por una odiosa agresión extranjera, etc.

2. Diosdado Cabello, “ministro de Interior y Vicepresidente de Gobierno para la Seguridad Ciudadana”. Generalmente considerado como el hombre más brutal del chavismo y el más importante después de Maduro. Semanalmente presentaba y sigue presentando un programa televisivo con un título significativo: “Con el mazo dando”. También él, según la agencia Reuters, tuvo discusiones con autoridades americanas meses antes de la operación Maduro, lo que él desmiente rotundamente. Para él, en Venezuela “no ha cambiado nada, aquí sigue la revolución bolivariana… El bombardeo del 3 de enero donde perdieron la vida más de 100 venezolanos…ha consolidado la unión del país.” Aunque afirma su solidaridad con las medidas tomadas por el gobierno, a pesar de ser “el hombre que controla los fusiles”, como dice el Wall Street Journal, no ha tomado medidas para desarmar los colectivos ni actuar por un apaciguamiento de los elementos mas hostiles a la nueva política. “Cabello must go!” dice el influyente órgano de prensa americano.

3. Vladimir Padrino, ministro de Defensa y jefe del ejercito, aunque más discreto, es el tercer pilar del gobierno actual. Es él que hasta ahora asegura el indispensable control de la jerarquía militar. El 19 de enero anunció una “revisión completa” de las fuerzas militares para la defensa del país tras “la agresión imperialista sin precedentes” y para estar mejor preparadas para una eventual en el futuro.

Los tres hacen parte de los funcionarios sancionados por la Unión Europea el 25 de junio de 2018, con sus activos congelados y una prohibición de viajar por “socavar la democracia y el estado de derecho en Venezuela”. Delcy Rodriguez estuvo al origen de lo que fue llamado el “Delcygate” por haber transportado a España en enero de 2020 104 barras de oro por 68 millones dólares. Los dos hombres son acusados de narcotráfico por la justicia estadounidense que, desde enero 2025, ofrece 25 millones de dólares por la captura de Cabello y 15 millones por la de Padrino.

La duplicidad, el doble juego de estos personajes ilustran las grotescas paradojas que caracterizan la situación en Venezuela pocas semanas después de la intervención estadounidense.

Hay quien dice que finalmente la intervención americana fue un fracaso puesto que los jefes chavistas, los generales del ejercito y demás acusados de narcotráfico siguen libres y en el poder.

Pero en realidad la situación contradictoria actual fue prevista por las autoridades que prepararon y realizaron la intervención.

Hace pocos días, Marco Rubio, Secretario de Estado de Trump (y propuesto por este como futuro presidente de Cuba) declaró: “Nos parece que estamos avanzando de una forma muy positiva”. Según él, hay una estrategia con tres fases para el futuro de Venezuela bajo la tutela de Washington: 1. estabilización, 2. recuperación y reconciliación, 3. transición política.

Pero ¿como realizar esa primera fase de “estabilización”? La preocupación mayor fue evitar que el inevitable enfrentamiento con los chavistas degenere violentamente en acciones armadas abiertas y violentas abriendo la posibilidad de un principio de guerra civil. La idea fue de obligar una parte de los chavistas en el poder a gestionar ellos mismos una estabilización de la situación. Es por ello que, por ejemplo, a los que pedían que María Corina Machado, principal figura de la oposición, fuese puesta al poder inmediatamente, Trump respondió que ella no era la persona adecuada pues no disponía de suficiente “respeto y apoyo” … presumiblemente en el ejercito y en los colectivos.6

Pero ¿hasta que punto se puede decir que se realizará una “estabilización”?

Políticamente y oficialmente los responsables chavistas multiplican los llamados a la paz y a la “unidad” del pueblo venezolano. Pero poco ha cambiado en la practica de la vida social. En ciertos aspectos a empeorado. La liberación de los presos políticos se realiza. Vale la pena recordar que Trump declaró hace poco que el había decidido proceder a una segunda operación militar pero que la había cancelado al ver que el gobierno había empezado a excarcelar los prisioneros políticos. Cabello pretende que esa liberación responde a una decisión tomada antes de diciembre por Maduro y que hace parte de un proceso de “reconciliación nacional”. Pero se lleva a cabo muy lentamente. Las familias de los presos duermen a menudo frente a las cárceles esperando. Las excarcelaciones son hechas bajo condiciones: no hablar de las condiciones de encarcelamiento, no hacer declaraciones políticas… ¿Hasta adonde ira ese procedimiento?

Aparentemente el gobierno norteamericano está confiado y prepara la reapertura de su embajada en Caracas. Hace poco aterrizó un gran avión americano lleno de material para reinstalarla.

En todo caso, los chavistas que se han pasado al “otro lado” deberían mediar sobre la famosa cita del viejo secretario de Estado americano, Kissinger: “Ser enemigo de Estados Unidos es peligroso, pero ser amigo es fatal”.

Lo que demuestra la realidad venezolana, una vez más, es que la única manera de escapar a las tenazas del ¡Viva la muerte! guerrero y de las dictaduras de tipo chavista o “democráticas”, es el difícil camino de la conquista revolucionaria e internacional del control de nuestra vida social.

Raoul Victor

24 de enero de 2026

Raoul Victor, quien creció en Venezuela, es un antiguo militante del movimiento comunista de izquierda y amigo de Internationalist Perspective. Su sitio web se encuentra AQUÍ.

NOTAS

1 . Atribuido al general José Millán Astray, pilar del franquismo, en una asamblea el 12 de octubre de 1936, en respuesta a Miguel de Unamuno que ha condenado el reciente “alzamieno” con la famosa fórmula :”Venceréis, pero no convenceréis!”.

2 . Se trata de un organismo “independiente”, compuesto por expertos de los dos partidos, Republicano y Demócrata, creado en 2022 por el Congreso, que tiene como función realizar una auditoría objetiva de la estrategia del Department of Defense y de las cuestiones de seguridad en general.

3 . La brutalidad del imperialismo estadounidense no es nueva, aunque alcance hoy niveles particularmente espectaculares. Hace apenas poco más de tres años el presidente Biden no vaciló en anunciar y hacer destruir los gasoductos que alimentaban la industria alemana y europea con el gas ruso y obligar los países europeos a comprar el gas estadounidense mucho más caro.

4 . En 2003, como acto de represión después de una importante huelga por parte de la empresa nacional PDVSA, Chavez procedió al despido de cerca de 20 000 empleados. La mayoría eran ejecutivos, ingenieros y técnicos cualificados. Poco después fueron integrados masivamente miles de empleados políticamente escogidos pero sin experiencia, entre los cuales militares. Las consecuencias a nivel de incompetencias y descuido, junto a la corrupción crónica fueron desastrosas.

5 . Inspirados por los Comités de Defensa de la Revolución de Cuba, ejercen un estricto control de la población en particular en los barrios populares. Son sistemáticamente utilizados para atacar con motorizados las concentraciones o manifestaciones contra el gobierno.

6 Corina Machado, la premio nobel de la paz, figura principal de la oposición al régimen chavista, es un personaje hambriento de poder. Sabiendo que Trump soñaba con obtener el nobel que le fue otorgado a ella, decidió compartirlo con él y traerle a la casa blanca su medalla. Machado, verdadera fanática del personaje, se hace cómplice de quien durante dos años ha estimulado, apoyado y procurado todas las armas necesarias para el espantosos e infame genocidio de la población en la franja de Gaza, el hombre que hoy procede a una despiadada guerra contra los trabajadores inmigrados en su país. Trump le dio las gracias y declaró a la prensa que ella era “una gran mujer!” y que habría que ver como asociarla al actual proceso de transición. Según las encuestas de opinión sería la ganadora de eventuales elecciones presidenciales – la tercera etapa del plan de Rubio.

OTRA OPERACIÓN MILITAR ESPECIAL EN CAMINO A LA GUERRA GLOBAL

¿Por qué Estados Unidos lanzó una “operación militar especial” en Venezuela? ¿Para conseguir con sus codiciosas manos el petróleo y otros recursos en ese país? ¿Para sacar a su rival imperialista China y sus aliados (Rusia, Cuba, Irán) de la región y advertir a otros países latinoamericanos del precio que podrían tener que pagar por su presencia? ¿Para conseguir una victoria fácil y ‘gloriosa’ para reforzar los decaídos números de Trump en las encuestas? La respuesta correcta es “todo lo anterior”.

Lo que sí es seguro es que no se hizo por el contrabando de drogas —ese pretexto fue una mentira tan transparante como la afirmación de Putin de que el propósito de su invasión de Ucrania era la desnazificación— ni tampoco se hizo en defensa de la democracia, Estados Unidos prefiere a la vicepresidenta de Maduro al mando porque cuenta con el apoyo del ejército, en lugar de la oposición que ganó las elecciones – y menos aún por la hostilidad hacia el socialismo venezolano, ya que no existe ni existía socialismo allí, solo un capitalismo de izquierda corrupto y brutal, enemigo declarado de la clase trabajadora. 1

Esto nos dice que diferentes estados capitalistas, las grandes potencias pero también las más pequeñas, están desacreditando abiertamente sus propios ‘valores’ y reglas hipócritas (‘derecho internacional’, ‘derechos humanos’, la convención de Ginebra, etc.) para obedecer lo que ordena la crisis global del capitalismo: cuando tu capital pierde beneficios y mercados, ve y tómalos por la fuerza, no hace falta excusa. Los estudiantes de historia reconocerán este comportamiento como típico de los años previos a las Guerras Mundiales.

Entre las primeras reacciones ante esta escalada, apreciamos el siguiente artículo del grupo Angry Workers, que da en el clavo.

1 Para un análisis del capitalismo de izquierda en Venezuela, véase Venezuela y la “Revolución Bolivariana” (Parte 1) y Venezuela y la “Revolución Bolivariana” (Parte 2)

Venezuela: la lucha de clases contra el imperialismo y el mito de la independencia nacional

Los ataques del ejército estadounidense en Venezuela son una expresión del imperialismo, pero ¿cómo podemos responder a ellos? Es comprensible que la reacción de muchas personas sea manifestarse a favor de la «independencia nacional». Desde la perspectiva de la clase trabajadora y de la emancipación internacional, el grito de guerra por la «soberanía» es un mito peligroso. La situación en Venezuela forma parte de un panorama global de confrontación entre bloques y, como trabajadores internacionales, tenemos que encontrar formas de no quedar aplastados en medio.

Venezuela y China

 Una de las razones que esgrime el Gobierno estadounidense para combatir el «comunismo» en Venezuela es su estrecha relación con «enemigos de Estados Unidos»: China e Irán. La noche antes de su secuestro, Maduro recibió a una delegación china de alto rango. Poco después de que terminara la reunión, se encontraba sentado en un helicóptero del ejército estadounidense. China es ahora, en la práctica, el único factor relevante que se opone al avance actual de los movimientos estadounidenses y alineados con Estados Unidos en América Latina (Milei/Argentina, Bukele/El Salvador, Nasrallah/Honduras, Kast/Chile, Mulino/Panamá, etc.).

China importa actualmente aproximadamente el 80 % de la producción diaria de petróleo de Venezuela, que es de 950 000 barriles al día (en noviembre de 2025, es decir, antes de que las tropas estadounidenses confiscaran el primer petrolero). No hay datos sobre los precios reales a los que China ha estado comprando petróleo venezolano durante los últimos 10 años ni sobre los precios a los que se cobra la «enorme colección de bienes» entregados por China a Venezuela a crédito (electrodomésticos de Haier, autobuses Yutong, automóviles). Incluso se instaló una fábrica para ensamblar autobuses Yutong en Yaracuy en 2015.

En Chancay, Perú, el gigante logístico chino COSCO opera un gran puerto de aguas profundas a 100 km al norte de la capital, Lima. Desde allí, el viaje a China dura 23 días, frente a los 40 días que duraba anteriormente. En Panamá, Estados Unidos quiere expulsar a China de los dos puertos situados a ambos extremos del canal (Colón y Balboa). Mientras tanto, Black Rock/MSC y COSCO se disputan las acciones. Panamá ha abandonado de nuevo el proyecto chino de cadena de suministro «Ruta de la Seda».

Parece que no hay tropas estadounidenses en Venezuela, al menos no en cantidades significativas. Cuando Trump anuncia que Estados Unidos gobernará ahora el país hasta que se produzca una «transición ordenada», esto solo puede basarse en la amenaza (hecha realidad con el secuestro de Maduro) de que podrían atacar de forma eficaz y letal en cualquier momento y en cualquier lugar.

La guerra en Ucrania y el genocidio en Palestina forman parte de este panorama

Podemos ver el resultado de la supuesta lucha por la «independencia nacional» en Ucrania: la clase trabajadora de ambos bandos es enviada al matadero. El Gobierno ruso necesita la guerra para mantener su poder y se vuelve cada vez más dependiente de los suministros de China e Irán. El Gobierno ucraniano depende totalmente del apoyo militar y financiero de la UE y EE. UU. y, a cambio, vende tierras agrícolas e infraestructuras a empresas occidentales. En lugar de «defender la democracia», el Estado ucraniano restringe los derechos sindicales y políticos y recluta por la fuerza a jóvenes para enviarlos al frente. Los «izquierdistas», como el Partido Verde en Alemania, pero también grupos más cercanos a nosotros, repiten el mito de la «autodefensa nacional» para exigir más y más armas para la masacre.

Ni siquiera el genocidio en Palestina puede entenderse fuera del contexto del enfrentamiento entre bloques. No fue casualidad que el enfrentamiento se intensificara poco después de que el Gobierno chino lograra sentar a la mesa de negociaciones a los Gobiernos de Arabia Saudí e Irán. Estaba claro que esto socavaba los anteriores Acuerdos de Abraham, negociados por Estados Unidos, y que el equilibrio de poder en la región cambiaría drásticamente. En ese momento, todos los que tenían intereses en juego querían ejercer su influencia. El territorio de Palestina se utiliza como moneda de cambio menor, en particular por parte del régimen de Irán, que es el principal patrocinador de Hamás. Por otro lado, Occidente y Estados Unidos refuerzan la maquinaria bélica israelí. Mientras que decenas de miles de palestinos más ricos pudieron huir de la región, la población proletaria local de Gaza paga el precio.

Podemos ver que la idea de «independencia nacional» en un mundo capitalista globalizado es un mito. El problema es que la contraparte del bloque estadounidense —es decir, Estados como China, Irán o Rusia— tampoco tiene nada que ofrecer en términos de liberación de los trabajadores. Mientras vemos banderas iraníes ondeando en las protestas contra la guerra en Gaza, en el propio Irán miles de trabajadores se enfrentan actualmente a las fuerzas estatales, protestando contra la inflación y el régimen. ¿De qué lado estamos?

La resistencia de la clase trabajadora contra la carrera hacia la guerra

Actualmente asistimos a una carrera armamentística mundial, liderada por Estados Unidos, que gastará más de un billón de dólares estadounidenses en defensa militar en 2026. La UE prevé un presupuesto militar de más de 2 billones de euros para los próximos siete años. Está claro que lo pagan recortando nuestros ingresos y prestaciones sociales, como la sanidad y la educación. Todos los gobiernos quieren normalizar esta preparación para futuras guerras; en el Reino Unido se nos repite constantemente que estamos en guerra con Rusia.

Tenemos que rechazar esto en nuestra lucha diaria. Tenemos que desarrollar una estrategia más amplia sobre cómo sabotear la maquinaria bélica, cómo defendernos de la agresión estatal, como los ataques a los migrantes por parte de las unidades del ICE. Necesitamos estrategias de resistencia proletaria clandestina, combinadas con luchas en las que tengamos un mayor poder colectivo. Los trabajadores de ST Microelectronics en Francia se declararon en huelga contra el uso de sus productos para fines militares, los conductores de tranvía de Múnich se negaron a conducir tranvías con anuncios de reclutamiento del ejército, los trabajadores portuarios de Génova bloquearon barcos con entregas de armas y convocaron una huelga general, los estudiantes de Alemania protestaron contra el intento del Estado de reintroducir el servicio militar obligatorio, los trabajadores sanitarios se manifestaron contra los planes de reclutarlos para el aparato médico militar, los trabajadores de DHL protestan contra la participación de su empresa en la logística militar, los trabajadores de VW denuncian el plan de la empresa de vender partes de las plantas a la industria armamentística.

Todas estas pequeñas luchas son expresiones de la cuestión del control obrero: ¿quién decide qué ocurre con las cosas que producimos o los servicios que prestamos? Tenemos que ampliar gradualmente esta batalla por el control al ámbito social. Contra la guerra global, por un futuro libre y comunista.

 ANGRY WORKERS

4 de enero 2025

DIEZ PREGUNTAS SOBRE LAS POLÍTICAS DEL GOBIERNO DE TRUMP

El blog en alemán Communaut pidió a Sanderr de IP que respondiera a diez preguntas sobre las políticas de la administración Trump. Lo hizo con la ayuda de otros miembros de IP con base en Estados Unidos.

  1. Una de las preguntas más controvertidas del momento es cómo leer la administración Trump: ¿Un grupo de lunáticos ideológicos aliados con multimillonarios interesados y por tanto condenados a crear solo caos —o un equipo que sirve a los intereses a largo plazo del capitalismo estadounidense, aunque sea a costa de alguna disrupción aquí y ahora? Tiendes a adoptar la segunda postura, vinculándola estrechamente con la cuestión de la guerra. ¿Podrías explicar brevemente esa perspectiva?

No es una cosa o una cosa otra, una no excluye a la otra. Es obvio que el gobierno (y la familia) de Trump contiene “lunáticos ideológicos aliados con multimillonarios interesados”, pero eso no significa que no tenga una estrategia geopolítica y doméstica a largo plazo. Al contrario, hay una unidad entre ambos aspectos que se expresa en una especie de descarada, una disposición a usar el poder bruto sin excusas, una arrogancia y un desprecio que impregnan todo lo que hacen y dicen. No solo se abandonan las pretensiones convencionales, sino que se desprecian activamente: la ira contra el “wokismo”, la “corrección política” es lo que une a todas las facciones del movimiento MAGA. El trasfondo de esto es que el capital estadounidense está perdiendo terreno en un contexto de capitalismo global que sufre por una disminución general de la tasa de beneficio y la sobrecapacidad. Al perder la capacidad de ganar el juego competitivo a nivel puramente económico, Estados Unidos se apoya más en su poder extraeconómico. La corrupción, el chantaje, la coerción y la intervención militar tanto en el ámbito nacional como en el extranjero son el resultado. No digo que la administración Trump quiera una guerra global, pero en muchos sentidos se está preparando para ella. Crear dudas sobre la disposición de Estados Unidos a proteger Europa frente a Rusia forma parte de ello. Sin esto, habría sido difícil que Europa aumentara tanto su gasto militar. Y esto también encaja con el celo transaccional de este gobierno, ya que es una bendición para la industria armamentística estadounidense. Otro ejemplo es la actual agresión contra Venezuela. La administración Trump es bastante abierta sobre su deseo de controlar las reservas de petróleo y tierras raras de ese país, pero su objetivo también es expulsar a China del continente. Los expertos escriben que la reciente declaración del gobierno estadounidense criticando a Europa refleja el aislacionismo. Al contrario, refleja una intensa implicación en Europa. Este gobierno estadounidense no solo quiere que sus aliados europeos se preparen para la guerra militarmente, sino también políticamente tal y como la ven: forjando su propia Volksgemeinschaft, convirtiéndose en países ideológicamente condicionados para la guerra.

  1. Grandes sectores del capital estadounidense ahora apoyan a Trump, incluso las grandes corporaciones tecnológicas que durante su primera presidencia habían formado un polo contrario. Sin embargo, aparte de las rebajas fiscales que, por supuesto, al capital siempre le gustan, parece que gran parte de este apoyo nace simplemente del miedo —los capitalistas buscan buenas relaciones con un presidente conocido por sus vendettas personales— y no tanto del entusiasmo por su agenda económica. Leyendo la prensa económica, desde el Financial Times hasta el Economist, parece que el veredicto de los analistas es bastante inequívoco: Trump está generando incertidumbre y caos, lo cual es malo para la inversión; y una guerra comercial adecuada sería aún peor.

En cuanto a las grandes empresas tecnológicas, el miedo no es la razón por la que apoyan a Trump. Su postura inicial de oposición hacia Trump, durante su primer mandato, nació del miedo: temían ser vistos como demasiado cercanos a él. Debido al clima social (las protestas tras el asesinato de George Floyd) y los sentimientos anti-Trump de gran parte de su propia fuerza laboral, cuya posición en el mercado laboral era relativamente fuerte en ese momento, mantuvieron una cierta distancia. Ahora, en el segundo mandato de Trump, los oligarcas tecnológicos parecen respirar aliviados al saber que pueden adular sin pudor a la administración Trump y usar la relajación de las condiciones del mercado laboral para poner a su plantilla en línea. Puede que no les gusten los aranceles, pero hay muchas cosas en las políticas del gobierno que sí les gustan, y en absoluto la oportunidad de contribuir a la tecnología avanzada de armas. Pero tienes razón, “Trump está creando incertidumbre y caos, eso es malo para la inversión”. En cierta medida, esto puede reflejar la incompetencia del equipo de Trump o puede verse como parte de sus tácticas negociadoras. Pero el gobierno de Trump está intentando trastocar el statu quo global, por lo que se espera cierta incertidumbre mayor. Para nadar hay que meterse al agua. Y estos analistas a los que te refieres asumen que, sin este caos, la inversión sería mayor, mientras que ya llevaba años en declive. Y también asumen que con un presidente diferente, como Kamala Harris, habría habido menos incertidumbre, lo cual tampoco es seguro. Además, algunas partes de la clase capitalista estadounidense aprecian la inseguridad: es buena para la industria militar y el efecto refugio seguro atrae los ahorros del mundo hacia Estados Unidos.

Pero está claro que no toda la clase capitalista en Estados Unidos está contenta con este u otros aspectos del gobierno de Trump. Están contentos con la desregulación y las exenciones fiscales, pero divididos sobre los aranceles, el uso del ‘poder blando’ a nivel global, la política migratoria y otros aspectos. La clase dominante parece más dividida que nunca desde la guerra civil, pero parte de ello es teatralidad, por supuesto. No cabe duda de que existe un compromiso casi unánime para mantener el dominio económico y militar global de Estados Unidos.

  1. En cuanto a los aranceles, usted dice que, independientemente de si los exportadores a EE. UEE UU. bajarán sus precios —para mantenerse competitivos en EE.UU.— o no, será bueno para el capital estadounidense. Pero los fabricantes estadounidenses, por supuesto, dependen ellos mismos de las importaciones, y por eso el CEO de una de las “tres grandes” compañías automovilísticas tuvo el valor de dar la alarma la pasada primavera, cuando Trump desató su orgía arancelaria, diciendo que esto sería en realidad desastroso para la industria estadounidense. A menudo se ven afectados aún más directamente porque son sus propias fábricas fuera de EE. EE.EE. EE. UU. las que pagarían el precio.

Puede que hayas malinterpretado lo que escribí sobre los aranceles. (“En cualquier caso, gana el capital estadounidense“) No estaba afirmando que los aranceles sean “buenos para el capital estadounidense”, sino que, debido a la dependencia del resto del mundo del mercado estadounidense, su impacto es más complicado que simplemente añadir presión inflacionaria en EE. UU. Los aranceles cumplen múltiples funciones, pero probablemente la principal es el proteccionismo en función de la preparación para la guerra. Buscan disminuir la dependencia de Estados Unidos de la producción extranjera, especialmente de China, su principal enemigo en un posible conflicto global. Pero tienes razón, los aranceles son perjudiciales para el comercio mundial y ya por eso son perjudiciales para los beneficios de Estados Unidos, además de los costes directos que imponen a las empresas y consumidores estadounidenses. Por eso escribí en el mismo artículo: “Si el gobierno persiste con su guerra arancelaria a pesar de las consecuencias económicas negativas, entonces sabremos lo urgentes que son los preparativos para la guerra.” Y hemos visto que el gobierno ha tenido que retirar varios aranceles bajo la presión de ‘los mercados’ (los propietarios del capital).

  1. ¿Y qué pasa con los consumidores? Parece que la inflación realmente ayudó a Trump a ganar las elecciones. Por supuesto, sus votantes de clase baja se vieron especialmente afectados. ¿No serían ellos también los que más sufrían por sus aranceles?

Sí, lo son. Hasta qué punto culpan a los aranceles de Trump por los altos precios es discutible, pero me parece que lo hacen cada vez más, de ahí las recientes victorias electorales de los demócratas que ganaron haciendo campaña principalmente bajo el tema de la “asequibilidad”. Trump ha logrado mucho por su clase en sus primeros 11 meses, pero me parece que ha alcanzado su punto máximo, que su popularidad está cayendo y su autoridad empieza a desmoronarse. Esta tendencia probablemente se acelerará a medida que el impacto de las medidas de austeridad (como en sanidad) se haga sentir más y el desempleo aumente. Eso también significa que las divisiones dentro de su partido saldrán a la luz y que el papel de los demócratas como fuerza política en defensa del capital estadounidense desde una posición de oposición al gobierno actual se hará más prominente. Cuando hay pocas huelgas y protestas, la función de los demócratas es menos crucial para el capital. Es cuando aumenta el descontento social que su papel se vuelve más importante para contener y neutralizar la resistencia.

  1. ¿Qué tan realista es la idea de reindustrializar Estados Unidos mediante aranceles?

En un futuro previsible, no es realista en absoluto, con o sin aranceles. Desde que Trump volvió a ser presidente, hay 50.000 trabajadores industriales menos en Estados Unidos. En muchas industrias básicas, la producción nacional estadounidense no puede competir con los productores asiáticos. En parte, esta idea de la reindustrialización a través de aranceles es simplemente una infiernidad para reunir apoyo de la clase trabajadora. Pero en parte se persigue mucho, especialmente en lo que respecta a industrias que serían vitales en una guerra global, como el acero y el aluminio. Eso es algo que los think tanks como la Rand Corporation enfatizan. Otra industria crucial es la producción de patatas fritas, que son el motor vital de la economía actual tanto como el petróleo ahora o lo fue. Estados Unidos domina el sector, pero la mayor parte de la fabricación física real de chips se realiza en Asia, y de chips avanzados en Taiwán en particular. Esto se considera una gran debilidad de Estados Unidos en una posible guerra con China. La ley CHIPS de la administración Biden inició una política industrial para atraer con subvenciones masivas y presionar con amenazas a capital extranjero para construir fábricas de chips en Estados Unidos, algunas de las cuales ya están listas para operar. El capital alemán también participa en estos proyectos. Las empresas estadounidenses también están construyendo fábricas de chips con un gran apoyo gubernamental. En uno de ellos, Intel, el gobierno de EE. UU. adquirió una participación de 5.000 millones de dólares. Estas nuevas fábricas americanas de patatas fritas no tienen sentido económico, no pueden producir tan barato como las asiáticas. Solo tienen sentido porque el capitalismo se está preparando para grandes guerras. Y dado que estas inversiones gigantes no son rentables, solo podrían ser organizadas por el Estado. Cada aceleración de la preparación para la guerra es una aceleración del capitalismo estatal. Pero la capacidad del Estado para hacerlo no es ilimitada. Sin duda, al gobierno le encantaría poder desvincular la economía estadounidense de China, pero por ahora eso no es posible. Bajo la presión de los mercados de capitales, Trump tuvo que reducir sustancialmente los aranceles sobre los productos chinos.

  1. Escribes que uno de los objetivos de la administración Trump es «mantener la posición dominante del dólar y, por tanto, el control sobre el sistema financiero global». Sin embargo, su principal asesor económico, Miran, es famoso precisamente por ver la función de reserva del dólar —normalmente interpretada como un “enorme privilegio”— como una carga, ya que eleva el valor del dólar y, por tanto, dificulta las exportaciones.

Truman pidió desesperadamente un economista manco, uno que no comenzara su consejo con “por un lado…” Normalmente hay un “pero por otro lado”. A favor del papel global del dólar para Estados Unidos también: el impacto en las exportaciones de la presión al alza sobre el dólar. Pero cuando se observa cómo el orden económico diseñado en Bretton Woods, con el dólar en su centro, ha moldeado la historia del mundo desde el final de la Segunda Guerra Mundial, queda claro cuál es la mano más fuerte. El papel único del dólar otorga a Estados Unidos poderes especiales que ningún otro país posee, en cuanto al gasto deficitario, la creación de dinero y la atracción de capital (plusvalor) de todo el mundo. Estados Unidos no querría perder esa ventaja, hoy menos que nunca. No hay muchos que, como Miran, quieran eliminar la función de reserva del dólar por un dólar más bajo. En el pasado, Estados Unidos pudo imponer, cuando realmente quería, una revalorización de la moneda a sus competidores (el marco alemán en los años 70, varias monedas, pero principalmente el yen japonés en 1985 (Acuerdo de Plaza)). Pero ahora realmente no hace falta que lo haga todavía. Aunque el papel único del dólar genera una demanda global que eleva su precio, también permitió a Estados Unidos presidir una orgía nunca vista de creación monetaria que, a su vez, bajó el precio del dólar. Es el viejo “por un lado… pero por otro…” otra vez.

  1. ¿No es realmente perjudicial la dura represión contra la inmigración para la economía estadounidense? Parece que muchos sectores estarían en serios problemas si el gobierno realmente avanza con sus deportaciones masivas anunciadas.

Sí. Aunque el gobierno tuvo que retroceder varias veces (sobre todo por las quejas de las agroempresas) y sería catastrófico intentar deportar a la mayoría de los indocumentados (lo cual no ocurrirá), su represión ha sido brutal, mayor de lo previsto y perjudicial para los beneficios. No tiene un objetivo económico; su objetivo es enteramente político. Esto demuestra lo importante que es la preparación bélica para este gobierno. La preparación para la guerra no es solo producción militar, sino también un ataque a la conciencia de la clase trabajadora, una batalla ideológica para crear una comunidad nacional, una ‘Volksgemeinschaft‘ dispuesta a luchar y morir por el capital. Supongo que no necesito convencer a los camaradas alemanes de lo importante que es el proceso de exclusión de un chivo expiatorio interno para forjar la Volksgemeinschaft. Por tanto, es lógico que haya un marcado trasfondo racial en las palabras y acciones antiinmigrantes del gobierno. Pero hay un problema al usar el racismo, ya que una gran parte de la población de Estados Unidos (alrededor del 37 %) no es blanca. El movimiento MAGA está dividido por esto. Además de su uso para reforzar la comunidad nacional mediante la exclusión de no miembros, la caza de migrantes y la forma brutal y notablemente arbitraria en que se lleva a cabo (las detenciones de transeúntes se hacen frente a cámaras como si anunciaran el peligro) parecen diseñadas para difundir miedo y divisar a la clase trabajadora. El miedo (a los migrantes, al crimen, a la violencia, a las minorías, a los pobres, a la decadencia moral y más) se alimenta constantemente y se contrapone a la imagen tranquilizadora del poderoso y seguro de sí mismo y su equipo de guerreros intrépidos. La administración Trump siembra el miedo por doquier. En la población general, crea la imagen de un intruso temido, un chivo expiatorio, y al perseguir a este chivo expiatorio, la mayoría se distancia de él, definiéndose así en torno a un denominador común. De esta manera, se forma una comunidad artificial y se evita el peligro de una clase trabajadora unificada. O al menos ese es el plan.

  1. Pasemos al clima político y social en los estados. ¿Qué opinas de las protestas hasta ahora, tanto de las manifestaciones más liberales de “No Kings” como de los enfrentamientos —principalmente de migrantes— con ICE?

Las manifestaciones del No King fueron en gran medida orquestadas por los demócratas y similares. Así que, aunque expresaban la amplitud del descontento, también afirmaban el sistema, una promesa de lealtad a la democracia burguesa y todos sus adornos. Las protestas anti-ICE son más prometedoras, aunque muchas de ellas también llevan las mismas misterias sobre la lucha por un capitalismo más perfecto. Sin embargo, es alentador ver lo rápido que han surgido reacciones espontáneas e intensas contra las redadas de ICE en Los Ángeles, Nueva York y Chicago. Además, la organización vecinal (que advierte a una red de activistas anti-ICE cuando ICE entra en una zona) se ha extendido por las ciudades. El punto débil es la ausencia de protestas en el lugar de trabajo. ICE está aterrorizando a un gran segmento de la clase trabajadora y no hay huelgas ni otras acciones laborales en su contra.

  1. ¿Cómo se ve afectada a la clase trabajadora? ¿La gente ya siente el impacto de la política de Trump en su vida cotidiana? ¿Y el apoyo del UAW a aranceles más altos representa a sectores más amplios del proletariado?

Los grandes sindicatos llevan años defendiendo el proteccionismo, culpando a los países extranjeros del declive de la industria estadounidense. En ese sentido, han preparado el camino para Trump. Está claro que hay cierto apoyo en la clase trabajadora a los aranceles e incluso a la política antiinmigrante, especialmente en el sur y el medio oeste. Es difícil medir cuánto, pero tengo la sensación de que está disminuyendo, quizás principalmente por el fracaso del gobierno Trump para revertir el declive de su nivel de vida. Trump grita en voz alta que nunca lo habían tenido tan bien, pero su experiencia real les dice lo contrario. Además, la brutalidad de ICE ha sorprendido a muchos.

  1. Además de las redadas de ICE, también hemos visto una represión drástica contra las protestas en Palestina. ¿Eso está impulsado principalmente por el racismo o también es un pretexto para atacar a la izquierda? Al fin y al cabo, también existe la idea de que la Antifa, que en realidad no es ninguna organización, debe ser prohibida como “una organización terrorista”.

Estas protestas iban en contra de las políticas del gobierno, habrían sido recibidas con una dura represión incluso si no hubiera ningún aspecto racial o étnico. El gobierno utiliza cualquier pretexto, las protestas contra el ICE, las manifestaciones en Gaza, Antifa, el asesinato de Charlie Kirk y otros, etc., para desplegar o ampliar sus medios represivos y acostumbrar a la población a la presencia militar en las calles. Eso también es preparación para la guerra. Trump dijo que las grandes ciudades serían un buen campo de entrenamiento para el ejército. Está ansioso por una pelea callejera, anhelando romper cráneos, pensando que una represión terrible excitará a su ejército Maga e intimidará a sus oponentes. Es la construcción de una nación para salvar la civilización occidental. Mientras tanto, esa civilización produce la burbuja de la IA, la burbuja cripto, la banca en la sombra y muchas otras vías hacia el abismo. Trump puede ser el Hoover de esta época. Pero no fue Hoover, sino su sucesor ‘progresista’ FDR quien resultó ser el mayor obstáculo para la lucha de clases autónoma.

18 de diciembre de 2025

Este texto fue traducido por Movemiento Socialista Mundial

REFLEXIONES SOBRE UN CAMPAMENTO DE VERANO

Desde hace bastantes años, internacionalistas pro-revolucionarios han estado organizando reuniones de verano, incluyendo “campamentos de verano” de una semana, para informarse mutuamente, debatir y establecer contactos. Informamos antes sobre algunas de esas reuniones que tuvieron lugar el año pasado en Europa. Este año dimos la bienvenida al regreso de una de las iniciativas más antiguas, que había hecho una pausa durante los años de covid. Desgraciadamente, ninguno de nosotros pudo asistir, pero por lo que escuchamos de amigos que estuvieron, debió de ser bastante interesante, con participantes de muchos países, informes sobre luchas de clases de todo el mundo y debates sobre temas teóricos, todo en un ambiente de amigable solidaridad.

Aunque tuvimos que saltarnos ese campamento de verano, pudimos participar en otro, organizado por los llamados “Comunistas de Playa” en el sur de Francia, también con la asistencia de compañeros de muchos países (mayormente europeos). Lo que distinguía a este campamento del otro era, entre otras cosas, que situaba sus discusiones en una perspectiva de organización y participación en luchas de clases y no rehuía afirmar posiciones políticas. De hecho, antes adoptó una plataforma común que, tras cierto debate, fue inequívoca en su defensa del ‘derrotismo revolucionario’, es decir, el rechazo a apoyar a cualquiera de los bandos en las guerras del capitalismo, incluidas las de Ucrania y Oriente Medio. Como dice el primer párrafo de la plataforma: Todos los Estados, sin excepción, existen hoy para mantener la dominación de la clase capitalista dominante sobre la clase trabajadora. El capital está en todas partes, trascendiendo fronteras, y debemos ser capaces de enfrentarlo internacionalmente, no solo con trabajadores de nuestros propios territorios. Por lo tanto, no ofrecemos ningún apoyo a las guerras libradas por ningún Estado capitalista ni por ninguna fracción destinada a crear o fortalecer un nuevo Estado, ya sea agredido o agresor, ya sea que se describan a sí mismos como ‘socialistas’ o ‘democráticos’.

Dada la situación mundial actual, la guerra era uno de los principales temas de discusión en este campamento. Los otros temas principales en la agenda eran la lucha de clases, el periodo de transición al comunismo y el feminismo. Aunque todos estos temas son importantes, la discusión sobre ellos nos dejó bastante frustrados.

Sobre las luchas de clases: se presentaron varios informes sobre luchas en varios países. Estos fueron informativos, pero también reflejaron la confusión de algunos participantes sobre la naturaleza de los sindicatos. Aunque se afirmó que el objetivo de esta sesión era continuar un debate general sobre los sindicatos iniciado en el campamento de verano del año pasado, y el texto propuesto como base para este debate identificaba inequívocamente a los sindicatos como órganos del capitalismo, el debate no tuvo lugar y las ilusiones sindicalistas de base sobrevivieron intactas a la sesión.

Sobre el periodo de transición: no es casualidad que este tema haya vuelto cada vez más en los últimos años, reflejando una creciente conciencia de que la perspectiva de un colapso del sistema capitalista global se está volviendo cada vez más realista. Desgraciadamente, toda la discusión giró en torno a una presentación de dos camaradas que, como ellos mismos dijeron, habían “descubierto Los Principios Fundamentales de la Producción y Distribución Comunista1, dos años antes, y no podían creer que nadie hablara de ello”. No solo defendieron su marco teórico, sino que fueron más allá, sugiriendo que era posible crear algo parecido a empresas de trabajadores autogestionados que representaran pasos concretos y prácticos hacia un orden social comunista. Solo los camaradas de PI y unos pocos más criticaron su postura. La discusión se limitó a la presentación de los camaradas y no a un intercambio libre sobre el tema general de la transición al comunismo. Por lo tanto, no hubo discusión sobre el Estado y su naturaleza, ni sobre la producción de valor, ni sobre la revolución o el tema revolucionario… ¡Solo “empresas comunistas”!

Sobre la guerra: la sesión constó de tres partes: primero, Sanderr (IP) presentó una visión general de la conexión entre capitalismo, crisis y guerra, basada en su texto , que luego se discutió; segundo, varios camaradas informaron sobre la militarización en marcha en los países donde están basados, y tercero, se presentó y debatió la Declaración sobre la Guerra que surgió originalmente de las conferencias en Praga y Arezzo el año pasado (véase AQUÍ).

La presentación general no suscitó mucha discusión. Algunos parecían pensar que la discusión teórica es una pérdida de tiempo (aunque informalmente, más adelante, hubieron discusiones interesantes sobre teoría de crisis y guerra).

Las presentaciones sobre la militarización fueron informativas, mostrando lo amplia y rápida que se ha vuelto la preparación para la guerra. Un camarada de Rusia hizo un resumen de todas las diferentes perspectivas que la gente está adoptando, especialmente sobre la guerra en Ucrania, y hizo un buen trabajo exponiendo sus contradicciones.2

La Declaración sobre la Guerra fue discutida y aprobada con algunas modificaciones menores. Pero quedó claro que algunos participantes no estaban satisfechos con la decisión de adoptar la declaración. Algunas de sus objeciones parecían poco importantes (por ejemplo, querían que el texto se llamara ‘Statement’ en lugar de ‘Declaration’ ( en español ambas palabras se traducen como ‘Declaración’o ‘Pronunciamiento’). Tampoco estuvieron de acuerdo con la aprobación del pasaje: No pedimos negociaciones ni intervenciones de la ONU, resoluciones parlamentarias, desinversiones, etc. A su insistencia se eliminó la palabra desinversiones y se añadió la frase bastante superflua: ya que no vemos que esto conduzca a ala revolución.

Pero tuvimos la impresión de que detrás de estas críticas leves había desacuerdos más profundos de los que no se hablaba. Un número considerable de participantes sintió que esta discusión les fue ‘impuesta desde fuera’ y no vieron la clarificación política como el factor de consolidación de este campamento de verano, prefiriendo la vaguedad política en aras de la unidad activista.

Feminismo: La discusión sobre feminismo fue más que un poco confusa. Se había decidido dedicar una sesión completa a este tema porque la ‘masculinidad tóxica’ seguía siendo considerada muy presente en el entorno pro-revolucionario. Se ofreció una presentación complicada en PowerPoint sobre el tema de la biología genética en un intento de mostrar que las diferencias biológicas no explican las diferencias sociales y de presentar contraargumentos sobre cuándo se utiliza el determinismo biológico para atacar una perspectiva comunista. La discusión que siguió fue difícil, ya que nadie era un experto en biología genética. Después de eso, nos dividimos en pequeños grupos de trabajo donde hablamos sobre la composición de género en nuestros respectivos lugares de trabajo y la discriminación por sexo. Después, estos grupos informaron de nuevo al pleno. Hubo una seria falta de perspectiva de clase en la discusión. Algunas de las voces más militantes parecían abrazar el feminismo como una crítica parcial al sistema. Más interesante fue la presentación de una trabajadora de los Correos españoles sobre cómo ella y sus colegas femeninas estaban siendo explotadas e intentaban contraatacar.

En conclusión:

Para nosotros, el balance fue mixto. Nos decepcionó la falta de deseo de aclaración teórica a través de la discusión de muchos en el campamento, que parecían más interesados en el activismo. En nuestra opinión, esto les hacía vulnerables a la confusión sobre quién está del lado del proletariado y quién representa a la izquierda del capital. Tampoco estábamos satisfechos con algunas medidas organizativas, como un límite de 2 minutos para hablar en las conversaciones, o la creación de un “equipo de cuidados” para abordar incidentes de acoso sexual (que no ocurrieron).

Por el lado positivo, el ambiente en el campamento era generalmente amistoso y muchas conversaciones informales resultaban interesantes. Encontramos buenos contactos.

También es positivo el compromiso de los “Comunistas de Playa” de continuar las discusiones durante todo el año en grupos de trabajo que se reúnen por la red, lo que esperamos contribuya a un campamento de verano bien preparado el próximo año. Varios de estos grupos de trabajo ya están activos (en composición de clases, género/sexo y guerra).

Se están planificando tres y posiblemente más campamentos de verano y reuniones similares para el próximo año en varios países europeos. Perspectiva Internacionalista ha estado instando a los distintos organizadores a unir fuerzas para obtener el máximo de resultados. Sin éxito, sin embargo. Nos parece que muchos en nuestro entorno aún no han comprendido cómo la aceleración de la historia nos exige pensar y actuar juntos.

NOTAS

1 Este es un texto del Grupo de Comunistas Internacionales (GIK) de 1930, que describe un sistema de vales de tiempo de trabajo. La crítica de PI a este concepto puede encontrarse AQUÍ, AQUÍ y en el texto de MacIntosh “Communization and the Abolition of the Value Form”

2 Una entrevista con este camarada se puede encontrar AQUÍ

Apéndice:

PRONUNCIAMIENTO INTERNACIONALISTA SOBRE EL CAPITALISMO Y LA GUERRA

(Cuarta versión)

Adoptado por el campamento de verano de Narbona en agosto de 2025

1. Todas las guerras, como quiera que se llamen, son guerras capitalistas. Si bien las condiciones específicas en las que estallan pueden ser bastante diferentes, todas tienen sus raíces en el sistema capitalista, que se basa en la competencia y la explotación. Las guerras son la forma extrema de la lógica competitiva del capitalismo. Constituyen el último grado de explotación y opresión capitalistas. Ya no es solo el trabajo lo que el capital exige de los explotados, sino su propia vida o la de sus hijos.

2. Si bien el imperialismo ha sido una característica constante del capitalismo desde sus inicios, la crisis de rentabilidad y la escalada del conflicto de clases que enfrenta el capitalismo hoy y la inestabilidad que engendra, empujan la competencia económica al conflicto militar y crean oportunidades para hacerlo. Esta crisis solo se profundizará, haciendo inevitable que la existencia continua del capitalismo implique que la guerra podría llegar a todo el planeta.

3. La clase trabajdora, la gran mayoría de la humanidad, no tiene nada que ganar y mucho que perder en la guerra. Siempre es su principal víctima. La defensa nacional y la liberación nacional significan luchar y morir por los intereses de una facción de la clase capitalista contra otra. Significa matar (y ser asesinado por) otras personas de la clase trabajadora por el poder y el beneficio de la clase que nos explota y oprime.

4. Rechazamos tanto el nacionalismo como la democracia burguesa, que son las principales herramientas ideológicas por las cuales la clase capitalista crea la ilusión de que sus intereses y los de la clase trabajadora dentro de las fronteras nacionales son los mismos, y por los cuales se moviliza para la guerra y justifica la militarización de la sociedad.

5. No hay soluciones separadas para las muchas amenazas existenciales para la humanidad. Un capitalismo pacífico, un capitalismo verde, un capitalismo socialmente justo son solo quimeras para ocultar el creciente horror que es real. La guerra, el ecocidio, los desastres climáticos, las pandemias, la pobreza, la inseguridad, la migración forzada, la falta de vivienda, el estrés y el colapso mental seguirán empeorando, junto con la crisis del capitalismo que los causa a todos. Por lo tanto, no hay más que una solución para todos ellos: cerrar el capítulo capitalista de la historia humana.

6. No somos pacifistas. No pedimos negociaciones o intervenciones de la ONU, resoluciones parlamentarias, etc., ya que no vemos que esto conduzca a la revolución. No apelamos a la clase dominante para que actúe “razonablemente”, porque entendemos que no puede. En cambio, contamos con una resistencia autónoma y clasista al capitalismo. La clase trabajadora global es la única fuerza social capaz de acabar con el capitalismo y establecer una comunidad humana basada en la satisfacción de las necesidades en lugar de la compulsión de obtener ganancias.

7. Pero tiene un largo camino por recorrer. Su lucha no puede ser meramente económica, tiene que ser política también y enfrentarse al Estado. Tiene que negarse a someterse al impulso bélico del capitalismo. Apoyamos a los proletarios de ambos lados de cualquier guerra que se niegan a luchar, que desertan, que vuelven sus armas contra quienes les ordenan matarse entre sí. Apoyamos el sabotaje de la maquinaria de guerra y la resistencia contra el servicio militar obligatorio, la movilización y la militarización de la sociedad.

8. Pero el oxígeno del que depende la máquina de guerra es la explotación del proletariado, la extracción de plusvalía. Estaría paralizado sin él. Así que la guerra no se puede detener sin poner fin a la explotación. Además, para dar cabida a los esfuerzos bélicos, la clase dominante tiene que atacar el salario social, imponer la austeridad. Al luchar contra ella, los trabajadores luchan contra la guerra, conscientemente o no. Cuanto más libren esta lucha de forma autónoma, sin ninguna colaboración con la clase capitalista, su Estado y sus mediaciones sindicales, más podrá florecer en una lucha contra la explotación, una revolución que ponga fin al capitalismo, a sus guerras y a su miserable “paz”.

CAPITALISMO, CRISIS Y GUERRA


Este texto fue escrito para ser discutido en una reunión internacional sobre “derrotismo revolucionario” en Minerve, Francia, en agosto. Más adelante se publicará un informe sobre esta reunión.

Otto Dix: Soldado herido, 1916

0. ¿Por qué este texto?

Porque la reacción instintiva de la mayoría de las personas que están preocupadas y asqueadas por el creciente número de guerras y por las atrocidades a las que conducen, es asumir que son causadas por malos líderes, políticas agresivas, ideologías injustas, y apoyar al lado que parece menos malo, más pacífico y menos injusto. No es evidente comprender que estos malos líderes y políticas agresivas son en sí mismos un producto de la relación social que es el capital, y que esta relación social continuará produciendo tales líderes y políticas y una destrucción cada vez más catastrófica, a medida que se hunde más profundamente en su crisis autoproducida. Los eslóganes o los cuentos simplistas no son suficientes para convencer a muchos que están genuinamente decididos a luchar contra la guerra, de que para hacerlo, deben luchar contra el capitalismo. Debemos ser capaces de demostrarles que vivimos en un orden social global que choca brutalmente con las necesidades de la humanidad. Que es un sistema en guerra con el planeta, en guerra con la vida misma. Contraatacar, derrotar al orden capitalista y a todas sus facciones en guerra, es la única guerra que tiene sentido. Eso es lo que significa “derrotismo revolucionario”. Quienes lo defienden deben desarrollar una comprensión profunda de cómo el capitalismo implica crisis y cómo la crisis capitalista conduce a la guerra a una escala cada vez mayor. Este texto quiere contribuir a esta comprensión. Los puntos 1 a 4 desarrollan la base teórica para ello. Los puntos 5 a 14 examinan la conexión capitalismo-crisis-guerra en la historia. Los puntos 15-16 hacen el balance de hoy y reflexionan sobre cuáles son los obstáculos actuales para la guerra global.

Para despejar el camino, permítanme comenzar reconociendo que la guerra no es algo específico del capitalismo, que ha existido desde el orígen de la humanidad misma. Incluso en el “comunismo primitivo”, la forma de vida sin clases y sin Estado que caracterizó el primer 99% de la existencia humana, las guerras eran frecuentes, según los arqueólogos. i Los humanos somos una especie violenta, en ese aspecto más cercana a los chimpancés que a los bonobos. Pero la naturaleza humana no es un paquete fijo e inmutable depositado por los genes en cada individuo, es por el contrario en su esencia social y evolutiva. Los humanos tienen la extraordinaria capacidad de cambiar no solo su entorno sino también a sí mismos.

La guerra estaba en la cuna de la sociedad de clases. Tanto con fines ofensivos como defensivos, las sociedades se volvieron dependientes de un cuerpo especializado de guerreros, del que surgió una clase dominante. Tanto en las sociedades precapitalistas sin clases como en las basadas en clases, la mayoría de las guerras se libraban para obtener cosas concretas: alimentos, ganado, esclavos, cotos de caza, tierras fértiles, oro, etc. El propósito de la producción también era obtener cosas que se necesitaban por su utilidad concreta. Eso cambiaría solo cuando el modo de producción capitalista se volviera dominante. A partir de entonces, la fabricación de cosas útiles pasó de ser el objetivo de la producción a ser el medio hacia el objetivo real: acumular valor abstracto, la clave de toda riqueza en el mundo capitalista.

1. Capitalismo

¿Cómo cambió la guerra cuando el capitalismo pasó a primer plano? De alguna manera, no cambió en absoluto. La codicia y el ansia de poder de las clases dominantes, su deseo de explotar las oportunidades de saqueo, siguieron siendo fuentes constantes de conflictos violentos. Pero en otros sentidos, la guerra se volvió bastante diferente. Mac Intosh distinguió dos tipos de guerra en el período ascendente del capitalismo ii. El primero, “luchado por consolidar el Estado-nación emergente o por ampliar sus fronteras, generalmente condujo al rediseño del mapa político, pero no a la expulsión o exterminio de poblaciones. Pero un segundo tipo de guerra, la guerra entre Estados capitalistas y Estados o sociedades precapitalistas, las guerras coloniales, la expresión de un imperialismo naciente, implicaron la reducción a la esclavitud o el exterminio de las poblaciones nativas, ideológicamente construidas como subhumanas o no humanas”. Mientras que, en el primer tipo, la derrota de un enemigo no implicaba su destrucción, y la distinción entre combatiente y no combatiente, soldado y civil, era en general respetada, en el segundo, tales distinciones no existían, las guerras eran genocidas y el racismo era su subestructura ideológica necesaria.

Pero en el siglo XX las guerras entre estados capitalistas adquirieron características del segundo tipo; se volvieron cada vez más genocidas. Acompañados de propaganda racista y xenófoba, borraron la distinción entre combatientes y no combatientes. El exterminio del enemigo, incluida la población civil, se convirtió en una parte integral de la estructura y organización mismas de la guerra.

¿Por qué este cambio? Porque el capitalismo cambió. Impulsado por la búsqueda de la ganancia adicional que resulta de reducir el contenido de tiempo de trabajo de las mercancías por debajo del promedio social, el capitalismo, en el transcurso del siglo XIX, creó un nuevo proceso de producción centrado en la tecnología que se volvió dominante en todo el mundo. Desató la productividad laboral, pero también sacó a la superficie las contradicciones inherentes del capitalismo.

En el capitalismo, como se ha dicho, el objetivo de la producción no es satisfacer necesidades concretas. La producción no ocurre a menos que resulte en ganancias. Ese es el propósito de la empresa: convertir el dinero en más dinero, o D – D’. Hacer más dinero es fácil, solo se puede imprimir. Pero eso no aumenta la riqueza, si eso es todo lo que sucede, solo causa inflación. No es el dinero como tal lo que busca el capital, es el dinero que representa valor. El propósito del capitalismo es acumular valor. El valor crece debido a la explotación: la producción da como resultado más valor que el invertido en ella porque los trabajadores crean más valor que el valor de sus salarios.

Por lo tanto, el proceso de acumulación se puede representar de esta manera:

D – M – M’ – D’ (etc.)

El dinero D compra mercancías M (medios de producción, incluida la fuerza de trabajo) que producen mercancías M’, y éstas, cuando se venden, se convierten en dinero D’. D’ es mayor que D porque M’ es mayor que M: se agrega plusvalía. Para que el proceso de acumulación continúe, la mayor parte de D’ debe volver a convertirse en mercancías que se consumen productivamente, cambiar M en M’. Entonces, a lo largo del proceso, el valor sigue siendo valor, pero se metamorfosea una y otra vez. Su forma cambia de dinero a fuerzas de producción y luego a las mercancías resultantes de la producción y luego a dinero nuevamente, antes de que pueda volver a entrar en el proceso de producción para continuar el proceso de acumulación.

Pero el valor no es estable. Cada uno de estos puntos de transformación conlleva el riesgo de no transformarse, y la penalización por ello es la desvalorización. Los cambios que sufrió el proceso de producción capitalista durante lo que se ha llamado “la transición a la dominación real del capital” convirtieron estos riesgos latentes en crisis reales:

M- M’: en esta fase, el valor crece porque se agrega plusvalía. Pero cuanto más centrado está el proceso de producción en la tecnología, menos fuerza de trabajo se consume en él, menos plusvalía se añade, aunque la tasa de explotación haya aumentado considerablemente. El límite a la creación de plusvalía, y por lo tanto a la ganancia, es que solo puede gastarse una parte del trabajo vivo. “La barrera siempre sigue siendo la relación entre la parte fraccionaria del día que expresa el trabajo necesario y toda la jornada laboral. Solo puede moverse dentro de estos límites”. Por lo tanto, la tendencia del capitalismo a reemplazar el trabajo humano por máquinas implica una disminución tendencial de la tasa de ganancia y una crisis potencial causada por una escasez de ganancias. También significa, no solo que el capitalismo se ve obligado a crecer, sino también que esta compulsión de crecer se hace más fuerte cuanto más se desarrolla el capitalismo. Cuanto más el crecimiento de la productividad ya ha reducido la parte de la jornada laboral dedicada al trabajo necesario (lo que los trabajadores necesitan para sobrevivir), más crecimiento se necesita para compensar el hecho de que se vuelve cada vez más difícil disminuir aún más el trabajo necesario. Entonces, “cuanto más desarrollado ya está el capital, cuanto más trabajo excedente ha creado, más terriblemente debe desarrollar la fuerza productiva para realizarse a sí mismo [… ] La autorrealización del capital se vuelve más difícil en la medida en que ya se ha realizado”.Iii

M’ – D’: En esta fase, el valor debe realizarse, las mercancías que se produjeron deben venderse. Pero la tecnificación de la producción va de la mano con su aumento de escala: el valor se distribuye entre cada vez más mercancías que deben venderse para que el valor se transforme en la siguiente fase del proceso de acumulación. Sin embargo, un aumento de la capacidad de producir mercancías no implica un aumento sincronizado de la demanda solvente de las mismas. La demanda de bienes que se consumen improductivamente siempre puede aumentarse, pero para que la acumulación de valor continúe, la mayor parte de las mercancías debe destinarse a un uso productivo y, por lo tanto, tener un valor de uso que lo haga posible. La capacidad de absorber esos productos básicos va cada vez más rezagada con respecto a la capacidad de producirlos.

Entonces, en esta fase, hay una creciente crisis tendencial de sobrecapacidad, de sobreproducción.

D – M: Una vez que se venden las mercancías y el valor contenido en ellas se ha transformado en dinero, la mayor parte de ese dinero debe invertirse en producción para que continúe el proceso de acumulación. Pero mientras que la fase M-D, la transformación de las mercancías en dinero, es una obligación más o menos inmediata -las mercancías que no se venden pierden su valor-, esto no es así para D-M, la transformación del dinero de nuevo en mercancías. Mientras que todas las demás mercancías son dinero perecedero, el dinero aparentemente es la “mercancía imperecedera” que se puede atesorar en lugar de gastar. Cuanto más difícil se vuelve lograr la fase M – M’ (debido a una tasa de ganancia decreciente) y la fase M’ – D’ (debido a la saturación del mercado), mayor es el incentivo para no lograr D – M. Como resultado, una parte cada vez mayor del valor termina en las finanzas y se queda allí, en lugar de invertirse en la producción donde se crea nuevo valor. Pero el valor del dinero es solo aparentemente imperecedero. No puede ser más que el valor de las mercancías que circulan más el valor de la producción futura que pone en movimiento. Cualquier cosa más allá de esto es capital ficticio. En algún momento, la sobreacumulación de capital monetario y la correspondiente falta de creación de nuevo valor socavan el incentivo para producir, porque la confianza en que el dinero puede almacenar valor se está derrumbando. Entonces todo el sistema, que, después de todo, se basa en la idea de que el valor y la riqueza real son lo mismo, corre el riesgo de desmoronarse.

2. Crisis

A pesar de su palabrería sobre la libertad, los capitalistas y sus gobiernos esencialmente no tienen otra opción: la ley del valor dicta su comportamiento. Les ordena explotar, destruir el medio ambiente, hacer guerras. Les dice que deben hacer crecer su capital o ser asesinados por la competencia.

Cuando la tecnología avanza de modo que la producción se basa más en las máquinas y la automatización y menos en el trabajo vivo, el capitalista no es libre de elegir si invertir en ella o no. Tiene que hacerlo. Si no lo hace, su precio de producción se vuelve demasiado alto para competir, o dicho de otra manera, el valor social de las mercancías en su sector (en el que se basa su precio de mercado) se hunde por debajo del valor individual de su producto. Cuanto más se repite el progreso de la tecnología en un sector determinado, más se eleva el umbral para la formación de capital productivo (ya que se necesita invertir más capital en maquinaria) y más cae el valor de sus productos, lo que resulta en una disminución de la tasa de ganancia. Al mismo tiempo, el cambio tecnológico impone un aumento de la escala de la producción, que finalmente choca con la estrecha base sobre la que descansa el consumo en la sociedad capitalista.

Lo que impide que este proceso continúe hasta el punto de que ya no haya ningún incentivo para realizar M – M’ y la producción se detenga, es la crisis. Lo que desencadena una crisis es el efecto combinado de una tasa de ganancia decreciente y sobreproducción. Es el resultado lógico del uso generalizado de tecnología avanzada, que aumenta la escala y reduce la mano de obra. Lo que hace una crisis es desvalorizar el capital existente. A través de decenas de quiebras, ventas de liquidación, despidos, recortes salariales, medidas de austeridad, etc., los medios de producción, tanto el capital constante (máquinas, infraestructura, materias primas) como el capital variable (fuerza de trabajo) se abaratan. Como resultado, la plusvalía aumenta en relación con el costo de producirla. La tasa de ganancia vuelve a subir.

La crisis es la razón por la que el proceso de acumulación de valor adquiere una forma cíclica, en lugar de progresar de manera lineal hasta un punto X en el que la acumulación se vuelve imposible. Es el momento necesario de corrección que tiene que ocurrir una y otra vez para superar las contradicciones inmanentes del capitalismo. Sin embargo, los intervalos y la intensidad no son predecibles, ya que otros factores juegan un papel. La fase de crisis puede ser corta o prolongada, puede ser una recesión leve o una depresión profunda. Lo que es predecible es que es doloroso, no solo para la clase trabajadora sino también para la clase capitalista. Es malo para sus ganancias y puede desencadenar la lucha de clases, amenazar su control sobre la sociedad. Por lo tanto, la clase dominante a menudo trata de atenuar el impacto de la crisis, o incluso -como veremos más adelante- de posponerla, de patear la lata hacia adelante por el camino. Pero al hacerlo, priva al proceso de acumulación de un momento correctivo necesario, permitiendo así que las causas que hacen necesaria la corrección se afiancen hasta el punto de que solo una cura más drástica puede restablecer las condiciones para la acumulación de valor.

3. Guerra

El capital en su conjunto tiene características y límites que son diferentes de los de capitalistas individuales o de países. A finales del siglo XIX podemos hablar de una economía mundial capitalista que existe como una entidad interconectada. Una máquina gigante y compleja de la que todos los diferentes capitales son engranajes que deben cooperar y, sin embargo, están fundamentalmente divididos por la competencia. No tiene sede general, no hay nadie al volante de esta máquina, pero tiene una “lógica” inherente que la obliga a crecer independientemente de las consecuencias y a atacar violentamente los obstáculos a su crecimiento, las barreras a la acumulación de valor.

Los ciclos de acumulación de valor contienen una fase expansiva, en la que la nueva tecnología se extiende y el capital crece, y una fase de declive gradual, en la que la generalización de los métodos de producción más intensivos en capital hace que la tasa media de ganancia disminuya y el aumento de escala que estos métodos de producción implican conduce a un exceso de capacidad. Cuanto más desarrollado está el capital, cuanto mayor es el valor del plustrabajo pasado que contiene, más difícil se vuelve el proceso de valorización. El capital social debe valorizarse, aumentar su valor, o perder su valor, desvalorizarse. Se llega al punto en que no se está creando y realizando suficiente valor nuevo (plusvalía) para valorizar todo el capital existente. Luego debe haber una profunda destrucción del valor que el capitalismo había acumulado en décadas anteriores antes de que sea posible una nueva era de expansión. Desde el siglo XX, la extención del desequilibrio recurrente entre el valor del capital existente y el valor recién creado se ha vuelto tan grande que una crisis por sí sola no es suficiente para lograr la desvalorización necesaria. La destrucción militar organizada industrialmente se convirtió en parte del proceso de acumulación.

Una crisis global revela que hay demasiado capital en todas sus formas: demasiado capital constante y variable que no se puede utilizar para producir ganancias y es un peso muerto en el sistema, demasiado capital financiero que toma un bocado cada vez mayor de la nueva plusvalía. El pasado devora el futuro. La guerra global destruye parte de ese pasado, eliminando el exceso de capital en todas sus formas: demoliendo masivamente la infraestructura (capital constante), asesinando a millones de proletarios (capital variable), eliminando la deuda y otras propiedades (capital financiero). De esta manera, la guerra continúa o reemplaza la acción correctiva que la crisis económica realiza para el sistema basado en valores.

No hace falta decir que la guerra, incluso más que la crisis económica, es desastrosa para el proletariado. También es desastroso para muchos capitalistas, pero necesario para el capitalismo. La Primera Guerra Mundial fue vista por muchos revolucionarios como el comienzo de un nuevo período en la historia del capitalismo. La Tercera Internacional en su documento fundacional, redactado por Trotsky, lo llamó la decadencia del capitalismo, una nueva época de crisis en la que el sistema había agotado su potencial de crecimiento y estaba maduro para la revolución. Estaban equivocados. De hecho, el capitalismo había entrado en un nuevo período, pero su sello distintivo no es el estancamiento permanente; por el contrario, el crecimiento se aceleró en el siglo XX. Pero no fue solo el crecimiento de las fuerzas productivas sino también de las fuerzas destructivas. El sello distintivo del nuevo período fue que las fases de autodestrucción masiva se convirtieron en partes integrales del ciclo de “vida” del capital global.

Esto no implica que la guerra global sea seguida automáticamente por un período de prosperidad. Otros factores juegan un papel, especialmente las políticas adoptadas después de la guerra por la clase dominante, como veremos más adelante.

4. Imperialismo

El efecto y la intención no deben confundirse. Por lo general, los Estados capitalistas no hacen la guerra con la intención de destruir el exceso de capital. Por el contrario, lo hacen para obtener más capital, más tierra, más materias primas y otros recursos, más mercados. El imperialismo está en su ADN.

De hecho, el imperialismo es en parte lo que creó el capitalismo en los siglos XVI y XVII. Como señaló Marx: “El descubrimiento de oro y plata en América, la expulción, la esclavitud y el entierro pueblos originarios en las minas de de ese continente, los comienzos de la conquista y el saqueo de la India, y la conversión de África en un coto para la caza comercial de habitantes negros, son todas cosas que caracterizan los albores de la producción capitalista. Estos procedimientos ideales son los principales momentos de acumulación primitiva”Iv

En el siglo XVIII cobró fuerza un segundo tipo de conquista imperialista, ahora con el colonialismo de asentamiento como su objetivo principal. El desarrollo del capitalismo en Europa trajo consigo un aumento de la productividad, incluida la productividad agrícola, así como avances médicos, lo que provocó una explosión demográfica. La población europea creció de 150 millones en 1750 a más de 400 millones en 1900, lo que permitió una ola de emigración y, por lo tanto, de expansión capitalista, tan masiva que en la mayor parte del mundo con climas templados, la población ahora es predominantemente de ascendencia europea.

Un tercer tipo de conquista imperialista surgió a fines del siglo XIX, después de que todas las regiones adecuadas para el colonialismo de asentamiento hubieran sido tomadas. Ahora las potencias capitalistas, en plena transición a la dominación real del capital, conquistaron el resto del mundo, hambrientas de las materias primas que requerían sus industrias en auge.

Lo que los tres tipos de conquista imperialista tenían en común era el tratamiento de los pueblos originarios como objetos que, según las circunstancias, eran asesinados, hambrientos, ahuyentados o explotados salvajemente como esclavos o trabajadores forzados. La invención de la raza fue un requisito ideológico esencial para esto. En este sentido, las guerras imperialistas libradas contra las sociedades no capitalistas fueron diferentes de las guerras que ocurrieron en el mismo período en Europa. Pero el uso de la ideología para deshumanizar al enemigo, incluida su población civil, regresó en las guerras interimperialistas del siglo XX.

A veces fue la oportunidad la que desencadenó la guerra imperialista. A veces era la necesidad, la presión económica. A veces era una combinación de ambas. El tipo anterior de conquista imperialista fue principalmente una cuestión de oportunidad; la oportunidad de obtener ganancias fabulosas utilizando mano de obra esclava para producir azúcar y otros productos exóticos codiciados y trabajo forzado para extraer metales preciosos. También hubo presión de las crisis, pero estas crisis aún no fueron causadas por las contradicciones fundamentales de la economía capitalista, sino por factores exógenos como pandemias, malas cosechas, guerras religiosas y especulación. Fue en el siglo XIX, cuando la transición a la dominación real del capital avanzó a pasos agigantados que el curso cíclico de la acumulación de valor se hizo cada vez más pronunciado, con una crisis al final de cada ciclo que establecía las condiciones para un nuevo ciclo. Pero no fue simplemente una sucesión mecánica de ciclos. Otros factores causales contingentes interfirieron. Y debemos tener en cuenta que el modo de producción industrial se estaba desarrollando en un entorno preindustrial y se benefició enormemente de sus interacciones con él. También tenemos que tener en cuenta los errores en las políticas monetarias y de otro tipo que reflejan la inmadurez política y la falta de experiencia de la clase capitalista, así como el impacto de la lucha de la clase trabajadora.

5. La larga depresión

La crisis económica más grave del siglo XIX ocurrió hacia el final de siglo. Se conoce como “la larga depresión” (1873-1897), un período prolongado que contiene varias crisis financieras y recesiones intercaladas con brotes de rápido crecimiento y violenta lucha de clases. Sin embargo, se superpone con lo que se conoce como “la segunda revolución industrial” (aproximadamente: 1870 – 1914), con decenas de innovaciones tecnológicas (combustible de gasolina y motor de combustión interna, automóviles, aviones, industria química, telégrafo y teléfono, radios, electricidad y más), rápido crecimiento de la productividad, el comienzo de la producción en masa (líneas de montaje, taylorismo, fordismo), fábricas gigantes, un gran cambio del empleo agrícola al industrial, enorme desarrollo de ferrocarriles y otros medios de transporte y un gran aumento del comercio internacional, entre sus principales características. A primera vista, estos dos procesos parecen contradictorios, pero están relacionados.

Gran Bretaña, el primer país industrializado, fue la potencia económica dominante en el siglo XIX, la más rica y poderosa. Pero a pesar de su posición competitiva superior, sus exportaciones estaban limitadas tanto por condiciones naturales (el alto costo del transporte) como artificiales (aranceles). Al mismo tiempo, cuando los métodos de producción avanzados y que ahorran mano de obra se convirtieron en la norma, los precios cayeron en su mercado interno y también lo hicieron las tasas de ganancia. Esto alentó al capital británico, en busca de una tasa de ganancia más alta, a invertir en países que se encontraban en una etapa inferior de la transición a la dominación real y, por lo tanto, todavía utilizaban métodos de producción menos productivos y más intensivos en mano de obra. Esto fomentó la expansión horizontal de la dominación real en Europa y más allá (especialmente en Estados Unidos). Esta dinámica se aceleró cuando comenzó la depresión y la deflación (colapso de los precios) empeoró. Mientras que los capitalistas británicos invirtieron cantidades cada vez mayores de capital en el extranjero (financiando, entre otros, la construcción de ferrocarriles en varios países), en casa, su tasa de crecimiento y tasa de ganancia disminuyeron. La inversión interna llegó a ser tan baja que de 1873 a 1913 el crecimiento de la productividad (producción per cápita) cayó a cero.

Pero en otras partes de Europa occidental la productividad creció rápidamente. Más rápido incluso en los Estados Unidos, que en la década de 1890 superó la capacidad industrial de Gran Bretaña. Alemania lo hizo en la primera década del siglo XX. La enorme expansión de los ferrocarriles y el uso de grandes barcos de vapor facilitaron la mejora de la escala de la producción y la internacionalización del comercio. Pero el propio éxito de la industria moderna también agudizó las contradicciones inherentes al capitalismo, creando los tres cuellos de botella que causan crisis en el ciclo de acumulación de valor:

en M – M‘: la disminución del contenido de valor de los productos básicos conduce a una disminución de la tasa de ganancia, más notable en el país más desarrollado, Gran Bretaña;

en M’ – D‘: el aumento de la productividad y la mejora de la escala de la producción crearon un exceso de capacidad, lo que dificultó cada vez más la realización del valor de la producción;

en D’ – M: como resultado de lo anterior, una parte creciente del valor convertido en dinero no volvió al proceso de producción, sino que permaneció en forma de dinero, inflando las burbujas financieras.

Lo que desencadena una crisis generalmente es el estallido de una burbuja de este tipo, un colapso de la creencia en la capacidad del dinero u otros activos financieros para mantener el valor. Eso es lo que sucedió en 1873. El pánico, que comenzó en la bolsa de valores austriaca y se extendió de un país a otro, se considera la primera crisis verdaderamente internacional. Varios otros lo siguieron. La de 1893 fue la más severa.

Una fuerte caída de los precios caracterizó el período. Era de esperar que los precios bajaran, dado el crecimiento de la productividad. Pero eso por sí solo no explicaba la cantidad de deflación. El precio del grano en 1894 era solo un tercio de lo que había sido en 1867, el precio del algodón cayó casi un 50 por ciento de 1872 a 1877, el precio del hierro se redujo a la mitad entre 1870 y 1890, y así sucesivamente. La caída de la tasa de ganancia y la creciente sobreproducción los llevaron tan bajo y causaron la quiebra de miles de empresas y un creciente desempleo.

Esto creó más espacio para otros y aceleró la concentración de capital. Pero las empresas más grandes también se metieron en problemas. Una forma de defenderse contra la caída de los precios era limitar la competencia mediante la búsqueda de un monopolio en el mercado o mediante la formación de cárteles: acuerdos entre un número limitado de grandes empresas para fijar el precio de mercado. En Alemania, el número de cárteles creció de 4 en 1875 a más de 100 en 1890 y casi 1000 en 1914. Fue un paso en la dirección del capitalismo de Estado.

Políticamente, la clase capitalista reaccionó a la crisis de manera defensiva y ofensiva. Defensivamente: para proteger su mercado interno de la competencia extranjera, todas las grandes potencias, con la excepción de Gran Bretaña, impusieron altos aranceles. Engels los llamó muros protectores detrás de los cuales se prepararon para la guerra por el dominio de los mercados europeos.

Ofensivamente, los Estados capitalistas lanzaron una nueva ronda de conquista imperialista. En un corto período de tiempo se apoderaron de lo que aún no se había tomado en las dos oleadas anteriores de imperialismo, y también robaron colonias de naciones capitalistas más débiles como España. Lo más espectacular fue la llamada “Scramble for Africa” (Rapiña de África). Mientras que en 1870 los países europeos controlaban el 10 por ciento del continente africano, en 1914 habían tomado el 90 por ciento.

Estas invasiones se justificaron abiertamente como necesarias porque la sobreproducción los obligó a encontrar nuevos mercados en el extranjero. En su famoso discurso de la “Marcha de la Bandera” (1898), el senador estadounidense y portavoz del gobierno Albert Beveridge se regocijó por la conquista de Cuba y Filipinas en la guerra hispano-estadounidense. Recordó las expansiones anteriores de los Estados Unidos que resultaron de las guerras contra las potencias europeas y los pueblos originarios. Elogió estas conquistas pasadas, pero afirmó que no habían sido impulsadas por la necesidad: “Si bien no necesitábamos el territorio tomado durante el siglo pasado en el momento en que se adquirió, sí necesitamos lo que tomamos en 1898 y lo necesitamos ahora. Hoy, estamos recaudando más de lo que podemos consumir. Hoy, estamos haciendo más de lo que podemos usar. Por lo tanto, debemos encontrar nuevos mercados para nuestros productos, nuevas ocupaciones para nuestro capital, nuevo trabajo para nuestros trabajadores. El destino ha escrito nuestra política por nosotros; el comercio del mundo debe ser y será nuestro”. Sentimientos similares se expresaron en Berlín, Londres y otras capitales.

6. Un mercado mundial

“A principios del siglo XX era posible hablar significativamente de una economía mundial en la que prácticamente todas las partes habitadas participaban al menos mínimamente, aunque Europa era, con mucho, la más importante. De hecho, fue el centro dinámico que estimuló el conjunto”.v

La dominación real del capital había conquistado el globo, no en el sentido de que el modo de producción específicamente capitalista estuviera en todas partes ni de que incluso en los países centrales se completara su desarrollo, sino en el sentido de que había formado un sistema mundial integrado de producción y circulación en el que las diferentes partes estaban condicionadas por su lugar en la totalidad.

A pesar de los aranceles, el comercio internacional siguió creciendo. En 1913, el comercio exterior per cápita era más de 25 veces mayor que en 1800. Desde el cambio de siglo, la competencia global impuso los mismos precios por los mismos productos básicos en el mercado mundial. Si bien a lo largo del siglo XIX los países del sur, este y norte de Europa, así como Rusia y Japón, habían podido iniciar su propia revolución industrial, con la ayuda de los aranceles y la inversión extranjera y las limitaciones naturales al comercio exterior, esto ya no era posible en el siglo XX. Con pocas excepciones, la brecha entre los países desarrollados y los subdesarrollados se volvió imposible de cerrar. Más aún porque la “segunda revolución industrial” había elevado considerablemente el umbral para la formación de capital. Se necesitó mucho más capital para poner en marcha la producción que incluso 30 años antes. Los grandes ganadores del período fueron gigantes como Ford, General Motors, US Steel, Standard Oil, BASF, Bayer, Krupp, Siemens, Schneider-Creusot, Shell, Vickers y otros que continuarían desempeñando un papel importante en las guerras venideras y seguirían siendo grandes jugadores a lo largo del siglo.

Se beneficiaron de la desaparición de muchos miles de empresas, cuyas quiebras habían eliminado miles de millones (de dólares, etc.) de deuda. Así que la crisis despejó la baraja lo suficiente como para dejar espacio para una recuperación en el nuevo siglo. Pero el crecimiento también fue impulsado por la aceleración de la carrera armamentista. Las principales potencias gastaban mucho en la construcción de sus armadas, el almacenamiento de artillería, etc., al tiempo que emprendían grandes proyectos de infraestructura en función de sus planes de guerra. El Estado asumió un papel cada vez más importante en la organización de la economía capitalista.

Mientras tanto, había señales de que se estaba gestando una nueva crisis. Un signo revelador fue la tendencia inflacionaria de los activos financieros, cuyos precios subieron. En Estados Unidos, por ejemplo, el valor en papel de las empresas no agrarias se duplicó entre 1900 y 1912, mientras que el PIB tuvo un crecimiento medio anual del 3,9%. Se estaba formando una burbuja global de capital ficticio.

Las tensiones entre las grandes potencias aumentaban. La última ola imperialista había hecho poco para aliviar la presión. A pesar de los aranceles proteccionistas, las naciones imperialistas industriales continuaron comerciando predominantemente entre sí. Con la excepción de la India, las colonias no les proporcionaron un mercado significativo. El aumento obligatorio de la escala del capitalismo ya no podía ser apoyada por la conquista imperialista del resto del mundo. Esto cambió el imperialismo capitalista de dirigido hacia afuera a dirigido hacia adentro.

7. Primera Guerra Mundial

Cuanto más grandes son los cañones, más carne de cañón se consume. El crecimiento de la productividad del capitalismo fue de la mano con el crecimiento de su capacidad destructiva. Las guerras entre Francia (primero la república revolucionaria, luego Napoleón) y otras naciones europeas entre 1792 y 1815 se cobraron más de 3 millones de vidas. En la guerra “civil” estadounidense en la década de 1860, perecieron más de 600 000 soldados. En la guerra franco-prusiana de 1870-1871 murieron casi 200.000 y en la guerra ruso-japonesa de 1904-1905 más de 170.000. Sin embargo, por horribles que fueran, estas guerras, así como las guerras imperialistas en Asia, América y África, generalmente sirvieron al propósito de construir naciones modernas y fomentar la expansión del capitalismo. La Primera Guerra Mundial no lo hizo.

En la Primera Guerra Mundial, el capital no se expandió violentamente, se devoró a sí mismo. Por primera vez, todos los países capitalistas desarrollados se involucraron en una destrucción caníbal común del capital a escala masiva y global. Costó la vida de 10 millones de soldados y 13 millones de civiles, incluidas las víctimas de masacres como el genocidio armenio, la hambruna y epidemias como la gripe de 1918 que la guerra trajo consigo (todas estas y otras cifras de víctimas mencionadas en otros lugares son aproximadas, por supuesto, nadie lo sabe con certeza).

La Primera Guerra Mundial abrió la era más asesina registrada en la historia hasta ahora. Muchos más humanos murieron en las guerras del siglo XX (aproximadamente 231 millones) que en toda la historia anterior (aproximadamente 170 millones). Las masacres y la crueldad que alguna vez fueron la excepción, al menos en las guerras entre Estados europeos, ahora se convirtieron en la regla. “Clausewitz, escribiendo después de las guerras napoleónicas, dio por sentado que las fuerzas armadas de los Estados civilizados no mataban a sus prisioneros de guerra ni devastaban países”, pero en la Primera Guerra Mundial tales prácticas, previamente reservadas para someter a las razas “inferiores” en las regiones no capitalistas, se volvieron “normales”. Como escribe Hobsbawn, “los sacrificios ilimitados que los gobiernos impusieron a sus propios hombres cuando los llevaron al holocausto de Verdún e Ypres sentaron un precedente siniestro, aunque solo fuera por imponer masacres aún más ilimitadas al enemigo”.Vii

Ypres, 1917

Al igual que en las guerras contra los pueblos originarios, la distinción entre combatientes y no combatientes se hizo añicos. En las guerras anteriores del siglo XIX (la guerra de Crimea, la guerra “civil” estadounidense, la guerra franco-prusiana, la guerra ruso-japonesa) solo del 5 al 10% de las muertes fueron civiles. En la Primera Guerra Mundial, el 56% de las muertes fueron civiles. Y a partir de ahí no haría más que empeorar: en la Segunda Guerra Mundial la cifra aumentó al 63 % y en las guerras posteriores aumentó aún más.

La competencia comercial se había convertido en competencia militar, guerra interimperialista por los mercados y recursos de Europa. Todas las guerras interimperialistas tienen como objetivo aplastar al enemigo destruyendo todos sus recursos: armas, soldados, fábricas de armas, sus trabajadores, toda la población civil. Siempre, el objetivo es maximizar la parte de la redistribución del poder y el capital que trae la guerra. Siempre, la población, ante todo la clase trabajadora, es la víctima.

Toda la economía de la sociedad se movilizó para la guerra. La matanza humana se llevó a cabo con la última ciencia y tecnología. Las potencias beligerantes establecieron agencias especiales para monitorear la investigación científica en todos los campos y estimular la investigación para sus necesidades de guerra. Las armas se volvieron cada vez más complejas. Su producción requería medios científicos e industriales cada vez mayores.

De las tres economías más grandes del mundo, Alemania tenía el incentivo más fuerte. Gran Bretaña tenía su imperio, Estados Unidos tenía su gran mercado interno unificado que permitía a sus capitalistas escalar más rápido y de manera más eficiente que los europeos. El capital alemán se sintió encajonado, privado de los mercados que necesitaba, acusó a sus competidores de “einkreisung” (cerco) y exigió “¡Lebensraum!” (espacio vital). Eso se convirtió en el grito de batalla de la propaganda frenética, reflejada por un adoctrinamiento nacionalista similar en los otros países, todo ello acompañado de una demonización del enemigo, lo que facilitaría la barbarización del conflicto. La Primera Guerra Mundial fue la primera gran guerra librada en condiciones de política democrática. El nacionalismo y la democracia permitieron al capital movilizar a la población de manera efectiva. Obviamente, la clase capitalista no podría hacer la guerra a esta escala sin el consentimiento de los trabajadores que produjeron las armas y lucharon y murieron en los campos de batalla. Las llamadas organizaciones de la clase trabajadora hicieron posible la guerra. Al reunir a la clase trabajadora detrás de las banderas de batalla, la mayoría de los partidos y sindicatos de la Segunda Internacional demostraron que eran realmente órganos de sus respectivos Estados capitalistas.

‘Lebensraum’ era el objetivo geopolítico del ataque alemán. En 1914, el gobierno adoptó un programa de expansión territorial y limpieza étnica (el Septemberprogramm”) como el “Kriegsziel” (objetivo de guerra) oficial. Su objetivo principal era eliminar a las poblaciones eslavas y judías de las tierras fronterizas y repoblar esas áreas con colonos alemanes. Pero Alemania perdió la guerra y el plan de septiembre no se realizó. El plan era abiertamente racista, pero eso estaba lejos de ser inusual. En los Estados Unidos, por ejemplo, el terror de Jim Crow gobernaba el Sur en ese momento, el presidente (Wilson) era miembro del Ku Klux Klan y el presidente anterior (Ted Roosevelt) admirador de la pseudociencia racista eugenésica. El racismo crudo encajaba con el momento.

Entonces, si bien puede que no sea evidente a primera vista, hubo una clara conexión entre la Primera Guerra Mundial y la crisis económica del capitalismo en sus tres manifestaciones: una tasa de ganancia decreciente, saturación del mercado y sobreacumulación financiera. Estos convencieron a la clase dominante de la necesidad de la guerra. Pero aparte de la necesidad, también debemos considerar la posibilidad creada por la dominación real: la posibilidad de aplicar la tecnología de producción en masa a la producción militar, la posibilidad de hacer uso de una vasta oferta de reclutas, ya subjetivados en su papel por la disciplina colectiva del trabajo en las fábricas, y utilizar la densa red ferroviaria para movimientos rápidos de tropas. Todo esto permitió a los generales del capitalismo soñar con hacer una guerra como nunca antes se había hecho. Y, por supuesto, estaban los recuerdos de guerras anteriores, que se remontaban bastante tiempo atrás, y el ansia de venganza aún fresca que dejaron atrás; y también la arrogancia, la pura estupidez…

8. La entreguerra

Pero, ¿qué tan efectiva fue la Primera Guerra Mundial para restaurar las condiciones para la acumulación de valor? ¿Redujo lo suficiente la carga del capital no valorizado? La recuperación fue limitada y de corta duración. La reconstrucción no supuso una gran demanda como después de la Segunda Guerra Mundial. “En comparación con la guerra de 1939-1945, la Primera Guerra Mundial causó pocos daños materiales y ni una sola gran ciudad europea fue destruida o incluso seriamente dañada”.viii El capital variable superfluo (trabajadores) fue destruido masivamente (un tercio de los hombres nacidos entre 1892 y 1895 en Gran Bretaña, Francia y Alemania murieron en la guerra, y fue peor en Rusia), pero esto no resultó en una mano de obra más barata y mansa para el capital. La ira proletaria generalizada, las revueltas y las revoluciones desafiaron el dominio capitalista como nunca antes. Sin embargo, en lo que respecta a la disminución de los derechos del capital financiero existente sobre la nueva plusvalía, el efecto de la guerra fue significativo. La Primera Guerra Mundial y su preparación requirieron un fuerte aumento del capitalismo de Estado. Esto implicó, entre otras cosas, aumentar los impuestos a niveles sin precedentes para financiar los gastos de guerra. De esta manera, una gran parte de la riqueza improductiva de los propietarios del capital (que en el período anterior, conocido como “the Gilded Age” (la Época Dorada) o “La Belle Epoque” había aumentado mucho en comparación con el PIB) se canalizó hacia armamentos y, en consecuencia, se destruyó. El siguiente gráfico ilustra esto claramente. Muestra el valor de mercado del capital privado de Francia (círculos), Gran Bretaña (cuadrados) y Alemania (triángulos) en este período, en comparación con el ingreso nacional. Obviamente, este último no ha aumentado, por lo que la fuerte disminución de la relación se debe enteramente a la eliminación del capital (improductivo).ix Sin embargo, las formas parasitarias de capital también aumentaron a expensas del capital productivo y creador de valor, en forma de deudas de guerra y especialmente de los aplastantes costos de reparación impuestos a Alemania y Austria, que impidieron el crecimiento y causaron hiperinflación (el marco cayó de 4,2 por dólar en 1914 a 4,2 billones por dólar en 1923).

Otro obstáculo para el crecimiento fue político: los aranceles proteccionistas se mantuvieron e incluso aumentaron, frustrando la ampliación del mercado que las industrias necesitaban para ser rentables. Así que el crecimiento fue lento: el PIB mundial aumentó de 2,3 billones de dólares en 1913 a 2,7 billones de dólares en 1928 (en 2025 USD). El principal ganador de la guerra, Estados Unidos, lo hizo mejor. El crecimiento se aceleró en “ the Roaring Twenties” (los locos años veinte). La acumulación de innovación tecnológica se desató y se abrió paso en la economía. La productividad aumentó en los EE. UU. en un 43% de 1919 a 1929. La producción en masa de la línea de montaje fordista se extendió de la industria automotriz a otros sectores y de los Estados Unidos a Europa y Japón. Pero no duró mucho. El aumento de la composición orgánica del capital (la relación tecnología/trabajo vivo) hizo que la tasa general de ganancia disminuyera. Reapareció el exceso de capacidad. El crecimiento en Europa se estancó. Se aceleró una fuga de capitales, alejada de la inversión productiva hacia los activos financieros del país más fuerte. El mercado de valores en los EE. UU. duplicó su valor en 1928-29. Con la economía real tirando de una manera y el mercado financiero de otra, la burbuja estalló. Con el krach de 1929 comenzó la “Gran Depresión”, que duró hasta que estalló la guerra.

Esta vez el vínculo causal entre la crisis global y la guerra mundial fue más evidente. La guerra mundial sacó a la economía mundial capitalista de la crisis al continuar la desvalorización del capital que la Gran Depresión puso en marcha. Algunos afirman que no fue la guerra sino la política del New Deal del presidente estadounidense FDR (Roosevelt) lo que puso fin a la crisis. Que esta visión sea defendida por reformistas que quieren curar el capitalismo con medidas de capitalismo de Estado no debería sorprendernos, pero también se puede escuchar en el medio comunista de izquierda.x Sin embargo, la evidencia histórica no lo confirma. No es que la política no haya tenido ningún impacto en el crecimiento y el empleo, pero ese impacto fue bastante modesto. En esencia, sirvió para la preparación de la guerra. El New Deal de FDR comenzó en 1933. La producción industrial de Estados Unidos, que cayó en la década de 1930 en casi un 47%, volvió a sus cifras anteriores a la depresión solo en 1942. El desempleo, del 24,9 % en 1933, seguía siendo tan alto como el 17,2 % en 1939 y solo fue eliminado por la entrada de Estados Unidos en la propia guerra mundial. El mayor impacto del New Deal, y su plétora de programas, fue mitigar el radicalismo en expansión de la clase trabajadora, para quienes la mera existencia se había vuelto cada vez más desesperada. Quizás su parte más importante fue la Ley Wagner, que abrió el camino legal al sindicalismo industrial de masas, proporcionando así un medio para controlar la resistencia de la clase trabajadora y canalizar sus brotes en una red de instituciones donde podría contenerse. La cacareada “recuperación” económica por la que la izquierda capitalista celebra el New Deal se debió a la producción bélica y a la guerra interimperialista en sí, una guerra que Estados Unidos estaba dispuesto a librar no solo por su capacidad para producir el armamento necesario, sino porque el New Deal había creado las instituciones a través de las cuales se había neutralizado el peligro de la lucha de clases. Así que el verdadero fruto del New Deal fue la guerra.

Lo mismo debe decirse de las políticas del Frente Popular en Francia, una coalición de socialdemócratas y estalinistas que ganó las elecciones en 1936, tras una oleada de huelgas masivas. El objetivo del Frente Popular, más allá de poner fin a la ola de huelgas, lo que hizo rápidamente, era un asalto al poder de las “200 familias” que controlaban el Banco de Francia, y así obtener el control de la oferta monetaria y la nacionalización de la industria armamentística, todo en función de la preparación para la guerra.

Muchos de los programas económicos y sociales tanto del New Deal como del Frente Popular tienen un parecido sorprendente con los programas iniciados por Hitler y su régimen nazi, enfrentando la misma crisis global: gasto deficitario, control estatal o incluso nacionalización de la banca y la industria, proteccionismo, creación de sindicatos para administrar a la clase trabajadora e inversiones masivas en la producción de guerra, que disminuía el desempleo y la amenaza que representaba, y que era un imperativo para el capital cuando su “solución” a la crisis, la guerra mundial imperialista, se hizo evidente.

Cuando llegó al poder en 1933, Hitler declaró: “el Estado debe mantener la supervisión y cada propietario debe considerarse nombrado por el Estado”. La expansión del capitalismo de Estado fue aún más lejos que en otros países occidentales, pero fue de la mano de una estrecha colaboración con las empresas más grandes del país y una concentración forzada de capital. Uno de los primeros pasos del Partido Nazi fue eliminar las pequeñas corporaciones y prohibir el establecimiento de otras nuevas. Los grandes programas de obras públicas, como la construcción de las Autobahnen, estimularon la economía y redujeron el desempleo de manera más efectiva que el New Deal, pero también crearon un gigantesco problema de déficit para el cual la guerra imperialista era la solución prevista.

En la URSS de Stalin, la preparación para la guerra comenzó temprano. El gasto militar se multiplicó por diez entre 1927 y 1932. En 1939, la URSS era uno de los principales productores mundiales de material militar, rivalizando con la Alemania nazi. El esfuerzo bélico masivo fue acompañado por una propaganda masiva que promovía el militarismo, el patriotismo y el culto a la personalidad de Stalin. La disidencia fue aplastada a través del terror, las purgas, los juicios y los campos de trabajo.

Japón, cuya economía también sufrió mucho al inicio de la Gran Depresión, se apoderó de Manchuria en 1931 para asegurar materias primas como el carbón y el hierro y aumentó la producción nacional de bienes estratégicos para lograr la autosuficiencia. En 1937, Japón había cambiado a una economía dirigida completamente orientada a la guerra, con planificación centralizada, empresas civiles convertidas en productores de armas y control estatal sobre precios, salarios y crédito. La sociedad japonesa en la década de 1930 estaba inundada de ideología militarista y un culto a la obediencia, el sacrificio y la superioridad de los japoneses sobre otras “razas”.

Así, en diferentes países podemos ver rasgos comunes en la década anterior a la Segunda Guerra Mundial, tales como:

– profunda crisis económica, expansión del capitalismo de Estado;

– aumento de la rivalidad interimperialista, aumento del gasto militar;

– número creciente de invasiones militares (1931: Japón > Manchuria, 1935: Italia > Abisinia, 1938: Alemania > Checoslovaquia) como preludios de la guerra total;

– aumento de los aranceles, esfuerzo por la autosuficiencia en la producción industrial;

– propaganda nacionalista populista y deshumanización de personas de otras naciones o razas;

– gobierno autoritario e idolatría de los grandes líderes (Stalin, Hitler, Mussolini, Roosevelt, el emperador “divino” Hirohito)

Las similitudes con el período anterior a la Primera Guerra Mundial y con nuestro tiempo actual no son coincidencia.

9. Segunda Guerra Mundial

Una vez más, la necesidad (falta de ganancias, falta de mercados) convirtió las batallas comerciales en batallas militares. Una vez más, la posibilidad (el prodigioso crecimiento de la productividad bajo la dominación real del capital) convirtió estas batallas en una autodestrucción apocalíptica sin precedentes.

La conquista imperialista fue una vez más el objetivo de la guerra. La victoria, una vez más, no se decidía por quién tenía los mejores generales o los soldados más valientes, sino por quién podía invertir más capital constante en la producción de equipo militar y quién podía invertir más capital variable (soldados) para producir armas y luchar y morir por sus gobernantes capitalistas.

Estados Unidos fue el principal ganador de la Segunda Guerra Mundial porque tenía la mayor capacidad industrial, ubicada lejos de los campos de batalla. Y aunque esta capacidad había sido paralizada por la depresión, la guerra la destrabó. El crecimiento se reanudó porque una regla básica del capitalismo se suspendió temporalmente: las necesidades, no las ganancias, decidían lo que se producía y lo que no. Solo que no eran las necesidades humanas sino las necesidades de la máquina de guerra capitalista. En 1940, la inversión del sector privado todavía estaba por debajo del nivel de 1929. Así que el Estado se hizo cargo de la inversión de capital (D-M), desviando recursos (valor) a la producción de armas y otras necesidades de la economía de guerra, controlando de cerca el funcionamiento de la industria privada. El gasto masivo de guerra duplicó con creces la producción económica, poniendo fin a la Gran Depresión.

El otro gran ganador de la Segunda Guerra Mundial fue el imperio ruso, entonces llamado Unión Soviética, aunque para entonces los soviets (consejos obreros) habían muerto hacía mucho tiempo. Ganó gracias a su vasta superficie, la extensión excesiva del ejército alemán y la gran cantidad de carne de cañón a su disposición. Pero la clase trabajadora pagó un precio terrible por la victoria de sus gobernantes: el país sufrió, se estima, de 22 a 27 millones de muertes, de las cuales entre 16 y 17,4 millones eran civiles.

Así que “ganar” es un concepto relativo en la guerra. La clase trabajdora de todos los países perdió. Pero en términos de ganancias imperialistas, tanto Estados Unidos como la URSS ganaron a lo grande en la Segunda Guerra Mundial.

10. La necesidad de destrucción

Lo que mostró la historia de la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial fue que, una vez que el capitalismo está en la profundidad de una larga depresión, debe haber una profunda destrucción de mucho de lo que el capitalismo había acumulado en décadas anteriores antes de que sea posible una nueva era de expansión. No hay política que pueda evitar eso. Esto no significa que esta destrucción sea el propósito de las partes en conflicto, pero en la Segunda Guerra Mundial en muchos casos lo fue. Hubo una gran destrucción que no sirvió para ningún propósito militar, como el bombardeo extensivo de grandes ciudades que no tenían importancia estratégica o la demolición de la industria no militar. Claramente, en lo que respecta a la disminución del stock global de capital constante y la creación de un mercado para la reconstrucción, la Segunda Guerra Mundial fue mucho más efectiva que la Primera Guerra Mundial.

Fue aún más eficaz para matar a la población “superflua”. Las estimaciones del número de personas que murieron en esta guerra oscilan entre 66 y 85 millones. Eso incluye de 21 a 25 millones de muertes de militares y de 45 a 60 millones de muertes de civiles. Los incidentes de asesinatos en masa durante esta guerra son demasiado numerosos para contarlos. En algunos casos el asesinato no parece haber sido el propósito, simplemente sucedió debido a la indiferencia del capital por la vida humana, porque las personas son solo números, prescindibles cuando no pueden ser explotadas de manera rentable. Un ejemplo de ello es la hambruna de Bengala de 1943 en la India, en la que más de 3 millones de personas murieron de hambre debido a las políticas del gobierno de Winston Churchill destinadas a empobrecer a la población y apoderarse de su arroz. xi Otro ejemplo es la hambruna de Henan de 1942-1943 en China, en la que murieron al menos 2 millones. La causa principal fue la requisa de granos por parte del ejército japonés, dejando a los civiles con poco para comer.

La fábrica de la muerte de Auschwitz

Pero en otros casos, matar a tantos civiles como fuera posible era el objetivo deliberado. El que se destaca entre muchos otros horrores es el holocausto judío. Se destaca no sólo por el número de personas que fueron asesinadas -seis millones de judíos más muchas de otras minorías atacadas, como los romaníes-, sino también por los métodos industriales empleados. El sistema de exterminio funcionaba como una fábrica, cuyo producto era la muerte. Los judíos eran su materia prima. Toda la empresa -construir la infraestructura, acorralar a los judíos en varios países, transportarlos, etc.- fue costosa y restó considerables recursos al esfuerzo bélico. Parece completamente irracional. Y lo era, por supuesto, pero había una lógica en ello. La lógica del capital. Las tendencias inmanentes del modo de producción capitalista, que lo impulsan hacia una crisis económica catastrófica, también lo empujan hacia el genocidio.

Había dos caminos “lógicos” complementarios que conducían al Holocausto.

El crecimiento frenético de las fuerzas productivas bajo la dominación real del capital significa siempre más producción con relativamente menos trabajadores y, por lo tanto, cuando no es posible más expansión, la expulsión de cada vez más trabajadores del proceso de producción. Como la Gran Depresión dejó dolorosamente claro, esto crea con el tiempo una población que, desde el punto de vista del capital, es superflua. No se le puede exprimir ninguna plusvalía, al contrario, se ha convertido en una carga para el capital, un peso muerto que debe soportar, a expensas de su rentabilidad. La existencia de tal población excedente puede crear las condiciones para el asesinato en masa, insertando el exterminio de grupos enteros de personas en la “lógica” misma del capital.

“Lebensraum” fue una vez más el grito de guerra del capital alemán. El concepto mismo de necesitar “más espacio para vivir” implica que alguien más debe hacer espacio para ti. Este otro debe ser subjetivado en términos racistas como población excedente. El “Plan General Ost” nazi (“Plan Maestro para el Este”) estipulaba que la mayor parte de la población de Europa Central y Oriental tendría que ser expulsada permanentemente, mediante el hambre, el “reasentamiento” más allá de los Urales o las ejecuciones masivas. La idea no era nueva, pero el Generalplan no fue cocinado por algún nazi loco, fue diseñado por tecnócratas y académicos en los think tanks y oficinas burocráticas del Estado alemán. Su marco era el objetivo del capital alemán de desafiar la dominación angloamericana del mercado mundial mediante la creación de un vasto espacio económico (Grossraumwirtschaft) en Europa continental bajo la hegemonía de una gran Alemania.

Las nuevas fronteras previstas para el Reich

Según el plan, esta Europa dominada por los alemanes necesitaba ser autosuficiente en la producción de alimentos para resistir un bloqueo naval como el de la Primera Guerra Mundial y que requería una modernización agrícola que implicaba un “ajuste” de la relación entre grupos de población “productivos” e “improductivos”. Los planificadores querían eliminar el atraso económico de las tierras del este de Alemania, que veían superpobladas por “untermenschen” (“subhumanos”) eslavos con pequeñas propiedades y una productividad muy baja. Por el bien del progreso económico, esos tenían que irse, como los pueblos originarios estadounidenses ‘racialmente inferiores’ han sido eliminados por el bien del progreso de los Estados Unidos. El exterminio de los judíos fue el primer paso de este proyecto demográfico que proponía no una sola “solución final” sino genocidios en serie, planeados en detalle para llevarse a cabo durante varias décadas. Xii

Pero además de este plan “racional” para la expansión capitalista, había otra “lógica” capitalista que conducía a Auschwitz.

Cuanto más penetra la dominación real del capital en toda la sociedad, más destruye cualquier resto de la vida comunitaria precapitalista y basada en la clase trabajadora. Aquellos que han sido desarraigados, geográfica, económica, política y culturalmente, se quedan con un poderoso anhelo por sus comunidades perdidas. Cuanto más frustrante, insatisfactorio e inseguro se ha vuelto el mundo moldeado por el capital, más fuerte se ha vuelto este sentimiento, que bajo ciertas condiciones, como las de Alemania en el período de entreguerras, puede ser capturado por el Estado.

“La visión nazi de una comunidad racialmente pura, una Volksgemeinschaft, estaba directamente relacionada con los efectos de la destrucción por parte del capitalismo de todos los lazos comunales genuinos, y con el vacío que dejó a su paso”.Xiii

Lo que el partido de Hitler logró hacer, no menos debido a la aplastante derrota de la revolución de la clase trabajadora en Alemania a principios de la década de 1920, fue crear una comunidad falsa, una “masa” que reuniera a los individuos, no sobre la base de intereses de clase comunes, sino sobre la base de hablar el mismo idioma, tener la misma etnia, antecedentes histórico-culturales. Su unidad no tenía una base racional, se basaba en las emociones y la identificación con el gran líder.

“La formación de la masa proporciona una gratificación sustitutiva para el anhelo genuino de comunidad que siente la multitud de la población, y una base sobre la cual la clase dominante puede establecer su hegemonía. […] Sin embargo, la base sobre la cual se constituye tal masa, la identidad sobre la cual se establece la comunidad pura, implica necesariamente la exclusión de aquellos que no comparten las bases histórico-culturales comunes de la masa. Aquellos excluidos, el Otro, minorías raciales, étnicas o religiosas, aunque habitan el mismo espacio territorial, se convierten en elementos extraños dentro del mundo supuestamente ‘homogéneo’ de la comunidad pura”.

El Otro, en este caso los judíos dentro de la Volksgemeinschaft alemana, se convierte entonces en el chivo expiatorio de todo el dolor y las frustraciones reales de la masa. Cuanto más asolada por la crisis se vuelve una sociedad, más urgentemente necesita la clase dominante canalizar la ira que causa hacia el chivo expiatorio. Cuanto mayor sea la rabia de las masas contra el chivo expiatorio, más podrá la clase dominante utilizar esta rabia para movilizar a las masas detrás de sus proyectos, especialmente la guerra.

“Esa rabia contra lo diferente puede convertirse en la base de un proyecto genocida dirigido al Otro, cuya existencia misma se ve y se siente como un peligro mortal para la comunidad pura. Un resultado de esa rabia contra lo diferente se puede ver en el derramamiento de sangre orgiástico que caracterizó gran parte de la matanza durante el Holocausto”.

Así que esos dos enfoques para “resolver” el problema capitalista de la población excedente, uno imperialista y otro destinado a controlar y movilizar a su propia población, se fusionaron en la ideología y las políticas del Estado nazi:

“La organización ‘fría’ y racional de las fábricas de la muerte y las redes de transporte que las sirvieron, administradas por asesinos de escritorio como Adolf Eichmann, debe vincularse a la rabia ‘caliente’ y la lujuria y agresión incontroladas presenciadas por Landau, para tener una imagen completa del desarrollo del genocidio nazi. La fuente de estas dos facetas del Holocausto (…) se encuentra en la trayectoria del capitalismo tardío”.

11. Los capitalistas aprendieron algo

En lo que respecta a la destrucción del exceso de capital financiero que reclamaba nueva plusvalía de las fuerzas productivas, la Segunda Guerra Mundial fue un éxito. Las tesorerías de casi todos los países de Europa continental fueron completamente aniquiladas. Todos los activos denominados en marcos alemanes habían perdido el 90% de su valor. Incluso en los Estados Unidos, donde la guerra no destruyó nada y la enorme demanda generada por la guerra había triplicado la producción industrial, el hecho de que el capital fijo no agrícola en 1947 se valorara apenas superando al de 1929 (54,9 a 53,6 mil millones en dólares constantes de 1947) atestigua la desvalorización que se había producido. Incluso más que en la Primera Guerra Mundial, con altos impuestos, el Estado tomó capital de los ricos y lo usó (no intencionalmente sino de facto) para la destrucción de valor.

Después de la Primera Guerra Mundial, la recuperación industrial se había visto obstaculizada por las pesadas obligaciones de reparación impuestas a los perdedores de la guerra. Ese error no se repitió después de la Segunda Guerra Mundial. Una breve recesión debido a la caída de la demanda después de que terminó la guerra le recordó a Washington la necesidad de la industria estadounidense, que ahora produce casi la mitad de los bienes industriales del mundo, de un mercado global. Con su Plan Marshall (1948-1952), Estados Unidos invirtió 13.000 millones de dólares (más de 140.000 millones de dólares actuales) para reconstruir Europa Occidental. Alemania recibió el 11% de ella. Miles de millones más fueron a Japón y otros países asiáticos. Gran Bretaña todavía tenía que pagar su deuda de guerra a los EE. UU. y Canadá (34,5 mil millones en dólares de hoy), pero fue el mayor receptor de dinero del Plan Marshall (40 mil millones en dólares de hoy). A Japón y Alemania se les prohibió rearmarse sustancialmente, lo que les ayudó a hacer crecer su economía más rápido que otros. Otro crecimiento rápido fue Corea del Sur, que recibió una inversión estadounidense masiva después de la guerra de Corea, en parte motivada por el objetivo de la Guerra Fría de convertirla en un escaparate que contrastara favorablemente con la Corea del Norte “comunista”.

Aún más importantes que el plan Marshall fueron los Acuerdos de Bretton Woods, concluidos por Estados Unidos y 43 países aliados incluso antes de que terminara la guerra. Creó un vasto mercado global con el dólar estadounidense (al que todas las demás monedas estaban “vinculadas” a un tipo de cambio fijo) como moneda común de cambio y tesorería. Esto impidió un regreso a las guerras comerciales y de divisas del pasado y permitió un rápido ritmo de reconstrucción, la integración de la innovación tecnológica respaldada en la economía civil y una gran expansión de la escala de producción dentro del bloque dominado por Estados Unidos.

Los administradores del capital demostraron que habían aprendido algo. Se alejaron del proteccionismo, absorbieron las ideas de Keynes y se volvieron inteligentes en el uso de políticas fiscales y monetarias que antes estaban reservadas para tiempos de guerra o que no se usaban en absoluto. Obviamente, el Estado no desempeñó el mismo papel que durante la guerra, pero tampoco se retiró de la economía. Los gobiernos mantuvieron un papel más amplio en la planificación económica. El comercio internacional creció rápidamente. La economía mundial disfrutó de tres décadas de crecimiento superior a la media.

12. La caliente Guerra Fría

Y, sin embargo, los capitalistas no aprendieron nada. Los horrores de la Segunda Guerra Mundial no los detuvieron ni un minuto. El aumento de la escala de la economía después de la guerra agudizó la contradicción entre la relación competitiva entre las naciones y su necesidad de mercados y recursos globales.

Los vencedores de la guerra interimperialista se repartieron el botín europeo en Yalta en 1945, pero más allá de Europa las fronteras entre sus esferas de influencia permanecieron fluidas. Así que no pasó mucho tiempo después del final de la guerra para que estallaran nuevas guerras entre las dos principales potencias imperialistas. Sin embargo, Estados Unidos y la URSS no lucharon entre sí directamente, sino solo a través de representantes. La descolonización aumentó las oportunidades. Su intensa rivalidad se llamó “la Guerra Fría”, pero no fue fría en absoluto. Las estimaciones del número de personas que murieron en guerras y a causa de las consecuencias de las guerras (hambrunas, desplazamientos, genocidio…) en el período de la Guerra Fría (1946-1991) oscilan entre 25 y 45 millones. Una vez más, la gran mayoría de esas víctimas eran civiles. La Organización de las Naciones Unidas, fundada al final de la Segunda Guerra Mundial para “mantener la paz y la seguridad internacionales”, fracasó e incluso participó en varios conflictos, comenzando con la sangrienta guerra de Corea en 1950. Aún así, el Consejo de Seguridad de la ONU, en el que los principales imperialistas tienen derecho de veto, fue un instrumento para evitar una escalada no deseada. Todos los miembros del Consejo de Seguridad mantuvieron un gran ejército y una enorme industria militar, especialmente la URSS y los Estados Unidos, que también eran los principales exportadores de armas. En su discurso de despedida en 1961, el presidente estadounidense Eisenhower advirtió sobre la peligrosa influencia del “complejo militar-industrial” cuyas ganancias aumentan, cuantos más conflictos hay. La influencia del complejo militar-industrial no ha hecho más que crecer desde entonces.

El enfoque continuo en el desarrollo militar es evidente por el hecho de que muchas innovaciones en la producción no militar que impactaron la vida cotidiana de las personas, como computadoras, aviones de pasajeros, láseres, hornos de microondas e Internet, tuvieron su origen en la investigación militar dirigida por el gobierno.

Hubo varias razones por las que la Guerra Fría nunca se convirtió en una guerra caliente entre las dos superpotencias, pero la principal probablemente fue que ambas desarrollaron la capacidad militar de destruirse mutuamente varias veces sin tener la capacidad de defenderse contra tales armas del fin del mundo. “MAD (LOCO)” (abreviatura de: “Destrucción Mutua Asegurada”) es como el Comando Estratégico Estadounidense bautizó el estancamiento. Loco de verdad. Comenzó con el acto terrorista más horrible de la historia de la humanidad: la bomba nuclear lanzada sobre Hiroshima en 1945 -nunca antes se había matado deliberadamente a tantas personas inocentes en un instante- que estaba menos dirigida a terminar la guerra que a impresionar a Rusia. Fue el comienzo de la carrera armamentista nuclear que no se detuvo cuando se alcanzó el punto muerto de MAD. Si bien el poder destructivo de los misiles interbalísticos intercontinentales (ICBM) elevó el umbral de la guerra nuclear de manera improbable, en la década de 1980 Estados Unidos desplegó misiles nucleares de alcance intermedio en Europa, y ambos bandos también desarrollaron armas nucleares tácticas (de corto alcance). Esto redujo considerablemente el umbral nuclear y provocó protestas masivas pero ineficaces en Europa. Además de eso, Estados Unidos aumentó drásticamente su gasto militar en la década de 1980 y anunció su intención de desarrollar armas basadas en el espacio que pudieran derribar misiles balísticos intercontinentales entrantes, lo que, en teoría, rompería el estancamiento de MAD. El hecho de que a Rusia le resultara cada vez más difícil seguir el ritmo de la carrera armamentista fue una de las principales razones por las que en 1991 tiró la toalla y disolvió la Unión “Soviética”.

13. El regreso de la crisis

El crecimiento constante de la posguerra comenzó a chisporrotear a mediados de la década de 1960 y terminó en una crisis a toda regla en la década de 1970. Los “años dorados” habían terminado. Los tres cuellos de botella potenciales en el circuito de valor (M-M’, M’ – D y D – M) reaparecieron.

M – M’: como resultado de la composición orgánica del capital en constante aumento (la relación capital constante / trabajo vivo), la tasa de ganancia disminuyó drásticamente. Esta tendencia se vio agravada por la ola internacional de intensa resistencia de la clase trabajadora contra los intentos de aumentar la tasa de explotación en las décadas de 1960 y 1970. También empeoró por el peso de los gastos de la Guerra Fría, incluida la guerra en Vietnam, y los aumentos de los precios del petróleo (OPEP).

Gráfico de la tasa de ganancia de los países del G20 (en conjunto el 85% del PBI mundial). Fuente: Penn World Tables/ Michael Roberts

M’ – D: la masa de beneficios no compensó la caída de la tasa porque la demanda mundial no siguió el ritmo de la capacidad productiva una vez que Europa y Japón recuperaron su ventaja competitiva. Siguiendo la receta de Keynes, los Estados capitalistas aumentaron el gasto para subsidiar la industria y la demanda de los consumidores. Pero esto estaba abordando los síntomas, no la causa de la crisis. El aumento del dinero en circulación sin un aumento correspondiente del valor en circulación resultó en una pérdida creciente del poder adquisitivo del dinero, un aumento peligroso de la inflación. Mientras tanto, la economía continuó estancada. Este resultado inesperado requirió la acuñación de una nueva palabra: “estanflación”. La hiperinflación hizo que el dinero fuera cada vez más incapaz de representar valor. La amenaza de un colapso se avecinaba.

D – M: La caída de la tasa de ganancia y la inflación galopante desalentaron la inversión en producción. El dinero buscó refugio en el tesoro. Los inversores cambiaron hacia activos duros como el oro y los bienes raíces para preservar el valor. El precio del oro subió un 2200% en la década de 1970.

A principios de la década de 1980, la inflación fue controlada con altas tasas de interés. La profunda recesión resultante exprimió el exceso de dinero fuera de circulación. El capitalismo comenzó a reestructurar la producción industrial para hacerla menos vulnerable a las luchas de trabajadores. Se impuso una dura austeridad a la clase trabajadora. El gasto deficitario no se terminó, sino que aumentó, en Estados Unidos en particular. Sin embargo, a través de recortes de impuestos, recortes de gasto social, desregulación de los mercados financieros y aumento del gasto militar, el Estado aseguró que el capital fuera el beneficiario directo. Esto alivió la presión a la baja sobre la tasa de ganancia y, debido a que el aumento del gasto no estimuló la demanda general, no avivó la inflación. Desde entonces, el gasto deficitario de EE. UU. y, por lo tanto, la deuda federal de EE. UU., ha seguido aumentando a un ritmo cada vez más rápido:

Estados Unidos pudo hacer esto debido al legado de la guerra y sus consecuencias: su dólar siguió siendo la moneda del mundo, utilizada en el comercio internacional y atesorada por los bancos centrales y los propietarios de capital en todas partes, a pesar de que la regla de Bretton Woods que lo ancló -su convertibilidad en oro- se había eliminado en 1971 para permitir una expansión más rápida de la oferta monetaria. Y Estados Unidos pudo mantener esta ventaja debido a su poder económico y militar. Este último es esencial y se refuerza periódicamente con una demostración de superioridad, la más reciente en Oriente Medio. Debido a su posición única en el sistema financiero mundial, Estados Unidos podría ser para muchos países “el mercado de último recurso” del que se volvieron dependientes en un mundo saturado. Año tras año, Estados Unidos podría aumentar su deuda y tener un enorme déficit comercial sin sufrir daños en la posición de su moneda. De 1975 a 2024, Estados Unidos acumuló más de 20 billones de dólares en déficits comerciales. Mientras tanto, otros países aumentaron su interés personal en el dólar: cuanto más consistía su propio tesoro en activos en dólares, más les interesaba no hacer nada que disminuyera el valor de mercado del dólar.

La competencia obligó a los diferentes Estados a aumentar sus gastos para apuntalar el valor de su propio capital y disuadirlo de abandonar el país. En la década de 1980, los activos financieros de la OCDE (los países más desarrollados) crecieron dos veces más rápido que sus economías. En 1992 su “valor” era el doble que su PNB, en 2000 tres veces, y así sucesivamente.

El resultado inevitable fue el aumento de la desigualdad de ingresos, no como causa directa sino como resultado de la crisis del capitalismo.

En la década de 1990, la llamada “tercera revolución industrial”, basada en la tecnología de la información (TI) se aceleró. Al igual que en anteriores “revoluciones industriales”, esto abrió la puerta a que las empresas de alta tecnología obtuvieran fabulosas ganancias basadas en posiciones monopólicas en el mercado. Aumentó aún más la dominación real del capital, proporcionando formas de intensificar la explotación e integrando sectores como los servicios en el circuito del capital. Pero la automatización que lo hizo posible desalojó a millones del proceso de producción y, a pesar del éxito de unos pocos, con el tiempo redujo la tasa promedio de ganancia debido a la disminución relativa del trabajo vivo en la producción, la única fuente de plusvalía.

Las tecnologías de la información y el abaratamiento de las comunicaciones y el transporte que también suponían, dieron un enorme impulso a la “globalización”, la inversión masiva de capital desde Occidente hasta el sudeste asiático y Europa oriental, para combinar el capital constante moderno con salarios baratos. Esto contrarrestó la caída tendencial de la tasa de ganancia y redujo el costo de las importaciones para los países desarrollados, limitando así la inflación. Pero a medida que más y más de la industria “fordista” se trasladó a Asia, la base industrial de los Estados Unidos y, en menor grado, también de los países europeos, se vació. Y aunque la industria que se trasladó de Oeste a Este en la década de 1990 y principios de la década de 2000 todavía era del tipo básico de fabricación de línea de ensamblaje fordista (textiles, autopartes, etc.), más tarde, la industria de alta tecnología siguió el mismo camino, alcanzando su punto máximo en la década de 2010.

China fue el principal beneficiario de la inversión occidental, debido a su enorme mercado potencial, pero también porque sus gobernantes estalinistas demostraron ser muy hábiles en la gestión del capital y la explotación de los trabajadores. Solo Apple invirtió entre 2003 y 2015 más de $ 100 mil millones en China y entre 2016 y 2021 la asombrosa cantidad de $ 275 mil millones, que es más del doble del costo ajustado a la inflación del Plan Marshall. Gracias a estas y muchas otras inversiones, China logró convertirse en el número uno del mundo en producción industrial.


Si bien la “globalización” fue una tendencia que integró a muchos millones en el circuito global del capital, al mismo tiempo también destruyó muchas industrias menos eficientes en todo el mundo, especialmente en el llamado “sur global”, excluyendo así a muchos millones de la cadena de producción global, haciéndolos superfluos para el capital. Por lo tanto, una creciente corriente de migrantes fluyó de sur a norte.

Pero esta acumulación de capacidad productiva en Asia volvió a obstruir los tres cuellos de botella en el circuito de acumulación de valor, lo que resultó en mercados saturados, una tasa general de ganancia a la baja y una fuga hacia los activos financieros, lo que condujo a la formación de burbujas de capital ficticio condenadas a estallar. Hubo crisis locales: en 1990 el mercado de valores de Japón perdió la mitad de su valor; los bienes raíces se redujeron en más de dos tercios. De la noche a la mañana, los activos se convirtieron en pasivos y los poderosos bancos de Japón se vieron repentinamente inundados por un mar de tinta roja. En 1997, esto sucedió con las economías “tigre” del sudeste asiático. Pero en 2008, lo mismo amenazó con ocurrir a nivel mundial, comenzando en el corazón del sistema, Estados Unidos. Se produjo un gran pánico, se temía un efecto dominó de colapsos, no solo de bancos y empresas sino también de países, y la única forma de evitarlo era que los bancos centrales crearan dinero como locos.

Juntos, los bancos centrales de EE. UU., la UE, Japón y China crearon cerca de 100 billones de dólares en dinero nuevo entre 2008 y 2022. Uno de sus métodos era la “flexibilización cuantitativa”, que básicamente significaba entregar dinero a empresas y bancos para evitar que quebraran. No había alternativa. El esquema piramidal debe continuar o colapsar. Hay que alimentar dinero nuevo para apuntalar el valor del viejo. Se debe crear capital ficticio para mantener la creencia de que el valor de todo ese capital no es ficción.

No ha parado desde entonces. La deuda mundial se ha acumulado con 210 billones de dólares desde 2008, un aumento del 216%, y se situó en 323 billones de dólares en 2024, o el 340% del PIB mundial. Si esto continúa, los pagos de intereses y el gasto militar acabarán consumiendo todos los presupuestos de todos los países. La deuda federal de los EE. UU. se está expandiendo con un billón de dólares cada 6,5 meses. xiv Hasta ahora, se ha evitado una depresión global, pero las condiciones que conducen a ella son peores cada año. Y cada año, las peores catástrofes causadas por el cambio climático, que el capitalismo sigue acelerando debido a su compulsión por crecer y su adicción a los combustibles fósiles, se suman a la presión. Para evitar el dolor de la depresión económica, el capitalismo está exacerbando la necesidad subyacente de destrucción masiva y aumentando los incentivos para el imperialismo.

14. El capital vuelve a tocar los tambores de guerra

En el período transcurrido desde el final de la Guerra Fría (1991-2025), los gastos militares anuales mundiales han aumentado en 1,6 billones de dólares o un 133 %, de 1,2 billones de dólares a 2,8 mil millones de dólares. Pero es probable que esta cifra sea un recuento insuficiente, ya que parece que no todos los gastos se informan con precisión.

Tras el final de la Guerra Fría, el gasto militar mundial disminuyó en la década de 1990. En Rusia sobre todo, pero también en otros lugares. Muchos esperaban que nos dirigiéramos al desarme, que el capitalismo no llevara militarismo y guerras en su vientre. Las ilusiones duraron poco. La carrera armamentista entre Estados Unidos y Rusia y su rivalidad estaban en pausa, Estados Unidos era la única superpotencia que quedaba, pero el colapso del “orden” relativo del período de la Guerra Fría condujo a nuevos conflictos interimperialistas bajo la apariencia de “guerras civiles”, como en la ex Yugoslavia y en Ruanda, que en ambas condujeron a una atroz matanza genocida.

La globalización amplió los intereses del capital en todo el mundo y también creó, en los países periféricos, un gran número de jóvenes desempleados privados de futuro por el capitalismo. A las organizaciones capitalistas “islamistas” que aspiraban al poder estatal les resultó fácil reclutar carne de cañón para sus filas, para desafiar el poder hegemónico de los Estados Unidos con una guerra asimétrica. A sus ataques terroristas, Estados Unidos respondió con su “Guerra contra el Terror”, en la que gastó, de 2001 a 2025, más de 10,3 billones de dólares (la mayor parte pagados con deuda). Esto comprendía no solo operaciones antiterroristas en más de 80 países, sino también guerras (Irak, Afganistán) destinadas a fortalecer su dominio militar, especialmente en Medio Oriente. Para esas guerras, el peligro terrorista era simplemente un pretexto. Lo mismo ocurre con gran parte de lo que se hizo dentro de los Estados Unidos para aumentar el control del Estado sobre sus ciudadanos y expandir sus poderes represivos, todo en nombre de la “Seguridad Nacional”.

En Rusia, después de un período caótico en el que la clase dominante se privatizó y recompuso, lo que fue acompañado por la corrupción masiva y el empobrecimiento de la clase trabajadora, el Estado, bajo el liderazgo de Putin, comenzó a reafirmarse y reconstruir el poderío militar de Rusia. Mientras tanto, el capital occidental ya había logrado una profunda penetración en territorios que antes formaban parte de la URSS. Al carecer del poder para controlar los circuitos financieros del capital, Rusia solo pudo responder afirmando el control de la tierra, del territorio. Dada la debilidad del capital ruso, el ejercicio de ese control no podía ser económico ni indirecto; tenía que ser militar y brutal. Para evitar una mayor desagregación de su espacio territorial, para mantener el control del Cáucaso y su riqueza de petróleo y gas, Rusia desató una feroz guerra y limpieza étnica en Chechenia, Ingushetia y Daguestán (1999-2000). Los horrores de la guerra fueron apoyados por una feroz campaña de propaganda xenófoba. La designación del “Otro” racial, en la forma de chechenos o musulmanes, como un peligro para la santa madre Rusia; la identificación de los chechenos con el terrorismo y la caza de caucásicos en ciudades rusas orquestada por el Kremlin, crearon una atmósfera de miedo y odio entre las masas de rusos, lo que ayudó a Putin a consolidar el poder y sentó las bases para nuevos esfuerzos bélicos en Georgia (2008) y Ucrania (2014 y 2022-hoy).

La guerra de Ucrania se prolonga, a pesar de las pérdidas masivas en ambos lados. El esfuerzo bélico pesa mucho sobre la economía rusa, que estaría en recesión si no fuera por el crecimiento de la industria militar. La guerra ahora consume el 30% del presupuesto anual del Estado. Como mínimo, quiere anexar el Donbast industrial. Su sombría perspectiva económica aviva su apetito imperialista.

El presupuesto militar de China es el segundo más grande del mundo y el de más rápido crecimiento. Sin embargo, sigue siendo pequeño en comparación con el de Estados Unidos.xv En términos de número de barcos, su armada es más grande que la estadounidense y su arsenal nuclear se está expandiendo rápidamente. Tiene una gran ventaja: su capacidad industrial ha crecido más que la de Estados Unidos y eso sería crucial en una guerra prolongada. La base industrial de Estados Unidos se ha erosionado seriamente. Ese podría ser el talón de Aquiles de Estados Unidos en una guerra contra China. La guerra es un consumidor voraz. Fue gracias a su poder industrial superior que Estados Unidos ganó ambas guerras mundiales. China está tratando de imponer el dominio en el mar de China Meridional, de importancia estratégica, intimidando a otras naciones. Y dejó en claro que, de una forma u otra, quiere recuperar Taiwán. También para China, su situación económica incita al imperialismo. Inundada de mercancías no vendidas, su economía sobreproduciente y desinflada necesita desesperadamente mercados más grandes. Pero China aún no está lista para enfrentar el poderío militar de Estados Unidos. Por ahora, está jugando a la defensiva, mientras intenta ponerse al día tanto en la producción militar como civil de alta tecnología. Estados Unidos, mientras tanto, está jugando a la ofensiva, tratando de prohibir que todo el mundo venda chips avanzados (especialmente aquellos que permiten la IA) o tecnología de fabricación de chips a China e imponiendo aranceles para disminuir la dependencia de las importaciones chinas. A más largo plazo, China espera proporcionar una alternativa viable al dólar como moneda internacional, lo que potencialmente podría socavar el poder financiero de Estados Unidos y, por lo tanto, también su capacidad para imponer sus dictados a otros.

El presupuesto militar estadounidense es más de tres veces mayor que el chino y seis veces mayor que el de Rusia. Cuando los gastos militares de otros departamentos (como Energía, que administra el arsenal nuclear, Seguridad Nacional y otros) se agregan al presupuesto del Pentágono, el gasto militar anual de Estados Unidos ahora supera el billón de dólares. Posee superioridad en todo tipo de armamento y opera más de 800 bases militares en otros países de todo el mundo. Además, este año ha obtenido con éxito el compromiso de sus socios de la OTAN de aumentar su gasto militar al 5% de su PIB, en gran parte mediante la compra de material militar estadounidense, y está presionando a sus socios asiáticos para que asuman compromisos similares o incluso más (se pide a Taiwán que gaste hasta el 10% de su PIB en preparativos para la guerra).

Cuanto más se profundiza la crisis y se aviva por los efectos de la aceleración del cambio climático, más incentivos tienen los Estados contendientes para desafiar a la potencia dominante, Estados Unidos. La estrategia de Estados Unidos es derrotar a los contendientes aislándolos, construyendo fuertes coaliciones aliadas de Estados Unidos a su alrededor. Así, ha aislado a Rusia integrando en su esfera a las antiguas repúblicas de la URSS, que culminó en la lucha por Ucrania, y ha concluido acuerdos militares con casi todos los países de la costa sur de China, incluidos Japón, Corea del Sur, Vietnam, Taiwán, Filipinas, Australia y Nueva Zelanda (a veces llamada “la OTAN asiática”). En Medio Oriente, ha negociado acuerdos entre Israel y varios Estados árabes (los “acuerdos de Abraham”) y luego ha desatado al ejército israelí, no solo para perseguir sus propios objetivos imperialistas, sino también para romper la espalda de varios de los enemigos de Estados Unidos en la región y demostrar a todos, incluido Irán, la superioridad de su capacidad destructiva. El hecho de que ninguna otra nación acudiera en ayuda de Irán cuando fue bombardeado por Israel y Estados Unidos muestra que, hasta ahora, todavía no hay un bloque sólido que se oponga a la hegemonía de Estados Unidos. Washington ha reforzado su control sobre Medio Oriente, que desde hace mucho tiempo es un objetivo geopolítico principal de Estados Unidos. Dadas las reservas de combustibles fósiles de la región y la falta de ellas en China, este sería un activo crucial en una guerra contra China.

El enfoque del capital estadounidense en la preparación para la guerra contra China es bipartidista. En julio de 2024, la Comisión de Estrategia de Defensa Nacional, un “organismo independiente de expertos” creado por el Congreso, publicó su informe que supuestamente refleja el pensamiento de los círculos de poder de Washington más allá de sus diferencias partidistas. Según el informe, “Las amenazas que enfrenta Estados Unidos son las más serias y desafiantes que la nación ha enfrentado desde 1945 e incluyen el potencial de una gran guerra a corto plazo. Estados Unidos luchó por última vez en un conflicto global durante la Segunda Guerra Mundial [y] no está preparado hoy”. Rusia y China son las principales amenazas, dice el informe, pero está principalmente preocupado por la combinación de fuerza industrial y creciente poder militar de China. Una de sus principales recomendaciones es la reconstrucción de la capacidad industrial: “La Comisión considera que la base industrial de defensa (BID) de Estados Unidos es incapaz de satisfacer las necesidades de equipos, tecnología y municiones de Estados Unidos y sus aliados y socios. Un conflicto prolongado, especialmente en múltiples teatros, requeriría una capacidad mucho mayor para producir, mantener y reponer armas y municiones”. Según el gobierno de Trump, restaurar la base industrial estadounidense es el objetivo de su política arancelaria, especialmente de los altos aranceles para proteger industrias básicas como el acero y el aluminio.

Otro énfasis del informe de la Comisión es la necesidad de preparar a la población para la guerra global, lo que requiere un amplio esfuerzo de “educación”. “El público estadounidense desconoce en gran medida los peligros que enfrenta Estados Unidos o los costos (financieros y de otro tipo) necesarios para prepararse adecuadamente […] No han internalizado los costos de que Estados Unidos pierda su posición como superpotencia mundial. Se necesita urgentemente un “llamado a las armas” bipartidista […] El apoyo y la determinación del público estadounidense son indispensables […] apoyamos los llamamientos a aumentar los niveles de servicio público y civil para ayudar a proporcionar un renovado sentido de compromiso y patriotismo en el pueblo estadounidense”.

El mismo tipo de “educación” está ocurriendo en Europa. El gobierno francés ordenó a todos los hospitales que se prepararan para la guerra antes de marzo de 2026. La Comisión Europea emitió recientemente nuevas directivas a sus Estados miembros este año, en las que recomendó diferentes medidas para concientizar a la población sobre la necesidad de estar preparados para la guerra. Todos los ciudadanos europeos deben abastecerse de suministros de emergencia para sobrevivir durante al menos 72 horas cuando estalle la guerra. La Comisión tiene previsto organizar un «día de preparación» anual en todos los Estados miembros. “La preparación requiere un cambio completo en la forma de pensar de los ciudadanos”, afirmó la Comisión. El secretario general de la OTAN, Rutte, coincidió: “Necesitamos una mentalidad de guerra”. Esfuerzos “educativos” similares se están llevando a cabo en todo el mundo. Nuestros gobernantes, los administradores del Capital, quieren cambiar nuestra forma de pensar, para que nos matemos unos a otros por sus intereses.

Este folleto fue enviado por el gobierno sueco a todos los habitantes del país. Leemos: “En este folleto, aprenderá cómo prepararse y qué hacer si llega una crisis o una guerra. Ustedes son parte de la preparación de Suecia”. (…) “Una alarma de alerta significa que hay guerra o una amenaza inmediata de guerra. Toda la defensa total debe movilizarse de inmediato y la sociedad debe prepararse para la guerra”. (…)Desde el año en que cumples 16 años hasta el año en que cumples 70, eres responsable de la defensa total y estás obligado a contribuir a la defensa total”. Y así sucesivamente…

15. Similitudes y algunas diferencias entre la actualidad y los períodos anteriores a la guerra global en el pasado

– la economía mundial capitalista en una situación desesperada, hoy podría decirse que más que nunca sin posibles remedios;

– aumento del gasto militar en todas partes y, para pagarlo, aumento de los ataques al salario social y aumento de la deuda pública;

– un retorno a las políticas proteccionistas;

– aumento de la propaganda nacionalista y belicista en muchos países;

– culto a la personalidad de los “grandes líderes” (Trump, Putin, Modi y otros);

– líderes de grandes potencias que reclaman abiertamente anexiones imperialistas (Rusia>Ucrania, China>Taiwán, Estados Unidos> Canal de Panamá, Groenlandia, Canadá);

– multiplicación de nuevos conflictos y descongelamiento de viejos conflictos entre Estados sobre las fronteras (India-Pakistán, Armenia-Azerbaiyán, Tailandia-Camboya, Sudán-Sudán del Sur, Congo-Ruanda);

– guerras «civiles» que son realmente guerras entre facciones del Estado, cada una apoyada por varias potencias extranjeras, por el territorio y los recursos (Etiopía, Sudán, Siria, Yemen, Myanmar, Malí, Congo);

– colapso total o parcial del Estado central, bandas armadas llenando el vacío (Haití, Libia, Somalia, Líbano, Colombia, cárteles mexicanos);

– guerras destinadas a la limpieza étnica (Nagorno-Karabaj) y genocidio (Darfur, Gaza);

– convertir a las minorías en chivos expiatorios para unir al país en el odio y justificar la limpieza étnica (palestinos en Israel/Palestina, rohingya en Myanmar, haitianos en la República Dominicana, migrantes indocumentados en los Estados Unidos, Europa y otros lugares y muchos más);

– la guerra se traslada de la periferia a las áreas centrales de la economía mundial capitalista (Europa, Medio Oriente);

– la proliferación de armas nucleares y la «actualización» de sus arsenales nucleares por parte de Estados Unidos, Rusia y China;

– desarrollo acelerado de nuevo armamento por parte de las grandes potencias, la tecnología avanzada se vuelve cada vez más importante en el campo de batalla (drones, misiles hipersónicos, guerra cibernética, satélites, IA).

GAZA 2025

16. Obstáculos en el camino hacia la Tercera Guerra Mundial

1. Interdependencia económica

Está claro que en el mundo actual la reproducción de la economía está globalizada, por lo que una guerra total que involucre a los grandes países no solo sería increíblemente destructiva, sino que también colapsaría sus economías. Sería suicida y, por lo tanto, la clase dominante tiene un fuerte incentivo para evitarlo.

Eso es lo que muchos pensaron también en vísperas de la Primera Guerra Mundial. Uno de los libros más populares en ese momento fue “La gran ilusión” en el que Norman Angell demostró que la guerra no sucedería. “Con ejemplos impresionantes y argumentos incontrovertibles, Angell mostró que en la actual interdependencia financiera y económica de las naciones, el vencedor sufriría por igual que el vencido, por lo que la guerra se había vuelto inútil; por lo tanto, ninguna nación sería tan tonta como para comenzar una. Ya traducido a once idiomas, La Gran Ilusión se había convertido en un culto”.xvi Karl Kautsky, entonces llamado “el Papa del marxismo”, era de la misma opinión. Al igual que el vizconde Esher, consejero del rey británico, quien argumentó que las inevitables consecuencias catastróficas de la guerra del siglo XX estarían “tan preñadas de influencias restrictivas” como para hacer impensable la guerra. Desafortunadamente, La Gran Ilusión resultó ser una gran ilusión.

Sin embargo, es cierto que la economía mundial actual está mucho más globalizada que entonces. Es casi imposible comprar mercancías que no estén hechas con mano de obra de diferentes países, incluso continentes. Para que una guerra global sostenida sea posible, los patrones comerciales tendrían que cambiar, para que la producción esencial sea independiente de las importaciones de países enemigos. Taiwán es un buen ejemplo. No es ningún secreto que Pekín quiere anexionar la isla, donde se fabrican casi el 90% de los microchips avanzados del mundo. El control chino de Taiwán cambiaría todo el panorama del poder. Pero una invasión significaría guerra. China podría ganarla, pero es difícil imaginar que las fábricas de chips permanezcan intactas. Y es aún más difícil creer que la industria de chips de Taiwán continuaría funcionando y exportando durante una guerra de este tipo. Tan grande es la dependencia del mundo que la pérdida de chips taiwaneses sumiría a la economía mundial en una profunda depresión. La interrupción temporal de la producción de chips en Taiwán durante la pandemia de COVID causó pérdidas de $ 200 mil millones para la industria automotriz estadounidense. Nadie tiene ningún interés en que se detenga la producción de chips taiwaneses, ni China ni Estados Unidos. Eso se considera el “escudo de silicio” de Taiwán. Pero Washington todavía considera necesario agregar una espada a ese escudo. El mar de China Meridional se está llenando de buques de guerra. El escudo de silicona podría convertirse en otra gran ilusión. xvii Los aranceles de Trump a China tienen como objetivo reducir la dependencia estadounidense de las importaciones chinas, pero su alto nivel inicial provocó una reacción negativa tan fuerte de las empresas y los mercados bursátiles estadounidenses que se vio obligado a reducirlos. Aún así, la dirección de la política no ha cambiado. Las sanciones comerciales, que ahora desacoplan a Rusia y Europa y redirigen el comercio ruso hacia India y China, también reestructuran el comercio mundial. Pero parece claro que llevará años doblar los patrones comerciales de tal manera que haga posible la guerra global.

Sin embargo, no sería necesario un desacoplamiento total. Las naciones capitalistas han demostrado en el pasado que pueden comerciar entre sí y luchar entre sí al mismo tiempo. Durante la Primera Guerra Mundial, Gran Bretaña continuó comerciando con Alemania y otros Estados enemigos hasta el 1 de octubre de 1918, solo unas semanas antes del armisticio. Durante la Segunda Guerra Mundial, Estados neutrales como Suiza, Suecia y España actuaron como intermediarios, permitiendo que las mercancías fluyeran entre las potencias aliadas y del Eje. Empresas estadounidenses como IBM, Ford y Standard Oil tenían vínculos comerciales con subsidiarias alemanas que continuaron en los primeros años de la guerra.

2. El equilibrio desigual de poder

A pesar de las afirmaciones contrarias de los belicistas estadounidenses, en este momento Estados Unidos posee una abrumadora ventaja militar sobre sus rivales, especialmente si se tiene en cuenta la capacidad militar de sus aliados en Europa, Asia y otros lugares, y el debilitamiento de Rusia como resultado de sus grandes pérdidas en la guerra de Ucrania. Esto también es un obstáculo para la guerra global, al menos en un futuro cercano. Pero las alianzas pueden ser aleatorias. Además, hay muchos ejemplos en la historia de guerras iniciadas por el bando intrínsecamente más débil. A menudo, el exceso de confianza delirante jugó un papel, así como el cálculo de que dar el primer ataque (el ataque del Sur a Fort Sumter en la guerra civil estadounidense, la Blitzkrieg de Hitler, el ataque de Japón a Pearl Harbor) produciría una ventaja decisiva.

3. El umbral nuclear

Desde la Segunda Guerra Mundial, ha sido una característica sorprendente de todas las guerras en las que participaron las principales potencias que nunca usaron sus armas más potentes. Eso es nuevo en la historia mundial, porque nunca antes los países corrieron el riesgo de que el uso de su arsenal más destructivo condujera a su propia aniquilación. La amenaza nuclear ha sido de hecho un freno a la escalada de la guerra. En la guerra por Ucrania, Estados Unidos, y en menor medida sus aliados europeos, han dado al ejército ucraniano armas sofisticadas, como misiles de última generación guiados por satélites estadounidenses a objetivos en movimiento. Pero no les han enviado misiles de largo alcance u otras armas que le den a Ucrania la capacidad de lanzar ataques profundos en Rusia. Putin podía usar y usó el chantaje nuclear. Rusia anunció en 2020 una nueva “Directiva Presidencial sobre Disuasión Nuclear”, que reducía el umbral nuclear “para evitar la escalada de acciones militares y la terminación de dichas acciones en condiciones que son inaceptables para Rusia y sus aliados”. El lenguaje era deliberadamente vago para mantener al enemigo adivinando. ¿Cuáles son estas “condiciones inaceptables”? Zelensky y otros dijeron que Putin solo estaba fanfarroneando y probablemente lo estaba, pero no había apetito para ponerlo a prueba. De todos modos, no estaba en el interés de Estados Unidos escalar la guerra. Al nivel que estaba, estaba cumpliendo todos los objetivos estadounidenses: degradar significativamente el poder militar de Rusia, hacer que Europa comprara gas y armas estadounidenses, etc. Pero, ¿pueden los arsenales nucleares disuadir a las naciones de escalar a una guerra global cuando llegue el momento?

Un conflicto podría escalar a una guerra global sin cruzar el umbral nuclear. La investigación científica y tecnológica aferrada al capitalismo sigue aumentando implacablemente el poder destructivo de las armas “convencionales” (no nucleares) y la velocidad a la que pueden alcanzar su objetivo y escapar a la detección de los sistemas defensivos. Tales armas, como los nuevos misiles hipersónicos, o armas “híbridas” como las “bombas sucias” que combinan explosivos convencionales con material radiactivo, o armas químicas o biológicas pueden reducir el umbral nuclear, hacen que parezca que una escalada a las armas nucleares tácticas no es un paso tan grande, especialmente a los ojos del lado que está perdiendo. Y así sucesivamente, hasta el siguiente paso… Confiar en la cordura y la racionalidad de la clase dominante para evitar tal curso de acontecimientos sería una tontería.

4. La falta de sumisión social

Este es el factor más importante. Sin el consentimiento (entusiasta o a regañadientes) de la población, especialmente de la clase trabajadora, el capitalismo no puede hacer la guerra. El oxígeno del que depende la máquina de guerra es la explotación del proletariado, la extracción de plusvalía. Estaría paralizado sin él. La guerra no se puede librar sin explotación y no se puede detener sin poner fin a la explotación. La guerra constituye el último grado de explotación capitalista: ya no es solo trabajo lo que el capital exige de los explotados, sino su propia vida o la de sus hijos.

¿Qué tan dispuesta está la clase trabajadora de hoy a darlo? La empresa de encuestas de opinión Gallup hizo la pregunta: “Si hubiera una guerra que involucrara [SU PAÍS], ¿estaría dispuesto a luchar por su país?” a grupos de muestra bastante grandes en 64 países a fines de 2014 y nuevamente en 45 países a fines de 2023. xviii Es cierto que las encuestas de opinión deben tomarse con una pisca de sal y uno debe tener cuidado de no sacar demasiadas concluciones de ellas. Aún así, algunos de los resultados nos dicen algo.

Una conclusión positiva es que la voluntad de luchar por el propio país (= por la clase dominante) está disminuyendo – el 64 % respondió “sí” en 2014, que se hundió al 52 % en 2023 – a pesar de toda la propaganda patriótica de este período. Los puntajes más altos de “sí” se encuentran en el “sur global”, especialmente en Medio Oriente / África del Norte. Los más bajos se encuentran en los países desarrollados tradicionales, especialmente en Europa Occidental y Japón. Este último país obtuvo la puntuación más baja: solo el 11 % en 2014 y el 9 % en 2023 dijeron que sí. ¿Podrían Hiroshima y Nagasaki tener algo que ver con eso? En los EE. UU., el puntaje afirmativo es del 44 % en 2014 y del 41 % en 2023. En China es del 71 % en 2014. Desafortunadamente, ese país no fue encuestado en 2023. En Rusia, la puntuación del sí cayó del 59 % en 2014 al 32 %. Obviamente, la experiencia directa de la guerra tuvo un impacto. Rusia también obtuvo la puntuación más alta de “No sabe/No responde” en 2023 (48 %). Eso no es una sorpresa, dado que expresar oposición a la guerra, o incluso simplemente llamarla “una guerra”, es un delito penal allí. Según otra encuesta de Gallup, en Ucrania la disposición a luchar cayó del 73% en 2022 al 24% en 2025.

La experiencia marca la diferencia, no solo la experiencia directa, sino también la experiencia histórica. En el caso del proletariado en Rusia: la inmensa esperanza encendida por la Revolución de Octubre, que luego fue aplastada y seguida por la pesadilla estalinista, el mundo de la muerte de la Segunda Guerra Mundial (ningún país sufrió más) y todos estos años de ser gobernado por el asfixiante Estado capitalista de partido único que pretende ser comunista, luego el caos y la restauración del “orden” por parte del corrupto régimen de Putin, todo eso no puede sino dejar huellas en la conciencia.

No hay encuestas de opinión de 1914 o 1939, pero a partir de la evidencia histórica parece que la voluntad de luchar por el país de uno era mucho mayor en ese entonces. Lo que falta hoy es conciencia de clase: sin la conciencia de ser parte de una clase con intereses diferentes a los del capital, solo somos individuos que anhelan la comunidad, vulnerables a la propaganda nacionalista. En los años anteriores a la Primera Guerra Mundial, parecía haber más conciencia de clase. Millones de trabajadores eran miembros de lo que se consideraba organizaciones de la clase trabajadora, sindicatos y partidos políticos que pertenecían a la Segunda Internacional. La Internacional declaró en su Congreso de Stuttgart (1907) que era deber de la clase trabajadora evitar la guerra utilizando todos los medios efectivos, incluidas las huelgas de masas, y lo reafirmó en su Congreso de Basilea (1912). Pero cuando estalló la guerra, se olvidaron de todo esto, y casi todos los partidos y sindicatos apoyaron la guerra al lado de su propia burguesía, enviando a millones de trabajadores a la muerte. ¿Por qué? El rápido avance de la dominación real del capital no se limitó al proceso de producción, sino que se infiltró en todos los aspectos de la sociedad. La forma de valor, la relación capital-trabajo, había penetrado en todas las instituciones, en todas las grandes estructuras sociales permanentes. La guerra reveló que estas llamadas organizaciones de la clase trabajadora habían sido absorbidas por el tejido del Estado capitalista. Su influencia disminuida no es un paso atrás para la clase obrera, al contrario.

En el período de entreguerras, la ola internacional de revoluciones y revueltas proletarias que siguió a la Primera Guerra Mundial fue derrotada en todas partes, incluso donde había ganado. Esto pesó mucho en la conciencia de la clase trabajadora y debilitó a la clase, lo que hizo más difícil luchar eficazmente cuando se enfrentó al desempleo masivo y otras miserias durante la Gran Depresión, que de otro modo podría haber sido el período de guerra de clases en el que se forjó la conciencia proletaria revolucionaria, bloqueando el camino a la guerra.

Hoy en día, ninguna experiencia de derrotas históricas pesa sobre el proletariado. Pero hay otros obstáculos en su camino. Volviendo al ejemplo de Rusia: parece claro, y no solo por la encuesta mencionada anteriormente, que Putin no tiene la población detrás de él como, por ejemplo, Hitler lo tenía antes de la Segunda Guerra Mundial. No está montando espectáculos patrióticos, no está librando grandes campañas para involucrar a todos los rusos en la gloriosa guerra. Por el contrario, trató de proteger a la población civil del impacto de la guerra, buscó mantener una atmósfera en las grandes ciudades del centro de Rusia como si no hubiera guerra en absoluto. Hizo grandes esfuerzos para evitar tener que desplegar el grueso de su ejército, enviando en su lugar mercenarios (chechenos y la brigada Wagner), prisioneros (a cambio de la libertad si sobrevivían) e importó soldados norcoreanos al frente. Esto no muestra una gran confianza. Putin no puede escalar la guerra como lo hizo Hitler debido a esta falta de control ideológico. Aún así, a pesar de las grandes pérdidas de Rusia -hasta ahora un millón de víctimas (muertos y heridos graves) en una población de 144 millones- es capaz de continuar la guerra sin protestas masivas, sin interrupciones en la industria militar, sin deserciones colectivas masivas. Eso no es tranquilizador. Muchos han desertado y muchos más han abandonado el país para evitar la guerra. Lo mismo sucedió en Ucrania: muchos desertaron, muchos huyeron del país, pero nada de eso ha impedido que la guerra se prolongue. Vemos muchos actos individuales de resistencia, pero rara vez se afianzan en una lucha colectiva basada en clases. Pero puede haber actos de resistencia colectiva que no conocemos. Uno reciente ocurrió el primero de agosto, en la ciudad ucraniana de Vinnytsia, donde estalló un motín cuando los manifestantes exigieron la liberación de los hombres arrestados por negarse a alistarse y forzaron las puertas del estadio donde estaban recluidos esos prisioneros. Otra acción reciente de la clase trabajadora contra la guerra ocurrió en los puertos de Génova, Marsella y Atenas cuando los trabajadores portuarios se negaron a cargar armas y acero en los barcos que iban a Israel. Incluso en este último país, fuertemente adoctrinado, la resistencia colectiva contra la guerra está aumentando.

Aún así, dada la gravedad de la situación, está lejos de ser suficiente. ¿Es el individualismo un sello distintivo de nuestro tiempo? ¿Es la nueva tecnología de la información, que una vez pareció tan prometedora al erosionar la base material de las divisiones nacionalistas y de otro tipo, al proporcionar medios de comunicación útiles para disturbios y discusiones, al alentar intercambios sin transacciones monetarias, ahora está encadenando a todos a su teléfono, atomizándonos y alienándonos, encerrándonos con algoritmos en las cámaras de eco de comunidades falsas, borrando todas las fronteras entre los hechos y la fantasía, ahora de manera aún más convincente con la IA, convirtiéndose en portales a nuestros cerebros para demagogos cínicos y charlatanes manipuladores? ¿Es el triunfo de la dominación real del capital, su colonización de la mente humana?

Puede ser prematuro sacar tales conclusiones. El proletariado de hoy aún no ha sido probado, como lo fue antes de las guerras mundiales del pasado. Pero la prueba seguramente está llegando. Queda por ver qué tan fuertes seguirán siendo estas cámaras de eco, qué tan efectivamente toda la propaganda patriótica nos habrá cambiado, cuando golpee una depresión global y los ataques a los niveles de vida de la clase trabajadora necesariamente se vuelvan mucho más amplios. El “trabajador colectivo” sigue siendo la única fuerza social capaz de evitar otra guerra total y acabar con el capitalismo. Tal vez el choque del colapso económico lo despierte, nos haga conscientes del hecho de que nuestra autopreservación colectiva requiere una negativa a obedecer, una ruptura con el Capital y sus representantes políticos en todas las naciones, incluidas Rusia, Estados Unidos, China y Europa.

Sanderr

Agosto 2025

i Lawrence Keeley: La guerra antes de la civilización.

ii Mac Intosh: Tesis sobre la guerra

iii Marx; Grundrisse, p.340 (Penguin Ed.)

iv Marx: El Capital, Volumen 1, capítulo 31, p.915 (Penguin ed.)

v Rondo Cameron, Una historia económica concisa del mundo, p. 275, Oxford University Press, 1993. Varios otros datos económicos en este texto también son de este libro.

vi Eric Hobsbawm: Sobre la historia, The New Press, 1997, p. 255

vii Ídem, p,256

viii John Keegan: La Primera Guerra Mundial, Capítulo 1, Random House 1998

ix Gráfico de: Thomas Piketty: El capital en el siglo XX, p.26 , Harvard University Press 2024. Piketty es un economista reformista y, por lo tanto, antirevolucionario, pero su libro, el estudio más completo jamás realizado sobre la desigualdad de ingresos, contiene material importante que muestra cuándo el capital improductivo aumentó o disminuyó en comparación con la inversión productiva.

x Ver: Controverses #8, 2024: Plaidoyer pour une analyse marxiste et non schématique des guerres: “le New Deal n’est pas la continuation de la crise mais la sortie de crise” (“El New Deal no es la continuación de la crisis, sino la salida de la crisis”.)

xi Siguiendo el consejo de John Manyard Keynes, las autoridades británicas indujeron la inflación imprimiendo masivamente la moneda local. Esto elevó los precios de los alimentos abruptamente, pero no los salarios. Esa fue una de las principales causas de la hambruna. Keynes razonó, aparentemente correctamente, que aumentar los impuestos a la población conduciría a la revuelta, mientras que este método astuto no lo haría, porque la gente no entendería la causa de los aumentos de precios.

xii Se puede encontrar un excelente relato del Generalplan Ost en: Götz Aly y Susanne Heim: “Architects of Annihilation: Auschwitz and the Logic of Destruction”, Princeton University Press 2003. También: Mac Intosh: Marxismo y el Holocausto, Perspectiva Internacionalista 49, 2008

xiii Esta cita y las siguientes en la parte 10 son de Mac Intosh: Marxism and the Holocaust, Internationalist Perspective 49, 2008

xiv Promedio basado en los últimos tres años

xv Esto está en disputa. Según la Comisión (Estadounidense) sobre la Estrategia de Defensa Nacional, “el gasto anual total de China en defensa se estima en hasta $ 711 mil millones”, lo que sería más del doble de la cifra oficial.

xvi Barbara Tuchman, escribiendo sobre el año 1910 en: The Guns of August, Ballantine Books 1994, p. 10

xvii Más sobre esto en Sanderr: Guerra Fría y Caliente https://internationalistperspective.org/staging/3363/hot-and-cold-war/

xviii Los resultados se pueden encontrar en: https://www.gallup.com.pk/bb_old_site/Polls/180315.pdf y https://www.gallup-international.com/survey-results-and-news/survey-result/fewer-people-are-willing-to-fight-for-their-country-compared-to-ten-years-ago

Addendum: Preparación para la guerra en los EE. UU.: Una instantánea

Realmente no hay un cambio a una economía de guerra, ya que, como todo el mundo sabe, ya existía aquí. Aún así, según el informe publicado el año pasado por la Comisión sobre la Estrategia de Defensa Nacional, un “organismo independiente de expertos” creado por el Congreso, Estados Unidos, a pesar de su poderoso “complejo industrial militar” y su gigantesco presupuesto de “Defensa”, no está listo para una guerra total contra China y Rusia. “La Comisión considera que la base industrial de defensa de Estados Unidos es incapaz de satisfacer las necesidades de equipos, tecnología y municiones de Estados Unidos y sus aliados. Un conflicto prolongado, especialmente en múltiples teatros, requeriría una capacidad mucho mayor para producir, mantener y reponer armas y municiones”. Según el gobierno de Trump, restaurar la base industrial estadounidense es el objetivo de su política arancelaria, especialmente de los altos aranceles para proteger industrias básicas como el acero y el aluminio.

Producción militar: En muchos sentidos, Trump continuó con las iniciativas que la administración Biden tomó para lo que llamó “Revitalización de la Base Industrial de Defensa”, como acelerar el sistema de adquisición de armas y expandir áreas como la construcción naval (incluidos los submarinos nucleares) y la producción de artillería (la producción mensual de proyectiles de artillería aumentó de 14,000 a 55,000, con una meta de 100,000 para 2026).

Por décimo año consecutivo, el presupuesto de “Defensa” ha aumentado. Si tenemos en cuenta el gasto militar de otros departamentos (como el Departamento de Energía, que administra las armas nucleares, y el Departamento de Seguridad Nacional), el gasto militar anual ahora supera el billón de dólares. Para darle cabida en el presupuesto (así como para los recortes de impuestos para los dueños del capital) se han impuesto drásticos recortes sociales, principalmente en Medicaid (lo que ha provocado que 12 millones de personas pierdan la cobertura sanitaria) y programas como la ayuda alimentaria para los pobres. La administración Trump también presionó con éxito a los aliados de la OTAN y a los aliados asiáticos para que aumentaran sus gastos militares y, por lo tanto, compraran muchas más armas del complejo industrial militar estadounidense.

En abril, Trump emitió una Orden Ejecutiva titulada “Modernización de las adquisiciones de defensa y estímulo de la innovación en la base industrial de defensa”. Entre otras cosas, crea una mayor participación de Silicon Valley en la producción de armas, con un enfoque en IA, sistemas autónomos, drones y guerra basada en satélites. Esto beneficia a empresas tecnológicas como Palantir y SpaceX, pero también a empresas militares tradicionales como Lockheed Martin, que recibió grandes pedidos del nuevo avión de combate F-35 y sistemas de misiles espaciales. Estados Unidos también ha comenzado la producción temprana de la bomba de gravedad nuclear B61-13, siete meses antes de lo previsto. Esta bomba, 24 veces más potente que la bomba de Hiroshima, está diseñada para apuntar con precisión y se desplegará en bombarderos furtivos B-2 y B-21. La producción de misiles nucleares de largo alcance aún está detenida debido al segundo tratado START entre Estados Unidos y Rusia, pero expirará en febrero y muchos esperan una nueva carrera armamentista nuclear después de eso. La IA se está integrando en los sistemas nucleares de mando, control y comunicaciones para apoyar la rápida toma de decisiones, lo que aumenta el riesgo de uso preventivo de la energía nuclear. También hay una carrera armamentista en misiles hipersónicos que son extremadamente rápidos (Mach 5+) y pueden evadir las defensas antimisiles tradicionales. Estados Unidos, China y Rusia están desarrollando agresivamente estos sistemas que difuminan la línea entre las armas convencionales y las nucleares.

Aumento del uso de armas: Según un informe reciente del Proyecto de Datos de Eventos y Ubicación de Conflictos Armados (ACLED), desde el reingreso de Trump al cargo, Estados Unidos ha llevado a cabo 529 ataques aéreos en 240 lugares de Medio Oriente, Asia Central y África. Esa cifra, que representa solo los primeros cinco meses del segundo mandato de Trump, ya se acerca a los 555 ataques lanzados por la administración Biden durante todo su mandato.

Ruido de sables: A principios de agosto, Trump ordenó mover los submarinos nucleares estadounidenses a una posición más ofensiva, en reacción a un tuit amenazante del ex presidente ruso Medvedev. Y por primera vez desde 2008, Estados Unidos movió las bombas B61-12 a una posición avanzada en el Reino Unido.

En septiembre, el nombre del “Departamento de Defensa” se cambió a “Departamento de Guerra”. Al menos eso es más honesto.

Guerra económica: Biden declaró una prohibición mundial de vender a China chips avanzados, así como el hardware para fabricarlos. Curiosamente, Trump lo ha suavizado un poco. Tanto las sanciones como los aranceles se utilizaron con el objetivo de desacoplar las economías de Occidente de Rusia y China. Pero eso no es fácil, especialmente no desde China. Trump tuvo que retirarse de los fuertes aranceles bajo presión económica (del 245% al 30%), pero aún pueden volver a aumentar, y hay un arancel adicional del 40% sobre los transbordos (bienes que China exporta a través de otro país como México). El desacoplamiento es malo para las ganancias y sería una necesidad absoluta para una guerra importante, pero es muy difícil.

Preparación ideológica: la Comisión de Estrategia de Defensa Nacional enfatizó la necesidad de un gran esfuerzo de propaganda para aumentar el patriotismo. La principal iniciativa en este sentido es la campaña de Trump contra los inmigrantes indocumentados. Económicamente, no tiene sentido, el capital estadounidense está perdiendo dinero como resultado. El propósito es forjar una comunidad nacional a través de la inflamación del odio común hacia los forasteros, cuya Otredad “contamina la sangre de Estados Unidos”, como dijo Trump.

TEATRO

La escena: el Despacho Oval, Casa Blanca, Washington DC.

Están presentes:

Donald J. Trump, presidente

JD Vance, vicepresidente

Marco Rubio, Secretario de Estado

Pete Hegseth , Secretario de Defensa

Michael Waltz, Asesor de Seguridad Nacional

Una mosca en la pared

Waltz: Nuestro punto de partida es que el conflicto con China es inevitable en algún momento. No hay otro país que pueda amenazar nuestra hegemonía. Debemos impedirlo a toda costa.

Trump: Exactamente. Somos el depredador dominante. El mundo es demasiado pequeño para dos depredadores tope.

Waltz: Así que nuestra prioridad es aislar a China. Expandir nuestro poder militar en el teatro del Pacífico. Por eso hay que poner fin a la guerra en Ucrania. Ha empujado a Rusia a los brazos de China. Los BRICS son ahora un insignificante club de conversación, pero podrían ser el comienzo de un bloque antiestadounidense. No podemos permitir esto. Tenemos que separar a Rusia de China y no podemos hacerlo mientras esta guerra continúe. Así que vamos a imponer una paz que permita a Rusia mantener sus conquistas. Con el tiempo, levantaremos las sanciones y normalizaremos las relaciones.

Trump: Todavía hay mucho dinero por ganar en Rusia. Estoy pensando en una Torre Trump en Moscú, por ejemplo. Y en Ucrania también hay mucho que construir, se puede pagar con materias primas.

Hegseth: Además, la guerra nos ha producido todo lo que podíamos esperar. Mi predecesor dio en el clavo cuando dijo que nuestro principal objetivo en esta guerra es la degradación del poder militar de Rusia. Y eso ha tenido bastante éxito. Los rusos han sufrido cientos de miles de pérdidas y gran parte de su arsenal ha sido destruido. ¡Los mamónes tienen que comprar drones de Irán e importar soldados de Corea del Norte! Mientras tanto, su economía se está hundiendo. Ellos han perdido su mercado europeo y nosotros hemos ocupado su lugar. Europa ahora quema gas estadounidense. Y después de tres años de lucha, solo han capturado una quinta parte de Ucrania y han perdido incluso una porción de su propia tierra.

Trump: Gracias a nuestras armas.

Hegseth: Efectivamente. Hemos demostrado que podemos detener a los rusos sin desplegar tropas nosotros mismos. Putin ya ha tenido suficiente. Siempre y cuando obtenga algo del fuego que pueda presentar como una victoria, estará feliz de dejarlo. Y nadie podrá convencerlo mejor que USTED, señor presidente.

Trump: Ya lo puedo ver: construiremos una riviera en el Mar Negro, me darán el Premio Nobel…

Rubio: Estoy de acuerdo en que necesitamos expandir nuestra presencia militar en Asia, pero no podemos dejar de lado a Europa.

Trump: Lo he estado diciendo durante años: es hora de que Europa se las arregle por sí misma. ¿Por qué tenemos que pagar para protegerlos?

Hegseth: Piensan que el “tío Sam” es el “tío Estúpido”.

Waltz: Por supuesto que no vamos a evacuar nuestras bases en Europa, pero necesitan duplicar su gasto militar.

Hegseth: Y estandarizar. Usando los mismos sistemas de armas en todas partes. Y eso significa, en la mayoría de los casos, comprar armas estadounidenses.

Trump: Eso va a ser una bonanza para nuestra industria armamentística. Me van a prender velas.

Rubio: ¿No nos arriesgamos a repeler a los europeos? Tampoco queremos que hagan un acercamiento con China…

Waltz: No hay peligro de eso. Sus manos y pies están atados a nosotros. No pueden prescindir del mercado estadounidense, de las armas estadounidenses. Es hora de que contribuyan más a los preparativos de guerra occidentales. Los líderes europeos lo saben. Y ellos saben que nosotros lo sabemos. También se dan cuenta de que no les exigiríamos que reforzaran sus ejércitos si no los consideráramos aliados.

Rubio: Todavía veo un pequeño problema. ¿Cómo le van a vender eso a su gente? Si hay paz en Ucrania y la tensión en Europa está disminuyendo, ¿cómo van a convencer a la población de que es urgente armarse? Sobre todo ahora que tienen que recortar su gasto social, por sus gigantescos déficits presupuestarios…

Vance: De hecho, eso podría convertirse en un problema. Requiere un poco de teatro político, y nuestros amigos europeos lo saben. Le siguen el juego. Están haciendo sonar unánimemente la alarma sobre la amenaza rusa, como si Putin estuviera a punto de invadir primero los Estados bálticos y luego Polonia y luego Alemania… Todo lo que tenemos que hacer es dar la impresión de que nosotros no intervendriamos en tal caso; que nuestro paraguas no los mantendrá secos.

Rubio: Pero el artículo cinco del Tratado de la OTAN dice que estaríamos obligados…

Vance: Es por eso que hacemos parecer que no nos sentimos obligados por ese tratado, que no nos importa toda la OTAN… Sin decirlo explícitamente, por supuesto. Los líderes europeos necesitan la percepción de que les abandonamos para que puedan decir: no tenemos otra opción.

Trump: Así que ve y regañarlos en Múnich, JD. Dales un susto en Bruselas, Pete. Y yo llamaré a Putin “mi amigo”, a Zelensky un dictador y a los europeos aprovechados. Cuanta más confusión e incertidumbre, mejor. Cuanto menos amigables seamos, más nos temerán y nos harán ricos. Yo lo llamo “el arte de la negociación”.

Sanderr, 19 de Febrero