Belicistas de izquierda y de derecha

El mundo observa horrorizado como uno de los ejércitos más avanzados del mundo destruye una zona urbana cerrada en gran parte indefensa como si disparara a peces en un barril. No es de extrañar que exista una indignación generalizada y un llamamiento mundial para detener esta locura. Pero en lugar de detener la guerra, muchos en la izquierda quieren que continúe, del lado de Hamás. Y quieren que ignoremos la violencia contra inocentes cometida por su bando porque se hizo por una buena causa. ¿Lo fue?

Los apologistas de Hamás afirman que su ejército es un luchador autóctono que se alza por la libertad contra una potencia colonial y que la historia de las guerras coloniales demuestra que estos conflictos son inevitablemente brutales, con muchas víctimas inocentes en ambos bandos. Depende de los “luchadores por la libertad” el decidir como libran su lucha, afirman, y quienes apoyan la liberación del “pueblo palestino” no deberían cuestionar sus métodos. Sobre todo si son blancos y viven en países que tenían colonias. La vergüenza por el comportamiento pasado o presente de “sus” países debería silenciar cualquier pensamiento crítico sobre las tácticas y los objetivos de la lucha “anticolonial”. No están bien situados “para dar lecciones de moral a la resistencia”.

Los apologistas del otro bando, los sionistas, utilizan exactamente el mismo argumento. La vergüenza por la pasada persecución antisemita de los judíos en Europa debe silenciar cualquier crítica al Estado sionista. Porque existió el Holocausto, porque existió la Naqba: cada bando afirma que la brutalidad que se les infligió justifica la brutalidad que utilizan.

Pero no es el color de tu piel ni tu país de nacimiento lo que determina si tu punto de vista es correcto o incorrecto.

Recuerdo una discusión que tuve en 1976 con amigos izquierdistas que decían que no debíamos criticar a los Jemeres Rojos de Pol Pot; como éramos europeos blancos no teníamos derecho a hacerlo. Según ellos, los Jemeres Rojos eran luchadores por la libertad; denunciarlos significaba apoyar al imperialismo estadounidense. Hoy, por supuesto, ya nadie busca excusas para los campos de exterminio de Pol Pot. Sí, pero eso era diferente, podrían objetar, el Jemer Rojo asesinaba sobre todo a su propia gente. Cierto. Pero también lo hace Hamás.

Como IP argumentó en “El mundo de muerte del capitalismo”, no se puede negar que Hamás sabía que su acción del 7 de octubre causaría muerte y destrucción masivas en Gaza y que decidieron friamente que valía la pena ese precio. ¿Somos todavía lo suficientemente humanos como para indignarnos por este sacrificio de muchos miles de seres humanos en aras de las ansias de poder de Hamás?

¿Por qué lucha Hamás?

¿Los “luchadores por la libertad” como Hamás y la Yihad Islámica luchan por la liberación? ¿Liberación de quién? ¿Serían libres los habitantes de Gaza y Cisjordania si vivieran en un Estado islamista de Hamás? ¿Qué significa eso, “Palestina libre”?

El objetivo y los medios están estrechamente relacionados. Todo lo que hace Hamás -reprimir violentamente las huelgas, encarcelar y torturar a opositores, asesinar a civiles, tomar como rehenes a niños y ancianos, etc.- demuestra cual es su objetivo: establecer un Estado fuerte que pisotee sin piedad las libertades de sus ciudadanos. El verano pasado hubo muchas protestas sociales en Gaza. Manifestaciones para exigir agua, electricidad, mejores salarios. Hamás las reprimió pero con menos violencia que en años anteriores (especialmente en Marzo 2019), como si temiera echar más leña al fuego. El espectacular estallido de Hamás del 7 de octubre siguió a ese caluroso verano. No es imposible establecer una conexión entre ambos acontecimientos. Hamás buscaba restaurar su prestigio, tanto en Gaza como en Cisjordania. Que esta acción tuviera esa consecuencia era una expectativa razonable. La impotencia de los palestinos, dice el experto en Palestina Emilio Minassian, “produce una lógica de doble resentimiento: deseo de reconocimiento por un lado y de venganza por otro”.

Hamás no es peor ni más brutal que el Estado Israelí. Ambos actúan desde una lógica similar que conduce al derramamiento de sangre de los inocentes. Pero como sus medios difieren, también lo hacen sus tácticas y estrategias. Se trata de un conflicto asimétrico. Por lo tanto, su brutalidad se expresa de diferentes maneras. Uno corta cabezas, el otro pone alfombras de bombas. Ambos son terroristas porque sembrar el terror es su principal objetivo. El miedo como arma política se está convirtiendo cada vez más en la norma de nuestro tiempo.

En ningún lugar del mundo existe un país que pertenezca “al pueblo”. En todas partes, la tierra y todo lo que hay en ella pertenece a sus dueños. No existe un solo ejemplo de lucha de liberación nacional que haya liberado al grueso de la población del hambre y la impotencia. Cada una de ellas ha sido una lucha entre entidades capitalistas y los izquierdistas siempre han tenido un bando al que apoyar.

Los mismos grupos de izquierda que ahora creen que oponerse al castigo colectivo de Gaza implica apoyar a Hamás, creían que oponerse a la guerra de Vietnam implicaba apoyar al Estado estalinista norvietnamita. Dos millones de personas murieron en esa guerra. Vietnam “ganó”. Ahora es un Estado policial que se ha convertido en un socio comercial y militar menor del país del que se “liberó”. Los vietnamitas ahora trabajan en fábricas para el mercado estadounidense con salarios más bajos que en China, llevando pañales para eliminar las pausas para ir al baño. Ahora pueden beber Coca-Cola en Hanoi. O Pepsi, hay libertad de elección.

Podríamos seguir con la lista, pero iríamos demasiado lejos. Evidentemente, esto no significa que los regímenes coloniales fueran mejores. Que el grueso de la población de la mayoría de los países liberados del yugo colonial viva en una gran miseria no se debe a su “liberación” nacional, sino a pesar de ella. Pero hace que uno se dé cuenta de que la lucha nacional no conduce a una liberación real. Al contrario, sobre todo en nuestros tiempos, es un obstáculo. Que se hayan abolido los regímenes coloniales con su racismo inherente es algo positivo. Pero incluso a partir de un avance innegable como la abolición del apartheid en Sudáfrica, tenemos que ver los límites. Se trata de un país donde la brecha entre ricos y pobres es una de las mayores del mundo, donde el desempleo es más alto que nunca, donde huelguistas son acribillados con ametralladoras, donde los trabajadores indocumentados son encarcelados… la lucha por la libertad real allí, aún no ha comenzado.

Turner y Bacon

Otro ejemplo utilizado por los apologistas de Hamás es la rebelión de Turner. Nat Turner era un esclavo que lideró una sangrienta rebelión en Virginia en 1831. Su objetivo era matar al mayor número posible de blancos. Familias enteras fueron masacradas. En su opinión, esta masacre, al igual que la de Hamás del 7 de octubre, no fue culpa de quienes la cometieron. Es -en la famosa frase de Franz Fanon- “la violencia del colonizador que se vuelve contra el opresor”.

Eso reduce a Turner y a Hamás a criaturas sin voluntad propia, autómatas que reflejan la violencia recibida como una pared refleja una pelota de tenis. Como si no tuvieran otra opción. Sin embargo, también hay ejemplos de levantamientos contra el opresor que no se convirtieron en guerras raciales o étnicas. La primera gran rebelión en América fue la de Bacon en 1676-1677. En ella, blancos pobres y esclavos negros lucharon juntos contra el gobierno colonial de Virginia. Capturaron la entonces capital, Jamestown. Sólo cuando llegó un ejército expedicionario de Inglaterra se pudo sofocar la rebelión.

Los esclavos negros y los proletarios blancos tenían los mismos intereses. Incluso dejando de lado el aspecto moral (y no quiero idealizar la rebelión de Bacon en este aspecto), debería quedar claro que los esclavos que lucharon con Bacon eligieron un método de lucha mucho más eficaz e inteligente que los que siguieron a Turner: una alianza basada en clases sociales con intereses comunes y no en el color de la piel o la religión. Los gobernantes coloniales también lo comprendieron. La rebelión de Bacon causó pánico en sus círculos. Era grande el temor de que blancos y negros sin poder, volvieran a luchar juntos. Poco después se introdujeron los Códigos de Esclavitud de Virginia, un sistema de apartheid que endurecía la naturaleza racial de la esclavitud y limitaba estrictamente el contacto entre blancos y negros.

La realidad ineludible es que los esclavos negros no pudieron emanciparse sin la ayuda de la clase trabajadora blanca, y la población negra actual de Estados Unidos también necesita desesperadamente esa solidaridad supra-racial. Lo mismo puede decirse de los palestinos. No pueden liberarse sin el apoyo de la clase obrera israelí. Y no pueden conseguirlo, como Turner, asesinando a tantos judíos como sea posible. Al igual que los que estaban en el poder tras la rebelión de Bacon hicieron todo lo posible para separar a blancos y negros, los que están en el poder en Israel/Palestina, los sionistas y los islamistas, están haciendo todo lo posible para enfrentar a judíos y árabes. Todo para impedir que los proletarios palestinos e israelíes descubran que tienen intereses comunes.

¿Se trata de una guerra anticolonial?

Israel, al igual que Estados Unidos, se creó mediante la colonización acompañada de la expulsión de la mayoría de la población original. Si se ponen uno al lado del otro mapas de diferentes años, se puede seguir de cerca el crecimiento de ambos países y la reducción del territorio de los “nativos”. Y continúa. Se aceleró en Jordania bajo el último gobierno de extrema derecha de Netanyahu y desde que comenzó la guerra actual ha ido a toda máquina, con los colonos como fanáticas tropas de choque. Como hizo Estados Unidos con los pueblos originarios, el Estado sionista quiere encerrar a todos los palestinos en reservas.

También hay un parecido ideológico con el colonialismo europeo, dice Minassian:

“Israel ha heredado la lógica europea que consiste en “animalizar” la mano de obra basándose en criterios raciales, trazando una barrera entre el mundo civilizado y el precivilizado. Este paradigma está en pleno apogeo en Israel, actualmente se está masacrando a la población de Gaza según esta lógica: se les entierra bajo bombas sin otro fin político que el de “apaciguarles”, recordarles la jerarquía que separa a los grupos humanos en esta parte del mundo. “Si un perro muerde, se dispara a la jauría”.

Y añadió: “Es importante recordar que los límites entre civilizado y animal son fluidos. Estaban y están activas dentro de la propia ciudadanía judeo-israelí. Los judíos árabes (mizrahis) o etíopes (fallashas) estuvieron durante mucho tiempo del lado equivocado de la valla y eran una especie de tropas auxiliares nativas utilizadas para apaciguar a los otros nativos”.

Pero también hay diferencias con las guerras coloniales. Estas últimas son entre una población originaria, dirigida por cuadros de la clase social superior indígena, y una potencia extranjera que controla el Estado y cosecha la mayor parte de los beneficios de la economía nacional. Una lucha entre dos países. Ese no es el caso en Israel/Palestina, afirma Minassian, y en ese sentido, dice, el conflicto no es colonial. Se trata, de hecho, de un país, una economía, centrada en Tel Aviv, de la que las ciudades de Cisjordania y Gaza son los empobrecidos suburbios marginales. Los gazatíes también utilizan dinero israelí, productos israelíes, documentos de identidad israelíes. Los proletarios palestinos e israelíes son segmentos de un mismo todo. Muchos palestinos de Cisjordania trabajan, legal o ilegalmente, en Israel y en las colonias. A menudo hablan hebreo, cuenta Minassian:

“Escuché durante tardes a jornaleros de uno de los campos de refugiados [de Cisjordania] contar como se produce la etnización de la mano de obra en las obras de la capital israelí: los promotores de la construcción son judíos asquenazíes, los palestinos israelíes reclutan trabajadores de los territorios ocupados, los capataces son judíos sefardíes que también hablan árabe, etc. Y luego están todos los demás proletarios importados: tailandeses, chinos, africanos que, como inmigrantes indocumentados, son en realidad los que están en la peor situación. Ninguno de estos grupos puede mezclarse entre sí, cada grupo tiene su propio estatus y su lugar distinto en las relaciones de producción.”

Desde su fundación, Israel, con ayuda principalmente estadounidense, ha avanzado a la velocidad del rayo. Gracias en parte a la utilización, entonces masiva, de la fuerza de trabajo palestina, se convirtió en una economía fuerte, un país muy desarrollado. Pero el fuerte crecimiento se detuvo en la década de 1980: desplome de la bolsa en 1983, inflación del 445% en 1984, déficit récord de la balanza de pagos. A ello siguió la disolución del Bloque del Este, que trajo consigo una inmigración masiva, especialmente de judíos rusos. Estos dos acontecimientos hicieron que la industria israelí necesitara mucha menos mano de obra palestina. El desempleo palestino se disparó. Israel se convirtió en puntero en la industria de alta tecnología pero, como ningún otro país entre los punteros, tiene una enorme cantidad de proletarios “innecesarios” a su cargo. En este sentido, Minassian ve en la economía israelo-palestina una metáfora de la economía mundial.

La respuesta del Estado israelí a esta situación es una política de segregación, de encerrar a los palestinos en enclaves y ceder su gestión a subcontratistas locales.

“Este gran cerco, esta operación de separación entre proletarios necesarios y sobrantes sobre una base étnico-religiosa, comenzó al mismo tiempo que el proceso de paz, que era en realidad un proceso de externalización del control social de los sobrantes”, afirma Minassian. El conflicto subsiguiente no es, por tanto, una guerra colonial:

“Estamos en una situación en la que se trata menos de la explotación de una población indígena que de la gestión de una población proletaria excedente, en proporciones únicas en los centros de acumulación capitalista. Por cada trabajador con contrato laboral en Israel, hay otro que se mantiene en uno de los grandes suburbios cerrados que forman los centros de asentamiento bajo jurisdicción palestina: la Franja de Gaza y las ciudades de Cisjordania. Son casi cinco millones de proletarios encerrados a pocos kilómetros de Tel Aviv, invisibles, viviendo de la venta de su fuerza de trabajo día a día, vigilados por soldados para que no salgan de sus celdas.”

Gaza, más que las ciudades y campos de refugiados cisjordanos , es un basural de la economía israelí. El desempleo juvenil supera allí el 70%, antes de la invasión. Todos esos trabajadores excedentes sobreviven en la economía marginal con la ayuda financiera de diversas fuentes, Israel incluido. Ese dinero lo distribuyen los subcontratistas, Hamás y la llamada Autoridad Palestina, que también desempeñan otras funciones estatales, principalmente el cumplimiento del “orden” pero también subiendo impuestos, obligando a jóvenes a alistarse en su ejército, sometiendo a otras bandas paramilitares, etc. Los subcontratistas compiten entre sí, tratando de recuperar su menguante control sobre el desilusionado público palestino. Al mismo tiempo, intentan reforzar su posición frente a su cliente, el Estado israelí. Según Minossian, es aquí donde debemos buscar la explicación de la estrategia de Hamás. Hamás quiere hacerse “indispensable”. Esto no tiene nada que ver con las luchas de liberación.

No es un conflicto local

Pero la dinámica interna en Israel-Palestina es sólo una parte de la historia. Se trata también de un conflicto geopolítico entre Estados Unidos y sus competidores.

La fundación de Israel vino acompañada de una oleada de descolonización cuando la presión estadounidense puso fin a la mayoría de los regímenes coloniales europeos tras la Segunda Guerra Mundial. Ambas fueron el resultado de un desplazamiento del poder mundial de Europa a Estados Unidos. Una colonia blanca militarizada con un poderoso ejército equipado con armas americanas encajaba perfectamente en los planes geopolíticos estadounidenses para Medio Oriente. Y a medida que crecía la importancia de la riqueza petrolífera, también aumentaba la importancia de Israel para Washington. Desde sus inicios y todavía hoy, el marco geopolítico determina lo que ocurre en Israel-Palestina. En ese sentido, tampoco se trata de una guerra colonial, sino de un conflicto interimperialista. Escribimos más sobre esto en el artículo anterior, “El mundo de muerte del capitalismo”. La política estadounidense de formar una fuerte alianza proestadounidense en torno a Israel y Arabia Saudí contra Irán fue un factor importante. Irán es el principal proveedor del ala militar de Hamás (el ala política “más moderada” está financiada por Qatar), al igual que Estados Unidos es el principal proveedor de las Fuerzas de Defensa de Israel. La mayor parte del dinero y las armas utilizadas para librar la guerra proceden de otros países. Sólo las bajas son locales.

En dicho artículo, señalábamos la falta de perspectiva de la economía mundial. La crisis sistémica está desestabilizando, sacudiendo los equilibrios existentes. El aumento del armamento y de los conflictos militares es una tendencia mundial. Los frentes congelados se derriten, vuelven a activarse: en Ucrania, en África, en Karabagh y ahora en Gaza. No se trata de nuevos conflictos, sino de conflictos ya existentes que de repente recrudecen.Es de esperar que en los próximos años exploten más polvorines.

Cómo gestionar y controlar el excedente se está convirtiendo cada vez más en un problema central del orden mundial capitalista. Israel puede ser un precursor en este sentido. Lo que está ocurriendo ahora en Gaza, según Minassian, “no es una guerra, sino el control del proletariado excedente por medios militares equivalentes a una guerra total, por parte de un Estado democrático y civilizado que forma parte del bloque central de acumulación”. Los miles de muertos en Gaza, continuó, “pintan un cuadro aterrador del futuro – de las próximas crisis del capitalismo”.

Ese capitalismo parece haber entrado en un nuevo periodo en el que la guerra desempeña un papel cada vez más importante. Un período en el que aprendemos a admirar a los soldados y a los “luchadores por la libertad”, a aplaudir o a hacer la vista gorda ante los asesinatos en masa, a considerar normales la muerte y la destrucción por la patria, a tomar partido en conflictos en los que la gente corriente es siempre la perdedora.

La liberación no vendrá a través de la guerra y los ataques terroristas, sino a través de la solidaridad y la conciencia de los intereses comunes del trabajador colectivo, independientemente de su color o credo. Cuando las alcancemos sabremos que hacer. Cualquier cosa que impida su crecimiento se interpone en el camino de la liberación. En primer lugar, el nacionalismo, la separación de las personas por motivos étnicos, religiosos o raciales. Así que, fuera esas banderas palestinas e israelíes, fuera eslóganes como “Palestina será libre, del río al mar”: eso es un grito de guerra, no un llamamiento a detener la guerra. Detener la guerra en lugar de luchar en ella, esa debería ser la primera exigencia ahora. ¡Armisticio ya! Liberación de los rehenes y presos, ¡ya! Desbloqueo de Gaza ¡ya! Detener los pogromos en Cisjordania ¡ya! Basta de dolor, basta de sangre, ¡construyamos la solidaridad sobre una base antinacionalista!

Sanderr .15-11-2023

Este mural y el de arriba son obras de Banksy en Gaza

Les bellicistes de gauche et de droite

Le monde regarde avec horreur l’une des armées les plus avancées de la planète détruire une zone urbaine enclavée, pour l’essentiel sans défense, comme on tire sur des poissons dans un tonneau1. Il n’est pas étonnant que l’indignation soit générale et que le monde entier réclame l’arrêt de cette folie. Mais plutôt que d’arrêter la guerre, de nombreux gauchistes veulent la poursuivre, au côté du Hamas. Et ils veulent que nous ignorions les violences commises par leur camp contre des innocents parce qu’elles ont été commises pour une bonne cause. Etait-ce le cas ?

Les apologistes du Hamas affirment que son armée est composée de combattants de la liberté autochtones, s’élevant contre une puissance coloniale, et que l’histoire des guerres coloniales montre que ces conflits sont inévitablement brutaux, faisant de nombreuses victimes innocentes des deux côtés. Il appartient aux “combattants de la liberté” de décider de la manière dont ils mènent leur lutte, affirment-ils, et ceux qui soutiennent la libération du “peuple palestinien” ne devraient pas remettre en question leurs méthodes. Surtout pas s’ils sont blancs et vivent dans des pays qui eurent eux-mêmes des colonies. La honte du comportement passé ou présent de “leurs” pays doit faire taire toute pensée critique sur les tactiques et les objectifs de la lutte “anticoloniale”. Ils ne sont pas bien placés pour “donner des leçons de morale à la résistance”.

Les apologistes de l’autre camp, les sionistes, utilisent exactement le même argument. La honte de la persécution antisémite passée des Juifs en Europe doit faire taire toute critique de l’État sioniste. Parce qu’il y a eu l’Holocauste, parce qu’il y a eu la Naqba : chaque camp prétend que la brutalité qui lui a été infligée justifie la brutalité qu’il utilise.

Mais ce n’est pas la couleur de votre peau ou votre pays de naissance qui détermine si votre point de vue est correct ou erroné.

Je me souviens d’une discussion que j’ai eue en 1976 avec des amis gauchistes qui disaient que nous ne devions pas critiquer les Khmers rouges de Pol Pot ; parce que nous étions des Européens blancs, nous n’avions pas le droit de le faire. Selon eux, les Khmers rouges étaient des combattants de la liberté ; les dénoncer revenait à soutenir l’impérialisme américain. Aujourd’hui, bien sûr, plus personne ne cherche d’excuses aux exterminations de Pol Pot. Oui, mais c’était différent, pourraient-ils objecter, les Khmers rouges ont surtout assassiné leur propre peuple. C’est vrai. Mais c’est aussi le cas du Hamas.

Comme nous l’expliquons dans Capitalism’s Death World, il est indéniable que le Hamas savait que son action du 7 octobre provoquerait des morts et des destructions massives à Gaza et qu’il a froidement décidé que le jeu en valait la chandelle. Sommes-nous encore assez humains pour nous indigner du sacrifice de plusieurs milliers d’êtres humains pour la soif de pouvoir du Hamas ?

Pourquoi le Hamas se bat-il ?

Les “combattants de la liberté” comme le Hamas et le Djihad islamique luttent-ils pour la libération ? Libération de qui et de quoi ? Les habitants de Gaza et de Cisjordanie seraient-ils libres s’ils vivaient dans un État islamique du Hamas ? Qu’est-ce que cela signifie, “une Palestine libre” ?

Le but et les moyens sont étroitement liés. Tout ce que fait le Hamas – réprimer violemment les grèves, emprisonner et torturer les opposants, tuer des civils, prendre en otage des enfants et des personnes âgées, etc. – montre quel est son objectif : établir un État fort qui bafoue impitoyablement les libertés de ses citoyens. L’été dernier, de nombreuses manifestations sociales ont eu lieu à Gaza. Des manifestations pour réclamer de l’eau, de l’électricité, de meilleurs salaires. Le Hamas les a réprimées, mais moins violemment que les années précédentes (en particulier en mars 2019), comme s’il craignait de jeter de l’huile sur le feu. La spectaculaire offensive du Hamas du 7 octobre a suivi cet été chaud. Un lien entre les deux événements n’est pas impossible. Le Hamas cherchait à restaurer son prestige, tant à Gaza qu’en Cisjordanie. On pouvait raisonnablement s’attendre à ce que cette action ait cette conséquence. L’impuissance des Palestiniens, dit le spécialiste de la Palestine Emilio Minassian, « produit une logique de ressentiment double : recherche de reconnaissance d’un côté, de vengeance de l’autre ».

Le Hamas n’est ni pire ni plus cruel que l’État israélien. Ils agissent tous deux selon une logique similaire conduisant à l’effusion du sang d’innocents. Mais si leurs moyens diffèrent, il en va de même de leurs tactiques et de leurs stratégies. Il s’agit d’un conflit asymétrique. Par conséquent, leur brutalité s’exprime de différentes manières. L’un coupe des têtes, l’autre pose des tapis de bombes. Tous deux sont des terroristes, car semer la terreur est leur principal objectif. La peur comme arme politique devient de plus en plus la norme à notre époque.

Nulle part dans le monde, il n’existe de pays qui appartienne au “peuple”. Partout, la terre et tout ce qu’elle contient appartient aux propriétaires. Il n’existe pas un seul exemple de lutte de “libération” nationale qui ait libéré la majeure partie de la population de la faim et de l’impuissance. Chacune d’entre elles a été une lutte entre des entités capitalistes et les gauchistes ont toujours eu un camp à soutenir.

Les mêmes groupes de gauche, qui pensent aujourd’hui que s’opposer à la punition collective de Gaza implique de soutenir le Hamas, pensaient que s’opposer à la guerre au Viêt Nam impliquait de soutenir l’État stalinien nord-vietnamien. Deux millions de personnes sont mortes dans cette guerre. Le Viêt Nam a “gagné”. Aujourd’hui, c’est un État policier qui est devenu un partenaire commercial et militaire subalterne du pays dont il s’est “libéré”. Les Vietnamiens travaillent désormais dans des usines pour le marché américain à des salaires inférieurs à ceux de la Chine, avec des langes pour réduire les pauses toilettes. Ils peuvent désormais boire du Coca-Cola à Hanoï. Ou du Pepsi, c’est la liberté de choix.

Nous pourrions énumérer la liste des “libérations” nationales, mais cela nous mènerait trop loin. Évidemment, cela ne signifie pas que les régimes coloniaux étaient meilleurs. Si, dans la plupart des pays libérés du joug colonial, la majeure partie de la population vit dans une grande misère, ce n’est pas à cause, mais en dépit de leur “libération” nationale. Mais cela montre clairement que la lutte nationale est par définition une lutte bourgeoise qui ne mène pas à une véritable libération. Au contraire, surtout à notre époque, c’est un obstacle. L’abolition des régimes coloniaux et de leur racisme inhérent est une bonne chose. Mais même dans le cas d’un progrès indéniable comme l’abolition de l’apartheid en Afrique du Sud, nous devons en voir les limites. Il s’agit d’un pays où le fossé entre les riches et les pauvres est l’un des plus importants au monde, où le chômage est plus élevé que jamais, où les grévistes sont abattus à la mitrailleuse, où les travailleurs sans papiers sont jetés en prison… la lutte pour une véritable liberté n’a pas encore commencé dans ce pays.

Turner et Bacon

Un autre exemple utilisé par les apologistes du Hamas est la rébellion de Turner. Nat Turner était un esclave qui a mené une rébellion sanglante en Virginie en 1831. Son objectif était de tuer autant de Blancs que possible. Des familles entières ont été massacrées. Pour eux, ce massacre, comme celui du Hamas du 7 octobre, n’est pas la faute de ceux qui l’ont commis. C’est, comme l’a dit Franz Fanon, “la violence du colonisateur qui se retourne contre l’oppresseur”.

Cela réduit Turner et le Hamas à des acteurs sans volonté propre, sans capacité de décision, juste des automates qui renvoient la violence reçue comme un mur renvoie une balle de tennis. Comme s’ils n’avaient pas d’autre choix. Cependant, il existe également des exemples de soulèvements contre l’oppression qui ne se sont pas transformés en guerres raciales ou ethniques. La première grande rébellion en Amérique a été la révolte de Bacon en 1676-1677. Lors de celle-ci, des Blancs pauvres et des esclaves noirs se sont battus ensemble contre le gouvernement colonial de Virginie. Ils se sont emparés de la capitale de l’époque, Jamestown. Ce n’est qu’avec l’arrivée d’une armée expéditionnaire venue d’Angleterre que la rébellion a pu être réprimée.

Les esclaves noirs et les prolétaires blancs avaient les mêmes intérêts. Même en laissant de côté l’aspect moral (et je ne veux certainement pas idéaliser la rébellion de Bacon sur ce point), il devrait être clair que les esclaves qui ont combattu avec Bacon ont choisi une méthode de lutte beaucoup plus efficace et intelligente que ceux qui ont suivi Turner : une alliance basée sur des classes sociales ayant des intérêts communs plutôt que sur la couleur de la peau ou la religion. Les puissances coloniales l’ont également compris. La rébellion de Bacon a semé la panique dans leurs milieux. La crainte était grande de voir des Blancs et des Noirs exploités se battre à nouveau ensemble. Peu après, des lois concernant les domestiques et les esclaves, les « Virginia Slave Codes », ont été introduites, induisant un système d’apartheid qui renforçait la nature raciale de l’esclavage et limitait strictement les contacts entre Blancs et Noirs.

La réalité incontournable est que les esclaves noirs n’ont pas pu s’émanciper sans l’aide de la classe ouvrière blanche et que le prolétariat noir des États-Unis a aujourd’hui aussi désespérément besoin de cette solidarité au-delà des races. Il en va de même pour les Palestiniens. Ils ne peuvent pas se libérer sans le soutien de la classe ouvrière israélienne. Et ils ne peuvent pas l’obtenir en assassinant autant de Juifs que possible, à la manière de Turner. De même que le pouvoir après la rébellion de Bacon a tout fait pour séparer les Blancs des Noirs, le pouvoir en Israël-Palestine, les sionistes et les islamistes, font tout pour dresser les Juifs et les Arabes les uns contre les autres. Tout faire pour empêcher les prolétaires palestiniens et israéliens de découvrir qu’ils ont des intérêts communs.

Une guerre anticoloniale ?

Israël, comme les États-Unis, a été créé par l’installation d’Européens majoritairement blancs sur des terres dont la plupart des habitants avaient été expulsés. Si l’on met côte à côte des cartes datant de différentes années, on peut suivre de près la croissance des deux pays et le rétrécissement du territoire des “autochtones”. Et cette expulsion des autochtones se poursuit. Elle s’est accélérée en Cisjordanie sous le dernier gouvernement de droite dure de Netanyahou et, depuis le début de la guerre actuelle, elle est passée à la vitesse supérieure, les colons jouant le rôle de troupes de choc fanatiques. Comme les États-Unis l’ont fait avec les Indiens, l’État sioniste veut enfermer les Palestiniens dans des réserves.

Cependant, Israël n’est pas une puissance coloniale qui étend son territoire, il contrôle déjà le territoire. Ce qu’il fait, c’est gérer ses habitants, les reléguant dans différentes zones qui assureront leur division et donc la domination de l’État.

Ainsi, bien que les tactiques soient similaires, il ne s’agit pas d’une guerre coloniale. Mais comme le souligne Minassian, il existe également une similitude idéologique avec le colonialisme européen :

« Israël hérite de cette logique européenne qui consiste à « animaliser » la force de travail sur la base de critères raciaux, à tracer une barrière entre monde civilisé et monde pré-civilisé. Ce paradigme agit à plein régime en Israël, et de manière assumée. Présentement, on massacre les Gazaouis selon cette logique : on les noie sous les bombes sans autre objectif politique que de les « calmer », de rappeler la hiérarchie qui sépare les groupes humains dans cette région du monde. Un chien mord, on abat la meute ».

Il ajoute : « Il faut rappeler que ces frontières entre le civilisé et l’animal sont mouvantes. Elles ont été, et demeurent, agissantes au sein même de la citoyenneté israélienne juive. Les juifs arabes (mizrahis) ou éthiopiens (fallashas) étaient longtemps du mauvais côté de la barrière, et constituaient des sortes de supplétifs indigènes utilisés pour calmer d’autres indigènes ».

Mais les guerres coloniales opposent une population autochtone, dirigée par des cadres issus de la classe sociale supérieure autochtone, à une puissance étrangère qui contrôle l’État et récolte l’essentiel des bénéfices de l’économie nationale. Une lutte entre deux pays. Ce n’est pas le cas en Israël-Palestine, dit Minassian, et en ce sens, dit-il, le conflit n’est pas colonial. Il s’agit, de fait, d’un seul pays, d’une seule économie, centrée sur Tel-Aviv, dont les villes de Cisjordanie et de Gaza sont les banlieues marginalisées et appauvries. Les habitants de Gaza utilisent également de l’argent israélien, des produits israéliens et des cartes d’identité israéliennes. Les prolétaires palestiniens et israéliens sont des segments d’un même ensemble. De nombreux Palestiniens de Cisjordanie travaillent, légalement ou illégalement, en Israël et dans les colonies. Ils parlent souvent l’hébreu. Minassian raconte :

« J’ai passé des soirées à écouter des travailleurs journaliers d’un de ces camps raconter comment l’ethnicisation de la force de travail se déployait sur les chantiers de la capitale israélienne : les promoteurs juifs ashkénazes, les prestataires Palestiniens de 1948 pour le passage de la main-d’œuvre des Territoires occupés, les contremaîtres juifs séfarades eux aussi arabophones, etc. Et puis tous les autres prolétaires importés : les Thaïlandais, les Chinois, les Africains, qui, sans-papiers, sont en réalité ceux dont la situation est la pire. Tout ça ne peut pas se mélanger, car chaque groupe a un statut et une place distincte dans les rapports de production ».

Depuis sa création, Israël s’est développé à une vitesse fulgurante, principalement avec l’aide des États-Unis. En grande partie grâce à l’utilisation massive de la main-d’œuvre palestinienne, cet État est devenu une économie forte, un pays hautement développé. Mais cette forte croissance s’est arrêtée dans les années 1980 : krach boursier en 1983, inflation de 445 % en 1984, déficit record de la balance des paiements. Cette période a été suivie par la dissolution du bloc de l’Est, qui a entraîné une immigration massive, en particulier de Juifs russes. L’industrie israélienne avait donc beaucoup moins besoin de la main-d’œuvre palestinienne. Le chômage palestinien est monté en flèche. Israël est devenu un leader de l’industrie de haute technologie mais, comme aucun autre pays parmi les leaders, il a à sa charge une énorme quantité de prolétaires “inutilisables”. En ce sens, Minassian voit dans l’économie israélo-palestinienne une métaphore de l’économie mondiale.

La réponse de l’État israélien à cette situation a été une politique de séparation consistant à enfermer les Palestiniens dans des enclaves, et à en confier la gestion à des sous-traitants locaux.

« Ce grand enfermement, cette opération de séparation entre prolétaires utiles et prolétaires surnuméraires sur une base ethnico-religieuse, débute en même temps que s’amorce le processus de paix, qui est en réalité un processus d’externalisation du contrôle social des surnuméraires », explique Minassian. Ainsi, contrairement à un conflit colonial :

« On est dans une situation où ce qui est en jeu, c’est moins l’exploitation d’une force de travail indigène que la gestion d’une population prolétarienne excédentaire, dans des proportions uniques au sein des centres d’accumulation capitalistes. Pour chaque travailleur avec un contrat de travail en Israël, il y en a un autre maintenu dans une des grandes banlieues fermées que constituent les centres de peuplement sous juridiction palestinienne : la bande de Gaza et les villes de Cisjordanie. Ça fait près de cinq millions de prolétaires parqués à quelques kilomètres de Tel-Aviv, invisibles, vivant de la vente de leur force de travail au jour le jour, gardés par des soldats pour qu’ils ne sortent pas de leurs cages ».

Gaza, plus encore que les villes et les camps de réfugiés de Cisjordanie, est une poubelle de l’économie israélienne. Le taux de chômage des jeunes y dépasse les 70 % (avant l’invasion actuelle). Tous ces travailleurs excédentaires survivent dans l’économie informelle grâce à l’aide financière de diverses sources, dont Israël. Cet argent est distribué par les sous-traitants, le Hamas et la soi-disant Autorité palestinienne, qui remplissent également d’autres fonctions étatiques, principalement le maintien de “l’ordre”, mais aussi l’augmentation des impôts, l’enrôlement forcé de jeunes hommes dans leur armée, la soumission d’autres bandes para-militaires, etc. Les sous-traitants sont en concurrence les uns avec les autres, essayant de regagner leur emprise sur le public palestinien désillusionné. Dans le même temps, ils cherchent à renforcer leur position face à leur client, l’État israélien. Selon Minassian, c’est là qu’il faut chercher l’explication de la stratégie du Hamas. Celui-ci veut se rendre “incontournable”. Cela n’a rien à voir avec une lutte de libération.

Pas un conflit local

Mais la dynamique interne en Israël-Palestine n’est qu’une partie de l’histoire. Il s’agit également d’un conflit géopolitique entre l’Amérique et ses adversaires.

La création d’Israël s’est accompagnée d’une vague de décolonisation, la pression américaine ayant mis fin à la plupart des régimes coloniaux européens après la Seconde Guerre mondiale. Dans les deux cas, il s’agissait du résultat d’un déplacement du pouvoir mondial de l’Europe vers les États-Unis. Une colonie blanche militarisée, dotée d’une armée puissante et équipée par les Américains, s’inscrivait parfaitement dans les plans géopolitiques des États-Unis pour le Moyen-Orient. L’importance d’Israël pour Washington s’est accrue au fur et à mesure que les ressources pétrolières prenaient de l’importance. Depuis le début, et encore aujourd’hui, le cadre géopolitique détermine ce qui se passe en Israël-Palestine. En ce sens aussi, il ne s’agit pas d’une guerre coloniale, mais d’un conflit inter-impérialiste. Nous avons développé ce sujet dans l’article précédent : Capitalism’s Death World. La politique américaine consistant à former une alliance pro-américaine forte autour d’Israël et de l’Arabie saoudite contre l’Iran a été un facteur important. L’Iran est le mécène de l’aile militaire du Hamas (l’aile politique “plus modérée” est financée par le Qatar), tout comme les États-Unis sont le mécène de l’armée israélienne. L’essentiel de l’argent et des armes utilisés dans la guerre proviennent d’autres pays. Seules les victimes sont locales.

Dans cet article, nous soulignions l’absence de perspective de l’ordre mondial capitaliste, la certitude que sa crise s’aggravera. La crise systémique déstabilise le monde, ébranle les équilibres existants. L’augmentation des dépenses d’armement et des conflits militaires est une tendance globale. Les fronts gelés fondent, redeviennent actifs : en Ukraine, en Afrique, au Karabagh et maintenant à Gaza. Il ne s’agit pas de nouveaux conflits, mais de conflits existants qui s’enflamment soudainement. Il faut s’attendre à ce que d’autres poudrières explosent dans les années à venir.

La manière de gérer et de contrôler les fractions inutilisables de la main-d’œuvre devient un problème de plus en plus central dans l’ordre mondial capitaliste. Israël pourrait être un précurseur à cet égard. Ce qui se passe actuellement à Gaza, selon Minassian, « n’est pas une guerre, mais c’est une gestion du prolétariat surnuméraire avec des moyens militaires qui sont ceux de la guerre totale, de la part d’un État démocratique, civilisé, appartenant au bloc central de l’accumulation ». Les milliers de morts à Gaza, poursuit-il, « dessinent une image terrifiante de l’avenir – des crises du capitalisme à venir ».

Le capitalisme semble être entré dans une nouvelle période où la guerre joue un rôle croissant. Une période au cours de laquelle nous apprenons à admirer les soldats et les “combattants de la liberté”, à applaudir ou à fermer les yeux sur les massacres, à considérer que la mort et la destruction pour la patrie sont normales et à prendre parti dans des conflits où les gens ordinaires sont toujours les perdants.

La libération ne passera pas par la guerre et les attentats, mais par la solidarité et la conscience des intérêts communs du travailleur collectif, sans distinction de couleur ou de croyance. Lorsque nous les aurons atteints, nous saurons quoi faire. Tout ce qui entrave leur développement fait obstacle à la véritable libération. En premier lieu, le nationalisme, la séparation des peuples sur une base ethno-religieuse ou raciale. Alors, à bas les drapeaux palestiniens et israéliens, à bas les slogans comme “La Palestine sera libre, du fleuve à la mer” : c’est un cri de guerre, pas un appel à arrêter la guerre. Arrêter la guerre au lieu de s’y battre, telle doit être la première exigence aujourd’hui. Cessez le feu maintenant ! Libérez les otages maintenant ! Arrêtez le siège de Gaza maintenant ! Arrêtez les pogroms en Cisjordanie maintenant ! Non à l’antisémitisme, non à l’islamophobie ! Assez de douleur, assez de sang, construisons la solidarité sur une base anti-nationaliste !

Sanderr

15/11/2023


Ce dessin et celui en tête d’article ont été fait par Banksy à Gaza

Ce texte a été traduit par des camarades de Controverses

1 NdT : traduction littérale de « like shooting fish in a barrel » que l’on peut restituer en français par ‘comme on tire sur des animaux en cage’.

WARMONGERS LEFT AND RIGHT

The world watches in horror as one of the most advanced armies on earth is destroying a mostly defenseless enclosed urban zone, like shooting fish in a barrel. No wonder there is widespread outrage and a worldwide demand to stop this madness. But rather than to stop the war, many leftists want to continue it, on the side of Hamas. And they want us to ignore the violence against innocents committed by their side because it was done for a good cause. Was it?

The apologists of Hamas claim that its army are indigenous freedom fighters rising up against a colonial power and that the history of colonial wars shows that these conflicts are inevitably brutal, with many innocent victims on both sides. It is up to the ‘freedom fighters” to decide how they wage their struggle, they claim, and those who support the liberation of “the Palestinian people” should not question their methods. Especially not if they are white and living in countries which had colonies themselves. Shame about the past or present behavior of “their” countries should silence any critical thought on the tactics and goals of the “anti-colonial” struggle. They are not well placed “to hand out moral lessons to the resistance.”

The apologists of the other side, the Zionists, use exactly the same argument. Shame about the past anti-Semitic persecution of Jews in Europe must silence any critique of the Zionist state. Because there was the Holocaust, because there was the Naqba: each side claims that the brutality inflicted on them justifies the brutality they use.

But it is not your skin color or country of birth which determines whether your point of view is right or wrong.

I remember a discussion I had back in 1976 with leftist friends who said we should not criticize Pol Pot’s Khmer Rouge; because we were white Europeans we had no right to do so. According to them the Khmer Rouge were freedom fighters; denouncing them meant supporting US. imperialism. Today, of course, nobody seeks excuses for Pol Pot’s killing fields anymore. Yes but that was different, they might object, the Khmer Rouge mostly murdered its own people. Right. But so does Hamas.

As IP argued in “Capitalism’s Death World”, there is no denying that Hamas knew that its October 7 action would cause mass death and destruction in Gaza and that they chillingly decided that it was worth the price. Are we still human enough to be outraged about this sacrifice of many thousands of fellow human beings for Hamas’ lust for power?

What is Hamas fighting for?

Are “freedom fighters” like Hamas and Islamic Jihad fighting for liberation? Liberation of whom from what? Would the residents of Gaza and the West Bank be free if they lived in an Islamist Hamas state? What does that mean, “Palestine free”?

Goal and means are closely linked. Everything Hamas does – violently suppressing strikes, imprisoning and torturing opponents, killing civilians, taking children and the elderly hostage, etc. – shows what its goal is: to establish a strong state that ruthlessly tramples on the freedoms of its citizens. This past summer there were many social protests in Gaza. Demonstrations demanding water, electricity, better wages. Hamas suppressed those, but less violently than in previous years (especially in March 2019), as if they were afraid to throw oil on the fire. The spectacular Hamas outbreak of Oct. 7 followed that hot summer. A connection between the two events is not impossible. Hamas was seeking to restore its prestige, both in Gaza and the West Bank. That this action would have that consequence was a reasonable expectation. The powerlessness of the Palestinians, says the Palestine expert Emilio Minassian, “produces a logic of double resentment: desire for recognition on the one hand and for revenge on the other.”

Hamas is no worse or more cruel than the Israeli state. They both act from a similar logic that leads to the blood shedding of the innocent. But as their means differ, so do their tactics and strategies. It is an asymmetrical conflict. Therefore, their brutality expresses itself in different ways. One chops off heads, the other lays bomb carpets. Both are terrorists because sowing terror is their main goal. Fear as a political weapon is becoming more and more the norm in our time.

civilians killed by Hamas (photo Reuters)
Gaza neighborhood pulverized by the IDF (photo Reuters)

Nowhere in the world is there a country that belongs to “the people.” Everywhere the land and everything on it belongs to the owners. There is not a single example of a national ‘liberation’ struggle that freed the bulk of the population from hunger and powerlessness. Every one of them has been a struggle between capitalist entities and the leftists always had a side to support.

The same leftist groups who now believe that opposing the collective punishment of Gaza implies supporting Hamas, believed that opposing the war in Vietnam implied supporting the North Vietnamese Stalinist state. Two million people died in that war. Vietnam “won”. Now it is a police state that has become a junior commercial and military partner of the country from which it “liberated” itself. Vietnamese now work in factories for the American market at wages lower than in China, with diapers on to cut toilet breaks. They now can drink coca-cola in Hanoi. Or pepsi, there’s freedom of choice.

We could go down the list of national “liberations” but that would lead us too far. Obviously, this does not mean that colonial regimes were better. That the bulk of the population in most countries that were freed from the colonial yoke live in great misery is not because of, but in spite of their national “liberation.” But it makes clear that national struggle is by definition a bourgeois struggle that does not lead to true liberation. On the contrary, especially in our time, it is an obstacle. That colonial regimes with their inherent racism were abolished is a good thing. But even of an undeniable advance such as the abolition of Apartheid in South Africa, we must see the limits. This is a country where the gap between rich and poor is among the largest in the world, where unemployment is higher than ever, where strikers are mowed down with machine guns, where undocumented workers are thrown in jail… the struggle for real freedom there has yet to begin.

Turner and Bacon

Another example used by the apologists for Hamas is the Turner rebellion. Nat Turner was a slave who led a bloody rebellion in Virginia in 1831. His goal was to kill as many whites as possible. Entire families were slaughtered. In their view, this massacre, like the Hamas massacre of October 7, was not the fault of those who committed it. It is, as Franz Fanon put it, “the violence of the colonizer that turns against the oppressor.”

That reduces Turner and Hamas to creatures with no will of their own, no agency, just automatons that reflect the violence received like a wall reflects a tennis ball. As if they had no other choice. However, there are also examples of uprisings against oppression that did not become racial or ethnic wars. The first major rebellion in America was the Bacon Rebellion in 1676-1677. In it, poor whites and black slaves fought together against the colonial government in Virginia. They captured the then capital city of Jamestown. Only when an expeditionary army arrived from England could the rebellion be suppressed.

Black slaves and white proletarians had the same interests. Even leaving aside the moral aspect (and I certainly do not want to idealize the Bacon rebellion on that score), it should be clear that the slaves who fought with Bacon chose a much more efficient and intelligent method of struggle than those who followed Turner: an alliance based on social classes with common interests rather than on skin color or religion. The colonial powers understood this, too. The Bacon rebellion caused panic in their circles. The fear was great that white and black powerless people would fight together again. Soon after, the Virginia Slave Codes were introduced, an apartheid system that hardened the racial nature of slavery and strictly limited contact between white and black.

The inescapable reality is that the black slaves could not emancipate themselves without the help of white working class and that the black proletariat in the US. today desperately needs that supra-racial solidarity as well. The same is true for the Palestinians. They cannot liberate themselves without the support of the Israeli working class. And they cannot acquire it by, à la Turner, murdering as many Jews as possible. Just as those in power after the Bacon rebellion did everything in their power to drive white and black apart, those in power in Israel-Palestine, the Zionists and the Islamists, are doing their utmost to pit Jews and Arabs against each other. Anything to prevent Palestinian and Israeli proletarians from discovering that they have common interests.

Is this an anti-colonial war?

Israel, like the US, was created by settling mostly white Europeans on land from which most of the existing inhabitants were expelled. If you put maps from different years side by side, you can closely follow the growth of both countries and the shrinking of the territory of the “natives”. And this expulsion of natives continues. It accelerated on the West Bank under the latest hard-right Netanyahu government, and since the current war began it has been in overdrive, with the settlers as fanatical shock troops. As the US did with the Indians, the Zionist state wants to lock up Palestinians in reservations. However, Israel is not a colonial power extending its territory, it already controls the territory. What it does is managing its inhabitants, pushing them in different zones that will assure their division and thus the dominance of the state.

So while the tactics may be similar, this is not a colonial war. But as Minassian points out, there is also an ideological similarity to European colonialism:

“Israel has inherited the European logic, which consists of “animalizing” the workforce based on racial criteria, drawing a barrier between the civilized and the pre-civilized world. This paradigm is in full swing in Israel; people in Gaza are currently being slaughtered according to this logic: they are being buried under bombs with no other political purpose than to “appease” them, to remind them of the hierarchy that separates human groups in this part of the world. A dog bites, you shoot the pack.”
He adds, “It is important to remember that the boundaries between civilized and animal are fluid. They were and are active within the Israeli-Jewish citizenship itself. Arab Jews (mizrahis) or Ethiopians (fallashas) were for a long time on the wrong side of the fence and were a kind of native auxiliary troops used to appease the other natives.”

But colonial wars are between an indigenous population, led by cadres from the indigenous social upper class, and a foreign power that controls the state and reaps the bulk of the profits of the domestic economy. A struggle between two countries. That is not the case in Israel-Palestine, Minassian says, and in that sense, he says, the conflict is not colonial. It is, de facto, about one country, one economy, centered in Tel Aviv, of which the cities on the West Bank and Gaza are the impoverished marginalized suburbs. Gazans also use Israeli money, Israeli products, Israeli identity cards. Palestinian and Israeli proletarians are segments of the same whole. Many Palestinians from the west bank work, legally or illegally, in Israel and in the colonies. They often speak Hebrew. Minassian recounts:

“I listened for evenings to day laborers from one of the refugee camps [on the West Bank] who told me how the ethnicization of the labor force takes place on the construction sites of the Israeli capital: the construction promoters are Ashkenazi Jews, the Palestinian Israelis provide the recruitment of laborers from the occupied territories, the foremen are Sephardic Jews who also speak Arabic, etc. And then there are all the other imported proletarians: Thais, Chinese, Africans, who as undocumented immigrants are actually the worst off. None of these groups can mix with each other, each group has its own status and distinct place in the relations of production.”

Since its founding, Israel, with mainly American help, has advanced at lightning speed. Thanks in no small part to the then massive use of Palestinian labor power, it became a strong economy, a highly developed country. But the strong growth stalled in the 1980s: stock market crash in 1983, inflation of 445 percent in 1984, record balance of payments deficit. This was followed by the dissolution of the Eastern Bloc, which brought massive immigration, especially of Russian Jews. Those developments meant that Israeli industry needed much less Palestinian labor. Palestinian unemployment skyrocketed. Israel became a front runner in high-tech industry but, like no other country among the front runners, has a huge amount of “unusable” proletarians to its charge. In this sense, Minassian sees in the Israeli-Palestinian economy a metaphor for the global economy.

The Israeli state’s response to that situation was a policy of separation, of enclosing Palestinians in enclaves and handing over management of them to local subcontractors.

“This great enclosure, this operation of separation between useful and surplus proletarians on an ethno-religious basis, began at the same time as the peace process, which in reality was a process of externalization of the social control of the superfluous,” Minassian says. So, in contrast to a colonial conflict

“We find ourselves in a situation where it is less about the exploitation of an indigenous population than about the management of a surplus proletarian population, in proportions unique to the centers of capitalist accumulation. For every worker with a labor contract in Israel, there is another who is maintained in one of the large closed suburbs under Palestinian jurisdiction: the Gaza Strip and West Bank cities. Those are nearly five million proletarians parked a few kilometers from Tel Aviv, invisible, living off the sale of their labor power from day to day, guarded by soldiers so they don’t leave their cage.”

Gaza, more so than the West Bank cities and refugee camps, is a garbage bin of the Israeli economy. Youth unemployment there exceeds 70 percent (before the current invasion). All those surplus workers survive in the marginal economy with financial help from various sources, Israel included. That money is distributed by the subcontractors, Hamas and the so-called Palestinian Authority, which also perform other state functions, primarily maintaining “order” but also raising taxes, forcing young men into their army, subduing other para-military bands etc. The subcontractors compete with each other, trying to regain their waning grip on the disillusioned Palestinian public. At the same time, they seek to strengthen their position against their client, the Israeli state. According to Minassian, therein we must look for the explanation of Hamas’ strategy. Hamas wants to make itself “incontournable”. This has nothing to do with liberation struggle.

Not a local conflict

But the internal dynamics in Israel-Palestine are only part of the story. It is also a geopolitical conflict between America and its challengers.

Israel’s creation was accompanied by a wave of decolonization, as American pressure ended most European colonial regimes after World War II. Both were the result of a global power shift from Europe to the US. A militarized white colony with a powerful, American-equipped army fitted perfectly in the US. geopolitical plans for the Middle East. And as the importance of oil resources grew, so did Israel’s importance to Washington. From the beginning, and still today, the geopolitical framework determines what happens in Israel-Palestine. In this sense, too, it is not a colonial war, but an inter-imperialist conflict. We wrote more on this in the previous article, “Capitalism’s Death World”.The US policy of forming a strong pro-American alliance around Israel and Saudi Arabia against Iran has been an important factor. Iran is the patron of the military wing of Hamas (the “more moderate” political wing is funded by Qatar), just as the US is the patron of the IDF. Most of the money and weapons used in the war come from other countries. Only the casualties are local.

In that article, we pointed out the lack of perspective of the capitalist world order; the certainty that its crisis will deepen. The systemic crisis is destabilizing the world, is shaking existing equilibria. The rise of armament expenditures and of military conflicts is a global trend. Frozen fronts are melting, become active again: in Ukraine, in Africa, in Karabagh and now in Gaza. Not new conflicts but existing ones that suddenly flare high. It is to be expected that more powder kegs will explode in the coming years.

How to manage and control the unusable parts of the labor force becomes more and more a central problem in the capitalist world order. Israel may be a forerunner in that regard. What is happening now in Gaza, according to Minassian, is “not war, but the control of the surplus proletariat with military means corresponding to total war, by a democratic, civilized state that is part of the central accumulation bloc.” The thousands of deaths in Gaza, he continued, “paint a terrifying picture of the future – of the coming crises of capitalism.”

Capitalism seems to have entered a new period in which war plays a growing role. A period in which we learn to admire soldiers and ‘freedom fighters’, applaud or turn a blind eye to mass murder, consider death and destruction for the fatherland normal, and take sides in conflicts in which ordinary people are always the losers.

Liberation will not come through war and terrorist attacks but through solidarity and consciousness of the common interests of the collective worker, regardless color or creed. When we reach those we will know what to do. Everything that hinders their growth stands in the way of true liberation. First and foremost, nationalism, separation of people on an ethno-religious or racial basis. So down with those Palestinian and Israeli flags, down with slogans like “Palestine will be free, from the river to the sea”: that is a war cry, not a call to stop the war. Stopping the war instead of fighting in it, that must be the first demand now. Cease-fire now! Release the hostages now! Unlock Gaza now! Stop the pogroms on the West Bank now! No to antisemitism, no to islamophobia! Enough pain, enough blood, build solidarity on an anti-nationalist basis!

Sanderr

11/15/2023

This mural and the one on top are made by Banksy in Gaza