ESPERANZA Y DOLOR: REVUELTA EN IRÁN

Han pasado cuatro meses desde que comenzó el último levantamiento en Irán. El movimiento ha disminuido por ahora, aunque todavía hay manifestaciones y disturbios en las provincias de Kurdistán (iraní) y Baluchistán. Todavía hay algunas huelgas en curso, por parte de los trabajadores petroquímicos en Bandar Mahshahr en el sur y otros, pero no están directamente relacionados con las protestas anteriores. La mayoría está en contra de la creciente práctica de retrasar el pago de los salarios durante varios meses, que es una forma efectiva de aumentar la explotación. Deja a los trabajadores en una situación desesperada y cuando tienen la suerte de recibir sus salarios atrasados, la inflación se ha comido una gran parte de ellos.

En los informes de los pro-revolucionarios en Irán [dndf.org], se dan dos razones del declive del levantamiento: la feroz represión y el frío extremo. La represión fue realmente despiadada, pero al principio del movimiento esto pareció hacer que las masas se enfurecieran más, fueran más determinadas. Esto se atenuó por un tiempo, el gobierno hizo algunas promesas conciliadoras, pero cuando el movimiento alcanzó su punto máximo y perdió fuerza, la represión se volvió más feroz y más efectiva.

Que el frío haya jugado un papel parece probable. Irán no había experimentado un clima tan helado en más de una década. Vació las calles mientras la gente se acurrucaba dentro. Atrás quedaron las masas que con su presencia y simpatía daban protección a grupos más pequeños que eran la vanguardia espontánea de la revuelta.

Y sin embargo. La revolución de octubre triunfó en un clima helado. No todas las estaciones pueden ser igualmente adecuadas para un levantamiento, pero han ocurrido en todas las estaciones del año. Es cierto que el frío persiguió a los proletarios en Irán hacia adentro, pero allí encontraron la explotación en otra forma. Debido a fallas técnicas, el suministro de gas a los hogares se cortó repetidamente en muchas regiones. Esto no fue tanto una política deliberada como una consecuencia de la falta de inversión en infraestructura envejecida, agravada por las sanciones occidentales. Por supuesto, la industria armamentística no sufre tales problemas. La ironía es que Irán tiene, después de Rusia, las mayores reservas de gas de la tierra. La decadencia de la infraestructura civil atestigua las crecientes dificultades que encuentra el régimen para cumplir su función como administradores del capital iraní. No solo hubo cortes en casas, sino también en industrias enteras. Las escuelas, las administraciones y las fábricas tuvieron que cerrar. Paralizó el país más que las huelgas y los disturbios.

Pero para los trabajadores, la privación de calor en sus hogares fue un ataque contra ellos como clase. Requería una respuesta de clase, no solo a pesar del frío, sino también debido a él. Fue una huelga general de la clase obrera la que derrocó al régimen del Sha en 1979. Lo que eso produjo para los trabajadores fueron nuevos amos que no eran menos despiadados y explotadores que los antiguos. Es difícil evaluar cuán fuerte sigue siendo el agarre de esos nuevos maestros hoy. A medida que la crisis se profundiza y la clase dominante actual falla cada vez más en asegurar la reproducción de la clase obrera, las razones para rebelarse se multiplicarán. Eventualmente, el régimen seguirá el camino del Sha. Esperemos que los trabajadores no elijan nuevos líderes para gobernarlos y explotarlos, sino que encuentren formas de vivir y satisfacer las necesidades de los demás sin gobernantes y explotadores. Pero eso depende no sólo de lo que suceda en Irán.

El siguiente artículo apareció por primera vez en La Oveja Negra. Ofrece una buena visión general del movimiento actual hasta diciembre de 2022, explica las particularidades de la gestión islámica del capital, el papel de la religión y de la opresión de las mujeres. Analiza los acontecimientos desde la caída del Sha desde el punto de vista de la clase obrera.

PERSPECTIVA INTERNACIONALISTA

FEBRERO 14, 2023

Revueltas en Irán

Cuando llegan noticias de países lejanos, pese a las diferencias culturales y geográficas, hay cuestiones estructurales que identificamos rápidamente. Así, nos reconocemos en
quienes se rebelan contra el orden establecido en distintas partes del planeta.
Mediante noticias, panfletos y textos nos acercamos a las revueltas en Irán. Asumiendo el carácter internacional de la lucha de clases, presupuesto de la agitación por una
revolución mundial contra el Capital.

Mahsa Amini, una joven kurda de 22 años que estaba de vacaciones en Teherán con su familia, fue detenida el 13 de septiembre por la Gasht-e Ershad, “Patrulla de Guía”
también conocida como Policía de la moral. La joven fue acusada de usar el hiyab “de forma inapropiada” y llevada a un centro de detención para ser reeducada. Dos horas después fue trasladada en coma a un hospital donde murió el 16 de septiembre. La policía declaró un repentino ataque al corazón. Sus familiares fueron testigos de una golpiza en la detención y vieron como ella perdía el conocimiento.

El sábado 17, ya durante el funeral en Saqez, comenzaron las protestas con un grupo de mujeres kurdas que se quitaron el velo, y algunas lo quemaron. Al día siguiente las manifestaciones se extendieron a ciudades de todo el país. Diferentes sectores de trabajadores fueron entrando en huelga, gran parte de los comercios cerraron en apoyo a
las protestas y desde entonces diversas expresiones de lucha se suceden de manera ininterrumpida.

“¡Muerte al dictador!” en referencia a Alí Jamenei, “líder supremo de Irán”, ha sido el lema más gritado junto a “¡Jin, jiyan, azadî!” (¡Mujer, vida, libertad!). Esta última consigna en kurdo es un acto de solidaridad por parte del resto de Irán hacia la región kurda, fronteriza con Irak y Turquía. Jina (“la que da vida”), es el nombre kurdo que los padres de Mahsa
no pudieron ponerle hace 22 años en la localidad de Saqez.

En tanto reproductoras de la población, las mujeres son la vida y la vida emana de ellas, están en el centro de las sociedades y son el punto de partida de todos los procesos de producción. La República Islámica ha entendido tan bien el significado y el peso de esta asignación que busca reducir a la mujer a una propiedad, de la que el hiyab es el título. La
cuestión abierta, en un contexto de lucha internacional del movimiento de mujeres, es poder avanzar en el cuestionamiento de la división sexual sin seguir necesariamente los
parámetros liberales de occidente. No se trata simplemente de igualdad, sino de subvertir la propia división.

La situación de las mujeres fue el detonante de una revuelta que se desarrolla y potencia a partir de las insoportables condiciones de vida que vive el proletariado en Irán y sus innumerables antecedentes de lucha. Y es justamente a partir de estas luchas que vamos comprendiendo la implicación (no intersección) entre las asignaciones de género y la explotación, entre la producción y la reproducción.

En Irán, dado el régimen confesional establecido por la llamada “revolución islámica” de 1979, el control y la represión se imponen de forma religiosa. Desde la instauración del actual régimen se han sucedido diversas modalidades de esta “Policía de la moral”. Las fuerzas represivas fieles al régimen se encuentran deslegitimadas y desmoralizadas, y
cada vez son más las mujeres y niñas que se muestran orgullosas sin el hiyab acompañadas de las sonrisas cómplices y alentadoras de los transeúntes.


Una particular gestión del Capital

Renta de la tierra (petróleo y gas fundamentalmente), industria improductiva, inflación elevada, devaluación y tiposde cambio paralelos, salarios reales a la baja, altos niveles de desempleo, de trabajo informal y de la denominada poblaciónsobrante, subvenciones y ayudas estatales (tanto a proletarios como empresas), lo cual implica un gran desarrollo de la corrupción. Ciertas características de la economía iraní nos suenan familiares desde estas tierras. Pero no toda economía rentista asume de la misma forma las limitaciones que supone. El populismo, la injerencia del Estado y sus redes clientelares, se reproduce en el caso iraní de una forma extrema, donde la religión cumple un papel fundamental.

Todos los Estados tienen un cierto peso económico y actividades productivas; hay empresas en las que los Estados se constituyen como accionistas mayoritarios o incluso industrias de propiedad estatal, pero la propia República Islámica se ha convertido en una relación productiva por la forma en que ha evolucionado. Es el punto de partida y el punto final, determina la propiedad del Capital y elige el camino de su crecimiento. Al estar basado en las rentas del petróleo, su existencia se vuelve más difícil e improductiva para grandes sectores de la economía, ya que dificulta el “normal” desarrollo de la actividad económica basado en la competitividad.

Es en este marco que debemos comprender las diferentes fracciones de la burguesía iraní. Empecemos por aquellos con mayor historia, como el sector de los grandes comerciantes denominados bazaris, burgueses dedicados al comercio que, frente a una producción local defectuosa orientada al mercado interno, se han enriquecido sideralmentea partir de gestionar la importación con generosas bonificaciones del Estado. La renta petrolera se ha utilizado en gran parte para importar bienes de consumo y equipos,con los bazaris de intermediarios.

Por otro lado, a partir de las propiedades expropiadas tras la revolución de 1979 y su sostenimiento posterior a través de la renta, se han constituido poderosas fundaciones religiosas denominadas bonyads, que además de conservar su función clientelar mediante la asistencia a los pobres, se han convertido en consorcios de empresas exentas de impuestos que dependen directamente del “Líder Supremo”. Se estima que estas fundaciones controlan alrededor del 20% del PBI, buscando garantizar el apoyo al régimen.

Desde 1990, se aplicó lentamente una privatización de las empresas estatales y una relativa apertura del comercio exterior cuyo resultado fue la creación de una burguesía que vive y se enriquece bajo la tutela del Estado. La mayoría de las veces, los beneficiarios de estas “transferencias de propiedad” son los directivos de estas empresas, antes estatales.

La República Islámica, además del ejército regular iraní, cuenta desde su creación con un ejército paralelo de mayor jerarquía y fidelidad al régimen denominado Guardia Revolucionaria o Pasdaran, que cuenta a su vez con milicias estrictamente paramilitares como el Basij. Los jerarcas de estas organizaciones se vieron notablemente beneficiados por la “privatización” de los ‘90, siendo ahora propietarios de grandes industrias del petróleo, gas, acero, construcción y comunicaciones, entre otras. A su vez, como contratistas privados se benefician de gigantescas licitaciones de proyectos de infraestructura como represas que quedan a medio hacer, sumando al derroche y deterioro del medio ambiente. Alrededor del 30% de la economía se encuentra bajo su control y mantienen estrechas relaciones con las bonyads.

El proletariado y sus luchas

El proletariado en Irán se halla entre el mercado informal de trabajo, el campesinado, jóvenes desempleados, empleados estatales rasos (dispuestos a soportar la degradación de sus salarios mientras el aparato administrativo siga siendo la garantía de su empleo), una masa de desempleados estructurales que dependen de las fundaciones religiosas o de su participación en las milicias, los trabajadores de los servicios (40% de la población activa) divididos entre su dependencia de los bazaris y la visión de su futuro en la apertura y liberalización de todo el comercio, una minoría empleada en las principales industrias orientadas a la exportación (las únicas competitivas en términos internacionales), los empleados en las industrias dedicadas al mercado interno (empresas que sólo deben su supervivencia a la perpetuación de una economía que vive de las subvenciones discrecionales y que, por tanto, está intrínsecamente ligada al nacionalismo económico).

También existen divisiones “étnicas” entre persas, árabes, kurdos y tribus nómadas. Los trabajadores vinculados al sector de los hidrocarburos, dada su importancia fundamental en la economía iraní, se encuentran bajo relaciones de explotación particulares. Este sector ha sufrido varias reformas laborales en pos de la flexibilización a partir de la década del ‘90, trastocando por lo tanto su funcionamiento y desatando diversos conflictos. De este modo, existen organizaciones de trabajadores contratados del petróleo, que se han integrado a la revuelta, yendo a la huelga en reiteradas ocasiones desde principios de octubre.

Al margen de este sector y otros puntuales como la siderurgia, los trabajadores de la industria son por lo general empleados por empresas dedicadas a la producción para el mercado interno.

Este funciona fundamentalmente a partir de la distribución de renta en forma de subsidios y asistencia social, por lo que la función de los salarios como reguladores entre las distintas esferas de la producción a través del consumo queda completamente desdibujada. El salario y el poder adquisitivo queda desconectado de la acumulación. De este modo, los salarios son aplastados y no hay un interés de la burguesía por elevar la productividad. Su competitividad en términos internacionales es nula (algo muy parecido a la mayor parte de la industria argentina).

En dicho marco, se producen innumerables conflictos por aumentos salariales y demoras en los pagos. En el contexto actual se han desarrollado numerosas huelgas por estos reclamos, por las condiciones laborales y en solidaridad con la revuelta en diversas industrias (autopartes, automotrices, siderurgia, electrodomésticos, etc.), así como también en el sector servicios, como las huelgas de camioneros y conductores de ómnibus.

Sin duda la generalización de la huelga en la producción y distribución y el cierre masivo de comercios son un salto cualitativo en las situaciones de revuelta. Pero el estallido encuentra su origen en el ámbito de la reproducción social, por el empeoramiento de la vida en general y la constante represión, que atraviesa a todos los sectores del proletariado. Las revueltas masivas, entonces, han detonado en los últimos años por el empeoramiento general de las condiciones de vida. Entre noviembre de 2019 y enero de 2020 estallaron manifestaciones en todas las ciudades importantes por el aumentodel 50% al 200% de los precios de los combustibles y, por tanto, de los precios de los productos de primera necesidad. La represión fue brutal, con un saldo de más de 1000 muertos según algunas fuentes. Las violentas acciones de los manifestantes se tradujeron en la destrucción de 731 sucursales de bancos gubernamentales, incluido el banco central de Irán, nueve centros religiosos islámicos y estatuas del líder supremo Alí Jamenei, así como el ataque de al menos 50 bases militares gubernamentales.

En mayo de este año el gobierno puso fin al precio subvencionado del pan, lo cual produjo aumentos de hasta un 300%, en el marco de una inflación anual de alrededor del 40%. Se desataron diversas manifestaciones, entre las cuales se atacaron bases de las milicias islámicas Basij con un saldo de varios muertos, heridos y detenidos.

Por otra parte, el derrumbe de un edificio comercial en Abadán tuvo como consecuencia la muerte de más de veinte personas, lo que provocó nuevos disturbios contra el régimen y la corrupción. A partir de junio las manifestaciones relacionadas con la supervivencia fueron cotidianas en Teherán. Este es el contexto en el que hay que situar los acontecimientos posteriores al asesinato de Mahsa.

Sobre la cuestión de las mujeres

Mahsa Amini se ha convertido en un símbolo de la lucha del mismo modo que en Estados Unidos George Floyd, asfixiado indefenso en el suelo por la policía del país más occidental y democrático del mundo, se convirtió en el símbolo de protestas y revueltas.

Los estallidos sociales tienen su historia. Remontémonos a febrero de 1979. El régimen del sha, socavado por diversas revueltas desde el año anterior y una huelga general especialmente violenta, se derrumbó en pocos días bajo los golpes de una insurrección. El “gobierno revolucionario” que le sucedió estuvo en gran medida en manos de los islamistas, bajo la autoridad tutelar del Gran Ayatolá.

El 7 de marzo de 1979 el Ayatolá Jomeini denunció el carácter occidental del Día Internacional de la Mujer y declaró que, a partir de ese momento, las mujeres iraníes debían llevar velo y no maquillarse. La ofensiva sobre el velo es cultural, religiosa y fundamentalmente política. Trata de afirmar el poder existente, de dar ejemplo y de obligar a las demás fuerzas políticas a retroceder.

El 8 de marzo decenas de miles de mujeres, 100.000 según las estimaciones más generosas, en su mayoría jóvenes y sin velo, circularon por la capital. Cabe señalar la participación de hombres en las manifestaciones.

“Imponernos de nuevo el velo es inaceptable” señalaban miles de mujeres, pero las reivindicaciones también evocaban la cuestión de las guarderías gratuitas, el derecho al aborto o la igualdad salarial entre hombres y mujeres. Se pudo escuchar que “la libertad no es occidental ni oriental, es universal”. La noche del 8 de marzo las autoridades anunciaron que prohibirían el aborto y la píldora anticonceptiva, y pondrían fin a la Ley de Protección de la familia promulgada en 1967 y revisada en 1975. Esta era una de las normas más progresistas de la región: otorgaba a las mujeres el derecho a solicitar el divorcio y garantías sobre la custodia de los hijos, elevando la edad del matrimonio a 18 años y regulando la poligamia, entre otras legislaciones que contribuían a mejorar la situación de las mujeres. Nadie lo hubiera imaginado, pero al día siguiente las manifestaciones se reanudaron de forma más o menos espontánea durante cinco días. Fueron la primera expresión de oposición al nuevo régimen. Pero si a partir del 11 de marzo se podía oír “¡Abajo Jomeini, es un dictador!”, tal clarividencia era entonces inaudible para la masa de la población, incluida la izquierda y no solo la iraní.

No se trataba ni se trata de un velo como accesorio femenino ocasional, sino del símbolo más evidente que vincula a las mujeres y a sus familias con la República Islámica y la cultura que conlleva. Es la manifestación más evidente que permite reconocer a los “propios” de los “ajenos”. A la vez que se mantienen y refuerzan estas tradiciones, durante el régimen islámico creció progresivamente la incorporación de las mujeres al mercado laboral (aunque su participación se mantiene muy por debajo de la de los hombres), aumentó notablemente la escolarización de las niñas, así como la proporción de mujeres en la educación superior ronda el 60% (muchas de ellas con dificultades de conseguir trabajo). La tasa de natalidad, por su parte, bajó de 6 a 2 hijos por mujer. Es importante no perder de vista que, bajo el manto religioso y la gran cantidad de restricciones que este supone para las mujeres, las modalidades de reproducción de la fuerza de trabajo se desarrollan con aspectos similares a las del resto de las llamadas “economías en desarrollo”.

Religión

Muy a menudo el régimen iraní se reduce a su dimensión religiosa. La instauración de la República Islámica en abril de 1979 aumenta la confusión. Ceñirse a esta observación nos impide comprender las razones de aquel levantamiento, vinculado a la crisis mundial del Capital y su desarrollo. El vasto movimiento que nació y creció en el transcurso de 1978 queda así frecuentemente eclipsado; sin embargo, fue este movimiento el que, a fuerza de huelgas, manifestaciones y disturbios, hizo caer el régimen del sha en 1979.

La religión aboga por el orden y el desorden, exalta un absoluto que es difícilmente compatible con las medias tintas y el respeto a los poderes fácticos, mientras que requiere que hagamos la paz, obedezcamos a la ley y nos reconciliemos con los ricos. Como el cristianismo, el islam es un conquistador convertido en establishment. Se nutre de la guerra y de la paz. Por su parte, el llamado gobierno islamista moderado de Turquía es duro con el modo de vestir, pero no lleva el arcaísmo a la gestión de la industria y gestiona la economía según los estándares liberales “occidentales”. Representan dos modos capitalistas de administrar su economía nacional. La religión, la política y la economía vinculan a los individuos definidos por y dentro de un modo de producción particular. El populismo, bajo su forma religiosa o incluso peronista, no se alza simplemente en nombre del “pueblo” como si dicha comunidad de intereses interclasistas estuviese dada al interior del capitalismo a la espera de que los estrategas de la política encuentren la manera de representarla. En conclusión, los populismos se establecen produciendo al pueblo. En el caso iraní, lo propio fue posible a partir de la religión. Así se alzó un particular populismo que ha logrado, aunque de manera inestable, perdurar.

La revuelta continúa

La revuelta continúa, se extiende y profundiza a pesar de la dura represión. Nombramos algunos sucesos de las últimas semanas, aunque es imposible abordar sintéticamente todo lo que viene ocurriendo.

El 17 de noviembre la casa natal del ayatolá Jomeini (convertida en museo) fue incendiada por manifestantes. En una filtración de noviembre, jefes de las fuerzas paramilitares Basij admiten que la policía está desmotivada y no está pudiendo contener la revuelta, que las huelgas de comerciantes de mediados de noviembre fueron masivas (más del 70% del país), que sus sedes son frecuentemente atacadas, al igual que las oficinas de los parlamentarios con cócteles molotov, mientras que miembros del clero son burlados públicamente con insultos y “robos de turbante”.

Hacia fines de noviembre el gobernador de Teherán ha sido destituido y sustituido por un antiguo general del ejército revolucionario Pasdaran, lo que trae el recuerdo de maniobras similares en los últimos días del sha. Simpatizantes del régimen lentamente comienzan a sumarse a las protestas. Vuelve a la memoria el proceso de revueltas de más de un año iniciado en 1978, con un movimiento que se construye a sí mismo a su propio ritmo.

En un régimen caracterizado por su inmenso aparato represivo, está claro que la revuelta no se puede proponer una victoria militar. Por ello el desmembramiento, deserción y rebelión de sus miembros se vuelve fundamental como freno a la represión y posibilidad de victoria. Por lo pronto, el gobierno inició conversaciones con Rusia en caso de necesitar apoyo militar (recordemos su accionar en Siria de los últimos años). Desde el comienzo de la revuelta hasta el 7 de diciembre al menos 458 personas, entre ellas 63 menores de edad, fueron asesinadas por el Estado, según cifras de Iran Human Rights. A estas muertes hay que sumar detenciones, torturas, enjuiciamientos y condenas: de acuerdo con organismos internacionales de derechos humanos, hay más de 18.000 personas detenidas, once de las cuales fueron sentenciadas a la pena de muerte. Para el 12 de diciembre ya son dos los manifestantes ahorcados públicamente con el objetivo de infundir el miedo. En las regiones del Kurdistán y el Baluchistán iraníes las protestas son incesantes y reprimidas de manera brutal, con armamento de guerra. Respecto a las huelgas, agregamos que muchos de sus partícipes y referentes están siendo duramente perseguidos, y los trabajadores hacen uso de diferentes tácticas menos visibles para perjudicar la producción, como los sabotajes. Los jubilados también se han hecho presentes con sus demandas particulares, debido a sus escasas pensiones y sus deficientes coberturas de salud.

A fines de noviembre la selección de fútbol de Irán quedó fuera de Qatar 2022 y hubo festejos en aquel país. Tras cada derrota, se sucedieron concentraciones con consignas contra el régimen.

Entre las informaciones más recientes, se ha iniciado en Irán otra serie de protestas, manifestaciones y huelgas de tres días de duración para el 5, 6 y 7 de diciembre. Estas convocatorias, que se lanzan por intervalos irregulares, las realizan jóvenes de los barrios de una ciudad y son replicadas por otros barrios y ciudades para convertirse en una convocatoria nacional.

Sea cual sea la forma que adopte este movimiento, lo cierto es que el proletariado iraní está haciendo todo lo posible por librarse de este régimen, abriéndose paso entre la represión y complejas contradicciones sociales. Más allá de expresar nuestra solidaridad y afirmar la necesidad de revolución social, no podemos estimar cuál será el resultado de este estallido. Tras sus primeros meses, lo que parece seguro es que no va a detenerse, confirmando que la división sexual capitalista y sus respectivas asignaciones no son cuestiones que deben superarse “después de la revolución”, sino que son un motivo para hacer la revolución.

La Oveja Negra

* Para el presente artículo nos hemos basado en gran medida (incluso con extractos o reescrituras) en:

Mahsa: larme sacrée, colère sacrée, violence sacrée, Habib Saï, octubre 2022.

De la politique en Iran, Théo Cosme, 2010.

La Révolution iranienne. Notes sur l’islam, les femmes et le prolétariat, Tristán Leoni, 2019.

El persistente atractivo de la religión, Gilles Dauvé y Karl Nesic, 2021. Troploin

Panfletos y textos compilados en panfletossubversivos.blogspot.com

Sobre la cuestión de las mujeres y la división sexual ver los últimos números de Cuadernos de Negación

AGAINST CAPITALIST WAR !

The following powerful text was written by the comrades of La Oveja Negra in Argentina.

No war is easy to understand, no “geopolitical” situation is simple to grasp. Even less so when it is assumed that there are no social classes in the world: there are only countries, leaders and political ideologies. Thus, there are those who support and justify the massacres and the horror of war. There are those who forget or want to make people forget that wars are fought for money. As comrades in Russia point out at this moment, behind the war there are only the interests of those who hold political, economic and military power: “For us, workers, pensioners, students, it brings only suffering, blood and death. The siege of peaceful cities, the bombings, the killing of people have no justification.” (leaflet of the Section of the International Workers’ Association of the Russian Region KRAS-AIT)

War makes explicit the horror of a society based on accumulation and profit. It is capitalist peace by other means. What is happening in Ukraine is added to the wars and invasions that unfortunately are nothing new (Palestine, Yemen, Syria) and to the millions of dead from hunger, misery, work, preventable diseases or suicide.

In conflict zones, there are also deaths and hardships due to bombings, lack of water, food, medicine, shelter and energy. Just as it also happens in refugee camps, in prisons, on the front lines. They recruit proletarians from different countries to massacre each other for the interests of their exploiters and rulers, for the interests of the bourgeoisie! They imprison those in Russia who oppose the war and manifest it publicly and collectively. They militarize and increase the intensity of labor while imposing more austerity measures. This is war! These are the wars against the proletariat!

War is the sphere of controlled destruction, of premeditated disaster, of the management and administration of death and misery. This competition is inherent to Capital. Proletarians fight, die and suffer the state of war in the name of one or another bloc, when we proletarians have no fatherland or nation to defend. As Marx pointed out: “The worker is neither French, nor English, nor German, for his nationality is labor, free slavery, the sale of himself and of his own labor. He is not governed by France, England or Germany, but by capital. The air of his land is neither French, nor English, nor German, but the air of the factory. The soil that is his, is neither French, nor English, nor German, but awaits him six feet under. Above ground, money is the industrialist’s homeland.”1

Despite everything, there are those who, determined to belong to or identify themselves with some capitalist, that is to say, murderous side, justify one war or another, one attack or another, one State or another. With stale arguments, be they Stalinist or liberal, fascist or anti-fascist, even anti-imperialist, they all concentrate on propping up exploitation and oppression: capitalism.

Of course, there are differences, just because they are all shit does not mean they are the same shit: Zelensky, Biden, Putin, NATO, Ukrainian neo-Nazis, Russian neo-Nazis. The leaders of states, their conflicts and alliances, their peace and wars, their developments and destructions, their sciences and religions, their humanitarian aids and security controls all serve only one interest: to maintain the dominance of social peace, which is nothing but the peace of the cemeteries.

There is not, nor was there, nor will there ever be “good” or “bad” bourgeois leaders, “good” or “bad” bourgeois parties; nor does it make sense to speak of “good” or “bad” nations or States. Yesterday, today and tomorrow, the interest of the bourgeois class is and will always be at war with the proletariat. Labor, exploitation, misery and war are the concrete forms of this interest.

In war and in peace we adjust ourselves “for the interests of the country”. But as we have been saying for decades and decades on all continents: the enemy is also “in our own country”, it is “our” bourgeoisie.

The revolutionary strength of the proletariat depends on its capacity to fight against the different bourgeois fractions, against the different forms of domination that Capital deploys. It is in this sense that in the face of every bourgeois war the revolutionaries stand in solidarity with their peers in other regions and, as they have done in the past, today raise and will always raise an internationalist and revolutionary slogan against war. These slogans may not currently have the necessary force to be a mass practice of the proletariat, but they are nonetheless a direction and perspective.

In peaceful and deathly Argentina, the governments lower the social wage for the good of the country, the false critics tell us that the problem is not the local bourgeoisie but the IMF. They speak to us of “people” as if in this land there were only national interests and no class interests. Thereby, they want to tame us and prepare us for even worse conditions, or even for war. In Ukraine, martial law has been decreed to repress all kinds of actions considered unpatriotic, unleashing in turn a violent campaign against people who shoplift or engage in looting. In the rest of the world, the worsening of living conditions as a result of the war has already begun. Both in the countries directly involved, in their neighbors in Europe, and in the rest of the world, it will be the proletariat who will pay the costs. When the “war” on the virus seemed to be over, another one has begun. A new justification to tighten our belts. In Argentina, during the first week of March, flour increased 52% in four days. Since the beginning of the conflict, the prices of the basic ingredients of the poor nutrition in this region have skyrocketed. And there are still those who think that they decide the course of the country because they vote every few years.

1 Marx: On F. List’s book: “The national system of the political economy” (1845)

1° DE MAYO: MEMORIA Y PERSPECTIVAS

Con motivo del Primero de Mayo el grupo, con sede en Argentina, “La Oveja Negra”, elabora un balance de las luchas pasadas contra el capitalismo y encuentra una perspectiva de futuro en las luchas actuales.    

 

Una nueva conmemoración de las jornadas de mayo de 1886 nos encuentra para recordar, compartir, conmovernos, inspirarnos, debatir, reflexionar y agitar.

Nos encontramos otro 1° de mayo en la lucha anticapitalista por la cual hace tantísimos años fueron ejecutados a manos del Estado cinco compañeros y otros tres condenados a cadena perpetua, conocidos luego como los “mártires de Chicago”.

La lucha anticapitalista es tan necesaria como ayer para quienes sufrimos el Capital en carne propia: en cada jornada laboral, sea dentro o fuera de donde vivimos, con o sin salario, con o sin horario fijo, cada vez que buscamos trabajo, cuando padecemos las carencias, cada vez que nos relacionamos con otros seres humanos mediados por el dinero que todo lo cosifica.

Desde hace siglos el proletariado libra combates; sin embargo, aquellas jornadas de mayo en Chicago eran parte de una lucha en la cual proletarios y proletarias se organizaban con una perspectiva emancipatoria. George Engel, tipógrafo y anarquista ahorcado en 1887 lo expresaba de esta manera: «Yo no combato individualmente a los capitalistas; combato el sistema que da el privilegio. Mi más ardiente deseo es que los trabajadores sepan quiénes son sus enemigos y quiénes son sus amigos.»

Los compañeros de Chicago y el movimiento del cual formaban parte no lucharon simplemente por las ocho horas. Cuando se referían a “ocho horas de trabajo, ocho de sueño y ocho de recreación” no se referían al ocio que conocemos actualmente. Querían recuperar ese tiempo para la agitación, el aprendizaje y para confraternizar con sus pares.

Partimos de esta fecha que nos convoca para proponer un breve recorrido a través de las transformaciones de la sociedad capitalista y la incesante lucha por superarla.

El desarrollo industrial

A fines del siglo XVIII el Capital se vuelca definitivamente a la producción y transforma profundamente los procesos de trabajo reorganizándolos, tanto temporal como geográficamente. En Inglaterra se observa patente toda la brutalidad de esta dinámica social en sus inicios. Los propietarios de las fábricas tenían poco éxito para reclutar mano de obra, para ello debían recorrer a menudo largas distancias y privar a los futuros proletarios de sus medios de vida, hacinándolos en las casas que conformarían los barrios obreros.

La constitución del ejército de reserva industrial conllevó, además del despojo, una militarización del conjunto de la vida social. El ludismo, “los destructores de máquinas”, junto a movimientos de resistencia y revueltas fueron respuestas al hambre y la miseria que comenzaba a reinar.

Para frenar a los luditas el Estado debió modernizar su policía; pronto la destrucción de máquinas fue penada con la muerte, mientras que el sindicalismo emergente era tolerado. Se sancionaron leyes para regular tanto el trabajo como algunas libertades civiles. Con esta oscilación entre la violencia y la reforma, el progreso capitalista establecía un método para reconducir la ira de aquellos esclavos modernos, cuyos ataques estaban dirigidos contra los instrumentos materiales de producción y no hacían distinción alguna entre las máquinas mismas y el modo en que eran usadas.

Expresiones luego mayoritarias de los incipientes movimientos obrero y socialista comienzan a expresar gran fe en la ciencia y la maquinaria, o por lo menos a afirmar su supuesta neutralidad.

Las luchas contra la feroz avanzada capitalista comenzaron a reproducirse a lo largo del mundo, muchas de ellas con un claro contenido reformador al interior del capitalismo, otras con una búsqueda más profunda de subversión del orden social.

Fruto de estas luchas surgió la Primera Internacional o Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT). Fue a partir de las luchas concretas que se desarrollaban, en la práctica masiva de la clase y en el marco de las relaciones de fuerza existentes en cada país, que se pudieron refutar o afirmar las influencias de las distintas tendencias y rupturas. En ese sentido, la segunda mitad del siglo XIX constituye un período de aprendizajes y modificaciones de la lucha revolucionaria.

Los proletarios de diferentes países eran arrojados al trabajo como también a combatir en una trinchera en defensa de la patria. En esta situación de guerras nacionales y competencias interburguesas, decidieron intentar actuar dejando a un lado las fronteras nacionales y uniéndose para enfrentar a la burguesía como una clase internacional.

En los estatutos inaugurales de la AIT nos brindan un gran aporte: «La emancipación de los trabajadores será obra de ellos mismos o no será». Es decir, para obtener el triunfo el proletariado necesita de una acción común masiva, a la vez que producir una teoría y una metodología revolucionaria que lo orienten en la lucha. El gran objetivo: la abolición de las clases.

En la misma sentencia podemos leer también que la lucha por «la emancipación de la clase obrera no es una lucha por privilegios y monopolios de clase, sino por el establecimiento de derechos y deberes iguales y por la abolición de todo privilegio de clase.» Por primera vez el proletariado buscaba tener su propio proyecto revolucionario al margen de la burguesía, pero lo hacía aún cargado de las concepciones burguesas de la política. Si bien era el comienzo de una búsqueda propia, se pensaba mayoritariamente como una continuidad de la revolución francesa, que consideraban inconclusa. La igualdad de derechos y deberes se concebía como un avance hacia el fin de la explotación e incluso como un objetivo revolucionario, como una premisa para la sociedad sin clases. Su “toma de la Bastilla” consistía en vencer a una clase concebida como parasitaria, una guerra de un bando contra otro para administrar y gestionar la misma sociedad, sólo que bajo signo obrero.

En el primer congreso de 1866, en Ginebra, la AIT declaraba que «la restricción de la jornada laboral es una condición previa, sin la cual han de fracasar todos los demás esfuerzos por la emancipación… Proponemos 8 horas de trabajo como límite legal de la jornada laboral». Es decir, se planteaban reivindicaciones concretas inmediatas con una perspectiva revolucionaria. Esta perspectiva es la que fue asumida por trabajadores radicalizados en muchas partes del mundo, tal es el caso del movimiento del que fueron parte los mártires de Chicago.

Reestructuraciones

La reducción de la jornada de trabajo fue el resultado de la lucha de generaciones de proletarios, pero también fue ineludible para el Capital que, a nivel internacional y por sus propias contradicciones internas, estaba atentando contra la base misma de su reproducción. La extensión sin límites de la jornada laboral estaba atacando la reproducción y sobrevivencia de la fuerza de trabajo, de la fuente de plusvalor. Al mismo tiempo que se reducía la jornada, el Capital se transformaba logrando ampliar sus ganancias a partir de la ayuda de la ciencia, con la introducción de maquinarias, disminuyendo el tiempo de producción de las mercancías e intensificando la explotación del trabajo. No obstante es preciso destacar que, ayer como hoy, mientras en algunos países se moderniza, en otros se continúa requiriendo del saqueo y el trabajo esclavo.

En el caso de Argentina, la ley que regulaba las ocho horas se promulgó en 1929, ya como legislación necesaria de la modernización capitalista y su propia regulación. Este ejemplo local evidencia, junto a tantos otros en la historia y en el mundo, que aquello que en un momento puede ser un objetivo de lucha, un ataque directo a la ganancia, una necesidad inmediata impostergable e incluso dinamizadora de potentes expresiones revolucionarias, en otro puede ser simplemente un derecho otorgado para lubricar la maquinaria capitalista.

Esto no significa un desprecio hacia las luchas pasadas, sino un intento por comprenderlas, por poner en tensión aquello considerado una conquista, su relación con una perspectiva de transformación revolucionaria o de reforma al interior del desarrollo capitalista.

Justamente durante las tres primeras décadas del siglo XX el proletariado en Argentina llevó adelante una intensa agitación social. Su máxima expresión se cristalizó en la FORA, con su gremialismo anarquista y sus innumerables iniciativas de propaganda y agitación social, cuya finalidad revolucionaria se orientaba hacia la concreción del comunismo anárquico.

En este contexto la respuesta del Estado argentino a los reclamos sociales y las luchas en curso, ya sea en la ciudad como en el campo, fue siempre la represión, la cárcel, el destierro o la muerte. Ninguna mejora en la vida social fue obtenida sin oponer fuerza a la fuerza y, cuando las energías proletarias se dispersaban, se perdía rápidamente lo conquistado.

Debido quizás a las características geográficas y de organización productiva del país, así como a la fuerte orientación anarquista de federalismo y autonomía en el seno del proletariado, este no realizó una campaña homogénea respecto de la jornada laboral, aunque sí hubo infinidad de huelgas y luchas al respecto.

De la mano dura de la represión se afianzó un proceso de fuerte integración del proletariado en el capitalismo. Esto implica toda una serie de transformaciones en la vida social, en el Estado y sus legislaciones, así como en las organizaciones del proletariado y el contenido de sus luchas. En Argentina es justamente a partir de la década del ‘30 que se cimienta, sobre la derrota de las expresiones revolucionarias, el reformismo sindical y parlamentario que dará luego lugar al peronismo.

Cuando hablamos de integración comúnmente se interpreta un fenómeno ideológico o relativo a la conciencia, algo así como una cooptación, como un engaño o persuasión. Pero nos referimos a las condiciones materiales de existencia: la profundización de la integración de la reproducción de la clase proletaria en la reproducción del Capital, basada fundamentalmente en el desarrollo de la industria y sus elevados niveles de productividad. Este proceso claramente excede lo local y su expresión máxima es aquello que se ha denominado “la edad dorada” del capitalismo, entre el final de la segunda guerra mundial y los años ‘70 con su aumento en los niveles de producción y consumo, con su “Estado de bienestar”.

Los métodos de producción predominantes de este período, junto a una serie de medidas políticas que se implementaron en gran número de países, constituyeron lo que se conoció como el modelo fordista-keynesiano. Como siempre, en el capitalismo conviven diferentes realidades y formas de producción entre las diferentes regiones e incluso en una misma región; por ello tratamos de analizar brevemente sus aspectos determinantes, para acercarnos a la comprensión de las dinámicas sociales, y por ende de lucha, generales en cada momento.

El aumento sostenido de la tasa de ganancia durante varias décadas y el aumento (claramente no en la misma proporción) de los salarios en muchas ramas de la producción posibilitó una pacificación social donde los sindicatos cumplieron un rol importante. Esta situación que podemos comprender como un “pacto de productividad” entre el Capital y el trabajo reforzó el proceso de integración del proletariado. Sin embargo, las barreras puestas por la propia valorización capitalista aparecen una y otra vez. La aceleración de fenómenos como el aumento de la composición orgánica del Capital y la tendencia decreciente de la tasa de ganancia pusieron en crisis el modelo de desarrollo vigente que comenzó a reestructurarse más ampliamente en la década del ‘70. En el marco de este proceso de agotamiento se desarrollaron importantes expresiones de ruptura en la clase proletaria que decantarían en una nueva e intensa oleada de luchas a nivel internacional en las décadas de los años ‘60 y ‘70.

La derrota del movimiento revolucionario dio vía libre a la reestructuración capitalista de la producción y administración de la economía a través de diferentes procesos. Entre ellos: una renovada introducción tecnológica fundamentalmente apoyada en la “revolución informática”, la aceleración de la industrialización en diferentes regiones consideradas “atrasadas”, la reorganización de los procesos de trabajo y sus correspondientes legislaciones, al tiempo que la expansión de los mercados internacionales. Del mismo modo, la relocalización de fábricas gracias a la introducción de zonas francas permitió el acceso a mano de obra más barata, menos controles laborales, ambientales e impositivos, lo que incentivó una nueva y más eficiente división internacional del trabajo.

Todo esto trajo aparejado una transformación de las condiciones laborales, que dejó atrás muchas de las concesiones y conquistas propias de los niveles de productividad de las décadas anteriores. Se produjo un fuerte aumento de la precarización del trabajo y, por ende, de las condiciones de vida en general. Aquel se estructuró a través de distintas estrategias como flexibilización del uso de la fuerza de trabajo (flexibilidad del contrato de trabajo, pero también de los horarios, de los salarios y de las funciones); aumento de la desocupación y estabilización de un numeroso ejército de reserva que jamás sería incluido al trabajo asalariado; ejecución de procesos laborales estandarizados y simplificados, con la consecuente descalificación de la fuerza de trabajo; ingreso al mercado de trabajo de una cantidad cada vez más masiva de mujeres, que expresa la necesidad de más de un salario por familia; aumento del trabajo no registrado (que comprende desde la implementación de becarios o pasantes en la investigación, hasta la clandestinidad de trabajadores migrantes en talleres textiles); tercerización, subcontratación o externalización de determinadas tareas o fases de los procesos de producción que diseminan y disminuyen las responsabilidades patronales.

Estas transformaciones que el Capital encontró para mantener la explotación y dominación, es decir su propia reproducción, transformaron la reproducción del proletariado quebrando aquella fuerte integración que describíamos anteriormente, dando lugar a transformaciones importantes en las dinámicas de lucha y su contenido.

El presente

Hoy podemos estar seguros de algo que los compañeros en 1886 no podían estarlo tanto. La lucha por las ocho horas fue una lucha por la reducción de la jornada laboral en una situación en la que el capitalista ganaba más haciendo trabajar más tiempo a sus empleados. Los avances tecnológicos y organizativos hicieron que se pueda producir cada vez más en menos horas. Nos indignamos por la situación de aquellos que trabajaban y aún hoy trabajan más de ocho horas, pero no nos sensibiliza de igual forma que alguien trabaje menos de ocho horas bajo modalidades que destruyen cualquier cuerpo humano.

Si bien las categorías básicas del Capital permanecen –valor, trabajo, salario, mercancía, propiedad privada, Estado– mucha agua ha pasado bajo el puente. Las fábricas ya no son el centro de la sociabilidad capitalista, la composición de la clase proletaria no es la misma que antaño, el patrón dólar-oro ya no existe y las culturas proletaria y burguesa se encuentran prácticamente indiferenciadas.

El fin de los “años dorados” supuso la transformación del proletariado en general y una crisis del movimiento obrero en particular. La centralidad del trabajo en la industria y el lugar de la fábrica fue puesta en cuestión e implicó que el obrero industrial ya no fuera visto como el principal protagonista, ni mucho menos como la vanguardia de su clase. Esto significó que toda la experiencia acumulada en base a unas condiciones de trabajo que hacían posible la proliferación de grandes huelgas en los lugares de trabajo, prácticas de sabotaje, rompimiento de máquinas o herramientas, organizaciones de grandes contingentes de hombres y mujeres que compartían la cotidianeidad laboral en el mismo espacio, a veces incluso la vida en el mismo barrio obrero, no sea reproducible bajo las nuevas condiciones.

Evidentemente, estas dieron pie a nuevas formas: cortes de rutas para impedir la circulación de mercancías cuando miles de desocupados ya no pueden impedir la producción, por ejemplo. Por otra parte, y coincidentemente, a partir de ese momento la industria y el progreso capitalista dejaron más que nunca en evidencia la devastación que suponían para el planeta y para quienes lo habitamos. Comenzaron a gestarse cada vez más movimientos contra los efectos nocivos de la producción hacia la salud y el ambiente. Pero el abordaje de nuevas problemáticas o, mejor dicho, el abordaje de problemáticas históricas como novedad no necesariamente desembocan en la crítica y la lucha anticapitalista. Si bien las reivindicaciones salen masivamente de la esfera del trabajo para poner en cuestión diferentes aspectos de la reproducción social en su conjunto, se ha mantenido en la mayoría de los casos una perspectiva que parte de los niveles de la integración de antaño.

El retorno a los inicios del movimiento obrero o del Estado de bienestar no es deseable ni posible. Las luchas del pasado nos inspiran de cara al futuro, pero debemos quitarnos el lastre de la nostalgia progresista.

Hoy el Capital continúa pauperizando nuestras condiciones de vida. La extensión de la informática a cada vez más esferas del trabajo y de la sociabilidad en su totalidad junto a las medidas de aislamiento, profundizan la difícil situación a la que tenemos que hacer frente los proletarios y proletarias en nuestro día a día, y que debemos analizar a la hora de organizarnos si queremos transformar la realidad.

¿Cómo llevar a cabo la resistencia, incluso el más mínimo sabotaje, cuando todas las herramientas son nuestras y el lugar de trabajo es donde vivimos, cuando los niveles de desocupación crecen día a día, cuando no nos podemos encontrar con nuestras compañeras de trabajo más que a través de una pantalla, cuando las horas del día no parecen tener fronteras entre trabajo y no-trabajo, cuando la represión en las calles está legitimada por el discurso del “cuidarnos”? Son algunas de las preguntas que nos hacemos este primero de mayo.

La reestructuración capitalista produce el declive de la identidad obrera y la explosión de múltiples identidades, algunas de ellas vinculadas a las nuevas formas de lucha proletaria.

Las revueltas desatadas en diferentes partes del mundo en las últimas décadas, así como los “nuevos movimientos sociales”, a pesar del carácter interclasista y ciudadanista que observamos en muchas ocasiones, dejan en claro la persistencia de la lucha de clases. Al mismo tiempo nos advierten del carácter diverso que el proletariado tiene y ha tenido. La centralidad de la reproducción social en las luchas nos recuerda que la revolución debe implicar bastante más que la certeza de tener techo y comida. Debe atender, no solo como punto de llegada sino de partida, la denominada cuestión de género, lo racial, la sexualidad, la familia, la naturaleza de la cual formamos parte.

En las revueltas de nuestro tiempo, hoy atravesadas por la declaración mundial de pandemia, está muy claro que no hay una perspectiva de gestionar el objeto de las protestas. Solo los civilizadores progresistas proponen nacionalización, gestión obrera, referéndum, cambios en la administración capitalista. Pero no hay un mismo proyecto que tanto proletariado como burguesía deberíamos defender, gestionándolo de diferentes maneras. No se trata de una guerra de un bando contra otro para administrar y gestionar esta sociedad, sino de luchar contra el Capital en tanto que sociedad, que relación social.

El capitalismo, por sus propias contradicciones internas, no puede mejorar nuestras condiciones de vida. Por otra parte, esta conflictividad social tiende además a sincronizarse porque las medidas de austeridad en épocas de crisis son globales, porque el aumento de la explotación y el empeoramiento de las condiciones de vida no son un problema nacional o de políticas neoliberales. Ni los burgueses eligen este escenario ni los proletarios en lucha elegimos el nuestro. Las fuerzas ciegas de la economía nos han traído hasta acá. Ahora es importante saber qué hacemos, no de cara al futuro ¡sino lo que ya estamos haciendo! 

Cada contexto produce condiciones diferentes para la revolución y genera contradicciones (materiales, no morales; sociales, no individuales) particulares. Estas pueden hacernos importantes señalamientos acerca de la sociedad capitalista y su superación, pero la revolución finalmente dependerá de lo que podamos hacer en tanto clase. La lucha es inevitable y necesaria, nos transforma y buscamos transformarla en una definitiva. Nuestra preocupación es que la lucha de clases sea capaz de producir algo más que su propia continuación.

Por esto confiamos en que es tan importante no solo participar sino también comprender, estudiar y debatir el desarrollo de las luchas del presente. Porque en las posibilidades y condiciones de estas luchas, en sus críticas y rupturas, se delinea el horizonte revolucionario del presente.

First of May: Memory and Perspectives

At the occasion of May First, the Argentina-based group La Oveja Negra (‘The Black Sheep’) draws up a balance sheet of past struggles against capitalism and finds a perspective of the future in the present ones.

A new commemoration of May Day, 1886, allows us to remember, share, inspire, debate, reflect and agitate.

We commemorate another anti-capitalist May Day struggle many years ago for which five comrades were executed at the hands of the State and another three sentenced to life imprisonment, later known as the “Chicago Martyrs”.

The anti-capitalist struggle is as necessary today as yesterday for those of us who suffer the consequences of Capitalism in our everyday life: every working day, whether inside or outside of where we live, with or without wages, with or without fixed hours, every time we look for work we suffer the deficiencies, every time our relations with other human beings are mediated by money which turns them into relations between things.

For centuries the proletariat has been waging battles; however, those May days in Chicago were part of a struggle for which proletarians organized with an emancipatory perspective. George Engel, a typographer and anarchist hanged in 1887, expressed it this way: “I do not fight the capitalists individually; I fight the system that gives rise to privilege. My most ardent desire is for workers to know who their enemies are and who their friends are.”

The Chicago comrades and the movement of which they were a part did not simply struggle for the eight hour day. When they referred to “eight hours of work, eight hours of sleep and eight hours of recreation” they were not referring to the leisure we know today. They wanted time for agitation, learning, and fellowship with their peers.

We start from this date that summons us to propose a brief journey through the transformation of capitalist society and the incessant struggle to overcome it.

Industrial Development

At the end of the 18th century, Capitalism definitively turned towards production and profoundly transformed the work processes, reorganizing them, both temporally and geographically. In England all the brutality of this social dynamic is evident in its beginnings. Factory owners had little success in recruiting labor, for this they often had to travel long distances and deprive future proletarians of their livelihoods, crowding them into houses that would make up working-class neighborhoods.

The constitution of the industrial reserve army entailed, in addition to dispossession, a militarization of the whole of social life. The Luddites, “destroyers of machines”, together with resistance movements and revolts were responses to the hunger and misery that began to reign.

To stop the Luddites, the state had to modernize its police; soon the destruction of machines was punishable by death, while emerging trade unionism was tolerated. Laws were passed to regulate both work and civil liberties. With this oscillation between violence and reform, capitalist progress established a method to redirect the anger of those modern slaves, whose attacks were directed against material instruments of production and made no distinction between machines and how they were used.

Later, majority expressions of the incipient labor and socialist movements begin to express great faith in science and machinery, or at least to affirm their supposed neutrality.

The struggles against the fierce capitalist order began to reproduce throughout the world, many of them with a clear reformist content, others with a deeper search for subversion of the social order.

As a result of these struggles, the First International or International Workers Association (IWA) emerged. It resulted from the concrete struggles that developed in the massive practice of the class within the framework of the existing power relations in each country whereby the influences of the different tendencies and ruptures could be either refuted or affirmed. In this sense, the second half of the 19th century constitutes a period of learning and modifications of the revolutionary struggle.

The inaugural statutes of the IWA make a great contribution: “The emancipation of workers will be the work of workers themselves or will not be”. That is, to achieve triumph, the proletariat needs massive common action, while producing a revolutionary theory and methodology that guides it in the struggle. The great objective: the abolition of classes.

In the same sentence we can also read that the struggle for “the emancipation of the working class is not a struggle for privileges and class monopolies, but for the establishment of equal rights and duties and for the abolition of all class privilege.” For the first time the proletariat sought to have its own revolutionary project outside the bourgeoisie, but it still was loaded with bourgeois conceptions of politics. While it was the beginning of a quest of its own, it was mostly thought of as a continuation of the French revolution, which they considered unfinished. Equal rights and duties were conceived as a step towards an end to exploitation and even as a revolutionary goal, as a premise for classless society. Its “taking of the Bastille” was to defeat a class conceived as parasitic, a war on one side against another to administer and manage the same society, only under a labor sign.

At the first congress in 1866, in Geneva, the IWA stated that “the restriction of working hours is a precondition, without which all other efforts for emancipation must fail. We propose 8 hours of work as a legal limit of the working day”. In other words, immediate concrete demands were made with a revolutionary perspective. This perspective is what was taken over by radicalized workers in many parts of the world, such as the movement of which the Chicago martyrs were part.

Restructuring

The reduction in working hours was the result of the struggle of generations of proletarians, but it was also inescapable for capital which, internationally and by its own internal contradictions, was attacking the very basis of its reproduction.

The limitless extension of the working day was attacking the reproduction and survival of the workforce, the source of surplus value. At the same time as the day was reduced, capital was transformed to expand its profits with the help of science, with the introduction of machinery, reducing the production time of goods and intensifying the exploitation of work. However, it should be noted that, yesterday as today, while in some countries it is modernized, in others looting and slave labor continues to be required.

In the case of Argentina, the law establishing the eight hour day was enacted in 1929, as necessary legislation for capitalist modernization and for its own regulation. This local example shows, along with so many others in history and in the world, that what at one moment can be a goal of struggle, a direct attack on profit, an immediate and urgent need that cannot be postponed and even energizes powerful revolutionary expressions, at another moment may simply be a right granted to lubricate the capitalist machinery.

This does not mean contempt for past struggles, but an attempt to understand them, to put into tension what is considered a conquest, its relation to a perspective for revolutionary transformation or reform within capitalist development.

During the first three decades of the twentieth century the proletariat in Argentina pushed forward an intense social agitation. Its maximum expression crystallized in the FORA, with its anarchist unionism and its countless propaganda and social agitation initiatives, whose revolutionary purpose was oriented towards the concretization of anarcho-communism.

In this context, the Argentine state’s response to social demands and ongoing struggles, whether in the city or in the countryside, was always repression, imprisonment, exile or death. No improvement in social life was obtained without opposing force to force and, when proletarian energies dispersed, the conquest was quickly lost.

Due perhaps to the geographical characteristics and to the organization of production of the country, as well as to the strong anarchist orientation of federalism and autonomy within the proletariat, the proletariat did not carry out a homogeneous campaign regarding the working day, although there were countless strikes and struggles in this regard.

From the heavy hand of repression, a process of strong integration of the proletariat into capitalism was consolidated. This involved a whole series of transformations in social life, in the State and its laws, as well as in the organizations of the proletariat and in the content of their struggles. In Argentina, it is precisely from the 1930s on, after the defeat of the revolutionary expressions, that the unionist and parliamentary reformism was cemented which later gave rise to Peronism.

In regard to the integration of the proletariat: this is usually understood as an ideological phenomenon, something to do with consciousness, a kind of co-optation, a deception or a persuasion. But we refer to the material conditions of existence: the deepening of the integration of the reproduction of the proletariat class into the reproduction of Capital, based primarily on the development of industry and its high levels of productivity. This process clearly exceeds the local and its maximum expression is what has been called the “golden age” of capitalism, between the end of the Second World War and the 1970s with its increase in production and consumption levels, with its “welfare state”.

The predominant production methods of this period, together with a series of policy measures that were implemented in a large number of countries, constituted what became known as the Fordist-Keynesian model. As always, different realities and forms of production coexist in capitalism between different regions and even in the same region; that is why we try to briefly analyze its determinants, to approach the understanding of social dynamics, and therefore of struggle, general at all times.

The sustained increase in the rate of profit over several decades and the increase (clearly not in the same proportion) of wages in many branches of production enabled social pacification where trade unions played an important role. This situation we can understand as a “productivity pact” between capital and labor that reinforced the process of integration of the proletariat. However, the barriers put in the capitalist valorization itself appear over and over again. The acceleration of phenomena such as the increase in the organic composition of Capital and the declining tendency in the rate of profit pushed the then current development model into crisis and it began to restructure itself more widely in the 1970s. In the context of this process of exhaustion, important expressions of rupture were developed in the proletarian class that would lead to an intense new wave of international struggles in the 1960s and 1970s.

The defeat of the revolutionary movement gave way to capitalist restructuring of production and administration of the economy through different processes. Among them: a renewed technological introduction mainly supported by the “information technology”, the acceleration of industrialization in different regions considered “backward”, the reorganization of work processes and their corresponding legislation, along with the expansion of international markets. Similarly, the relocation of factories through the introduction of free zones allowed access to cheaper labor, less labor, environmental and tax controls which incentivized a new and more efficient international division of labor.

All this led to a transformation of working conditions, which left behind many of the concessions and conquests typical of the productivity levels of previous decades. There was a sharp increase in the precariousness of work and, therefore, living conditions in general. It was structured through different strategies such as easing the use of the labor force (flexibility of the employment contract, but also of schedules, wages and functions); increased unemployment and stabilization of a large reserve army that would never be included in wage labor; execution of standardized and simplified labor processes, with the consequent disqualification of the workforce; income into the labor market for an increasingly massive number of women, expressing the need for more than one salary per family; increase in unregistered work (ranging from the implementation of fellows or trainees in research, to the underground of migrant workers in textile workshops); outsourcing, or outsourcing of certain tasks or phases of production processes that disseminate and diminish employer responsibilities.

These transformations that Capital dicovered while striving to maintain exploitation and domination, i.e. its own reproduction, transformed the reproduction of the proletariat, breaking the strong integration that we described above, leading to important transformations in the dynamics of the struggle and its content.

The Present

Today we can be sure of something that our comrades in 1886 couldn’t be so sure of. The struggle for the eight hour day was a struggle to reduce working hours in a situation where the capitalist earned more by making his employees work longer. Technological and organizational advances made it increasingly possible to produce more in less time. We are outraged by the situation of those who worked and still work more than eight hours today, but are not equally sensitized that someone works less than eight hours under modalities that destroy the human body.

While the basic categories of Capitalism remain – value, work, wages, the commodity, private property, the State – a lot of water has gone under the bridge. Factories are no longer the center of capitalist society, the composition of the proletarian class is not the same as before, the gold standard no longer exists and the proletariat and bourgeois cultures are virtually undifferentiated.

The end of the “golden years” resulted in the transformation of the proletariat in general and a crisis of the labor movement in particular. The centrality of the work in industry and the place of the factory was questioned and meant that the industrial worker was no longer seen as the main protagonist, much less as the vanguard of his class. This meant that all the experience accumulated on the basis of working conditions that made possible the proliferation of large strikes in the workplace, sabotage practices, breakage of machines or tools, organizations of large contingents of men and women that shared labor daily life in the same space, sometimes even life in the same working class neighborhood, is not reproducible under the new conditions.

Clearly, that gave rise to new forms: blocking roads to prevent the circulation of commodities when thousands of unemployed can no longer prevent production, for example. On the other hand, and coincidentally, from that moment on, capitalist industry and progress demonstrated more than ever the devastation it entailed for the planet and for those who inhabit it. More and more movements began to develop against the harmful effects of production on health and the environment. But addressing new problems or, rather, addressing historical problems as something new, does not necessarily lead to anti-capitalist critique and struggle. While workers in production put forward many demands which put into question several aspects of social reproduction as a whole, most of them still cling to a perspective that is based on the level of integration of yesteryear.

To return to the early days of the labor movement or to the welfare state is neither desirable nor possible. The struggles of the past inspire us for the future, but we must take away the drag of progressive nostalgia.

Today Capital continues to pauperize our living conditions. The extension of information technology to more and more areas of work and to social relations in general, as well as isolating measures, worsen the difficult situation faced by proletarians in our day-to-day lives. We must analyze it in order to organize ourselves, if we want to transform reality.

How to carry out resistance, even the slightest sabotage, when all the tools are ours and the workplace is where we live, when the levels of unemployment grow day by day, when we can only meet our co-workers through a screen, when the hours of day do not seem to have boundaries between work and non-work, when repression in the streets is legitimized by the discourse of public health? These are some of the questions we ask ourselves this first of May.

Capitalist restructuring produces the decline of working class identity and the explosion of multiple identities, some of them linked to new forms of proletariat struggle.

The revolts unleashed in different parts of the world in recent decades, as well as the “new social movements”, despite their inter-classist and good-citizenship character that we observe on many occasions, make it clear that the class struggle persists. At the same time they warn us of the diverse character that the proletariat has, and has had. The centrality of social reproduction in struggles reminds us that revolution must involve much more than the certainty of having a roof over our head and food. It must address, not only as a point of departure but as a starting point, the so-called gender issue, race, sexuality, the family, our being part of nature.

In the revolts of our time, now pushed to the background by the global declaration of pandemic, it is very clear that the perspective is not to manage the subject matter of the protests. Only progressive citizens propose nationalization, worker management, referendums, changes in capitalist administration. But there is not a same project that both proletariat and bourgeoisie must defend, while differing on how to manage it. It is not a war of one side against another to manage this society, but to fight capital as a society, a social relation.

Capitalism, because of its own internal contradictions, cannot improve our living conditions. Furthermore, the social unrest tends towards synchronization, because austerity measures in times of crisis are global, because increased exploitation and worsening living conditions are not a national or neoliberal policy problem. Neither the bourgeois choose this scenario nor do the proletarians in struggle choose it. The blind forces of the economy have brought us here. Now it’s important to know what we’re doing, not for the future, but what we’re already doing!

Each context produces different conditions for revolution and generates particular (material, not moral; social, not individual) contradictions. These can give us important signals about capitalist society and how it can be overcome, but the revolution will ultimately depend on what we can do as a class. The struggle is inevitable and necessary, it transforms us and we seek to transform it into a definitive one. Our concern is that class struggle will be able to produce more than just its own continuation.

That is why we are confident that it is so important not only to participate but also to understand, study and discuss the development of the struggles of the present. Because in the possibilities and conditions of these struggles, in their critiques and ruptures, the revolutionary horizon of the present is outlined.