SOBRE LA TRANSICIÓN AL COMUNISMO


El siguiente texto es nuestra última contribución a una discusión que estamos teniendo con el grupo IDA sobre la transición revolucionaria al comunismo, y específicamente sobre la cuestión de cómo se podría organizar la actividad productiva y la distribución de bienes. La conversación completa entre nosotros y la IDA se puede encontrar en una nueva página de nuestro sitio llamada Debates” (en Ingles).

Estimados S y A,

De nuevo, perdón por la demora. Nuestra respuesta se ha alargado y ha tardado más de lo previsto. La hemos titulado:

¿POR QUÉ LUCHAMOS?

«Deja de imaginar el apocalipsis y empieza a imaginar la revolución»

Tomamos la última frase del último mensaje de ustedes como punto de partida. Ustedes han escrito: Si no puedes decirle a la gente qué es el comunismo, ¿por qué deberían luchar por el comunismo?

Asumimos que la pregunta es retórica, pero en realidad es difícil decir a la gente qué es el comunismo. No es un sistema de gobierno que exista o haya existido, ni es una receta en el libro de cocina de la revolución. Es un movimiento más que una ideología y, por tanto, por definición no estático, difícil de definir. Un movimiento que es una fuerza material resultante de la lucha de clases y, por tanto, condicionado por ella. La lucha de la clase trabajadora contiene al comunismo como una dinámica inherente que impulsa hacia la abolición de las clases, incluida ella misma, y la abolición de la economía1, una fuerza externa que impone su ley sobre nosotros, para reemplazarla por una decisión comunal y consciente de lo que hacemos, cómo lo hacemos y cómo lo compartimos, no por la propiedad, sino sólo por las necesidades humanas.

La fuerza o debilidad del comunismo está ligada a la lucha de clases en general. Así que ahora mismo es bastante débil. Cuando se fortalece, no es tanto porque más gente piense “que deberían luchar por el comunismo”, sino porque la creciente fuerza de la lucha de clases la lleva hacia una dirección comunista. Las formas en que se expresa están necesariamente condicionadas por el horizonte visible en los momentos de esa expresión.

Es difícil plasmar el comunismo en pocas frases sin eslogan, pero también es complicado describirlo en detalle. Esto último es lo que intentó hacer el GIK y lo que ustedes también intentan. Y compartimos las preocupaciones que los motivan: tiene sentido intentar prever los problemas que surgirán, los retos que habrá que abordar y pensar en posibles soluciones; y también mostrar que cuando el capitalismo es derrotado, una comunidad humana es una posibilidad real, y advertir contra las trampas, especialmente contra una visión estatal del período de transición. Creemos que es útil pensar y debatir sobre estos temas como lo han hecho los pro-revolucionarios en el pasado. Agradecemos este diálogo. Podemos aceptar diferencias de opinión porque la cuestión, ahora, está en su etapa hipotética. Sin embargo, no podemos aceptar que un texto como los Principios Fundamentales de la GIK se convierta en una especie de ortodoxia. Como han escrito, “esta teoría es solo una teoría y en realidad todo puede desarrollarse de formas totalmente diferentes”.

La verdad es que la mayoría de nosotros descubrimos hacía donde nos dirigimos cuando llegamos”

El horizonte de nuestra imaginación

Como no tenemos ningún ejemplo existente de comunismo, y porque las lecciones de las secuelas de la revolución de 1917 son mayormente negativas (¿Qué no hacer…), para proyectar lo que significaría en la vida cotidiana, necesitamos usar la imaginación. Pero el horizonte de nuestra imaginación de clase se dibuja por las condiciones de los tiempos en los que vivimos.

¿Qué pensaban Marx y Engels que significaría el comunismo en la vida cotidiana cuando, en 1847, escribieron el Manifiesto Comunista? El primer paso, según su opinión de la época, fue “la conquista de la democracia” por parte del proletariado. Luego seguirían medidas como “impuestos muy progresivos”, “centralización del crédito en manos del Estado”, “centralización de todo el transporte en manos del Estado”, “aumento del número de fábricas nacionales”, “igualdad de deber laboral para todos”, “formación de ejércitos industriales, especialmente para la agricultura”, “abolición del trabajo en fábrica por parte de los niños en su forma actual”. Lo que nos llama la atención al leer esa lista hoy no es sólo el hecho de que incluso estos gigantes de la anticipación comunista aún tenían ilusiones sobre conquistar la democracia y el Estado (su perspectiva solo cambiaría tras ver cómo los trabajadores y soldados revolucionarios de París en 1871 no tomaron el control del Estado sino que lo tiraron de lado), sino también lo modestos que son los cambios que previeron y la poca relevancia que tienen hoy. La mayoría no requieren una ruptura fundamental con el capitalismo. Dadas las condiciones sociales de entonces, la enorme pobreza, los impactantes y disruptivos ritmos de la revolución industrial, es comprensible que estas medidas se vieran como pasos hacia el comunismo, pero hoy creo que estaríamos de acuerdo en que ni siquiera lo son.

Un cuarto de siglo después, Marx acuñó, en su “Crítica del programa de Gotha” (1875), una gran definición concisa del comunismo: “De cada uno según su capacidad, a cada uno según sus necesidades”. Pero en el mismo texto 2afirmó que aún no era posible. Alcanzar este objetivo requiriría un mayor desarrollo de las fuerzas productivas. Tras derrocar el capitalismo tendría que haber una fase inferior del comunismo, en la que la regla no sería para cada uno según sus necesidades, sino para cada uno según su contribución laboral medida en tiempo. Seguiría siendo una sociedad desigual. De nuevo, dado el relativo subdesarrollo de la época, es comprensible que él pensara así. El GIK basó sus “Principios Fundamentales”. (1930) sobre las ideas de Marx acerca de la “fase inferior” del comunismo. Aquí también, el contexto histórico (ahora la contrarrevolución en Rusia y el inicio de la Gran Depresión) es el trasfondo de la visión que desarrollaron. Nadie está libre de los límites del periodo en el que vive.

?Hay alguna clase (asignatura) con la que tienes dificultades?
¡La burguesía!
¡Qué carajo Carlos
!

Estamos tan limitados en el tiempo como Marx, Engels y el GIK, pero hoy el horizonte de nuestra imaginación es muy diferente y también los desafíos a los que nos enfrentamos. El principal desafío ya no es ampliar la capacidad industrial para fabricar para “ a cada uno según sus necesidades”’’ en algún momento futuro. El capitalismo se ve obligado a crecer, pero la sociedad postcapitalista tendrá que ‘deshacerse’. No expandir, sino cambiar radicalmente la producción. Grandes porciones de la economía capitalista dejarán de existir. Esto no solo es una necesidad urgente debido a la crisis climática heredada del capitalismo, sino que también será el resultado del cambio de propósito y contenido de la producción. Según los datos de 2026 de la Organización Internacional del Trabajo , más de 2.000 millones de personas están actualmente desempleadas o sufren algún tipo de infrautilización de la mano de obra (subempleadas, rechazadas o atrapadas en trabajos informales de baja calidad). A esa cifra se suman los trabajadores de industrias que desaparecerán (como la producción de armas, por nombrar solo la más obvia) y los cientos de millones que ahora trabajan en empleos administrativos que desaparecerán (burocracias, finanzas, seguros, política, etc.), los muchos otros empleos que deben desaparecer (vigilancia y control, crimen y lucha contra el crimen, personal militar y policía, etc.) y los muchos que pueden desaparecer cuando la automatización, incluida la IA, se utilice no con fines de lucro sino para servir a las necesidades humanas… Si sumamos todo eso, no cabe duda de que la mayoría de todos los empleos que existen hoy desaparecerán, ya sea durante o poco después de la revolución que derroca al capitalismo.

Por supuesto, el enfoque en las necesidades humanas daría lugar a muchas nuevas ocupaciones, ampliaría algunas ya existentes como la construcción de viviendas e infraestructuras, y aumentaría enormemente el número de personas que trabajan en la salud y otros ámbitos de atención. La necesidad de restaurar la salud del medio ambiente natural y desintoxicar la agricultura también sería una tarea gigantesca que requeriría el esfuerzo de un gran número de personas (cuya contribución sería difícil de medir en tiempo de trabajo). Podemos nombrar otras actividades que probablemente se expandirán o serán inventadas, pero la cuestión aquí es que no es realista asumir que podrán absorber a los miles de millones de personas desplazadas durante el colapso del viejo orden mundial. La idea de que la revolución resultaría en un mundo en el que todos fueran trabajadores que recibieran el equivalente al tiempo de trabajo que él mismo le ha dado ya es absurda solo por este hecho: sería imposible hacer que todos, quizá incluso la mayoría de la población, fueran trabajadores.

Ni sería necesario. Quizá recuerdes el famoso “fragmento sobre las máquinas” en Grundrisse (1857-58), en el que Marx escribe que “El propio capital es la contradicción en movimiento, [en] que presiona para reducir el tiempo de trabajo al mínimo, mientras que el tiempo de trabajo, por otro lado, es la única medida y fuente de riqueza”. Marx señaló que el capitalismo, “Por un lado, llama a la vida todos los poderes de la ciencia y de la naturaleza, así como la combinación social y la interacción social, para hacer que la creación de riqueza sea independiente (relativamente) del tiempo de trabajo empleado en ella. Por otro lado, quiere utilizar el tiempo de trabajo como vara para medir para las gigantescas fuerzas sociales que así se crean”. Observó cómo, como resultado de la dinámica interna del capitalismo, la fuente de la verdadera creación de riqueza estaba pasando del trabajo vivo al conocimiento social, hacia lo que él llamaba “el intelecto general”. “En esta transformación, no es ni el trabajo humano directo que él mismo realiza, ni el tiempo durante el cual trabaja, sino más bien la apropiación de su propio poder productivo general, su comprensión de la naturaleza y su dominio sobre ella por virtud de su presencia como cuerpo social – es, en una palabra, el desarrollo del individuo social lo que aparece como la gran piedra angular de la producción y de la riqueza.” Probablemente pensaba más en nuestra época que en la suya cuando escribió: “El trabajo vivo ya no parece estar tan incluido dentro del proceso de producción; más bien, el ser humano llega a relacionarse más, como vigilante y regulador, con el propio proceso de producción… Se aparta del proceso de producción en lugar de ser su actor principal.” Le quedó claro que el proceso de producción requeriría (relativamente) menos y menos trabajo vivo. La realidad automatizada de hoy hace fácil ver que tenía razón. La producción de bienes necesarios para la reproducción de la sociedad no podría ni tendría que absorber una gran parte, quizá ni siquiera la mayoría, de la población apta para trabajar.

¿Entonces qué pasaría? Dado que ambos aborrecemos el escenario de pesadilla de un “Estado proletario” (controlado o no por consejos obreros) que asignaría a cada uno su lugar en la cadena global de producción, podemos imaginar, por un lado, que las masas desplazadas, especialmente al principio, consumirían bienes sin contribuir mucho o nada de tiempo de trabajo para la producción de bienes, y además que la mayoría, probablemente bastante rápido, encontraría actividades significativas para hacer, se consideren o no socialmente necesarias (y quién lo determinaría de todos modos). Podemos esperar una explosión de creatividad, pero eso no significa que podamos imaginarlo. Tampoco que podamos imaginar cómo encajará con la necesidad de planificación global, o cómo se llevará a cabo la comunicación y la toma de decisiones. Pero lo que parece claro es que sería un error peligroso restringir el acceso a los bienes a quienes han contribuido con tiempo de trabajo socialmente necesario aprobado por el municipio. La comunidad humana se encargará de la comunidad humana.

La comunidad humana no existe hoy en día, aunque el término “comunidad internacional” aparece a menudo en los medios. Se utiliza para pintar un mundo en el que las naciones están realmente preocupadas por “nuestro planeta compartido”. Un mundo con una conciencia que no existe, una ilusión que contrasta fuertemente con el mundo real en el que la necesidad de ganar el juego competitivo prevalece sobre todas las buenas intenciones y todos los intentos de abordar problemas globales, en el que todas las comunidades reales son destruidas por el capitalismo que arrastra al mundo real a la guerra y otras catástrofes. Pero en la lucha de la clase trabajadora por la supervivencia, que cada vez más se verá obligada a enfrentarse a la lógica destructiva del capitalismo, puede surgir una verdadera comunidad humana. De hecho, es el propósito de la revolución, que no puede tener éxito de otro modo. Rechazamos el sistema de vales no sólo porque sea complicado o no-práctico, sino porque el tipo de restricciones que implica son antitéticas a lo que significa comunismo.

Pero la derrota política del capitalismo no ocurrirá de repente. Lo más probable es que haya un largo período en el que el proletariado luche contra el Estado capitalista y al mismo tiempo empiece a construir un nuevo mundo. E incluso cuando sea derrotado políticamente, el capitalismo probablemente seguirá sobreviviendo en algunos huecos aquí y allá. En medio del caos, algunos de los desplazados pueden iniciar la producción sobre una base capitalista. Aunque no haya dinero oficial, podrían inventar uno y empezar a intercambiar y acumular. Además, no sabemos en qué condiciones se encontraría un proletariado victorioso en este mundo. Puede que la destrucción del medio ambiente por parte del capitalismo y los daños causados por sus guerras sean tan graves que desaceleren seriamente lo que se puede lograr a corto plazo. Durante el período de colapso de la producción de capital y la expansión de la producción para las necesidades habrá escasez. Podemos debatir cómo debe gestionarse la escasez, pero esto es seguro: las condiciones actuales no son las mismas que en tiempos de Marx o del GIK. Enfatizaron que era necesario desarrollar las fuerzas productivas para superar la escasez, para hacer posible “a cada uno según sus necesidades“. Pero hoy en día, no necesitamos que las fuerzas productivas crezcan, necesitamos que cambien en contenido y propósito. El hecho de que haya tanta necesidad no cubierta no es porque la sociedad careza de la capacidad para alimentar a los hambrientos y alojar a los sin hogar, etc. No es un problema técnico. El conocimiento social, los recursos y la tecnología están ahí, pero están al servicio del capital. Si se centraran en satisfacer todas las necesidades básicas de toda la humanidad, ese propósito se podría alcanzarse bastante rápido. Una vez liberado, el desarrollo de la tecnología de la información y la comunicación, incluida la IA, que ahora está moldeada para obtener ventaja competitiva y beneficios, acelerará sin duda la transición.

O quizá no se pueda cubrir todas las necesidades básicas tan rápido. Es imposible prever todas las interrupciones sociales, todos los problemas técnicos que surgirán y aún menos saber con qué rapidez podrían superarse. No debemos subestimar la dificultad de reconfigurar la logística de producción global ni las dificultades que esto podría conllevar. Las interrupciones podrían crear escasez local de bienes necesarios. Pero tales problemas sólo se agravarían limitando el consumo en función del tiempo de trabajo contribuido. Y ¿qué tipo de organismo haría cumplir estas limitaciones? ¿y estaría sujeto a diferencias políticas locales… Esto se vuelve sombrío rápidamente

Deshacerse del ‘fango de los tiempos’

Ustedes han escrito: “Lamentamos realmente – probablemente más que nadie – el hecho de que la comida, la ropa y la vivienda simplemente no caen del cielo…”

Efectivamente, no lo hacen. ¿Entonces, un sistema de distribución que haga que los bienes de consumo básicos sean accesibles libremente para todos corre el riesgo de colapsar por abuso? ¿No significaría eso que algunos preferirían ser perezosos, no aportar nada y vivir del trabajo de otros? ¿Y que algunos se entregarían a un consumo codicioso y sin sentido de bienes gratuitos, sólo porque pueden?

Sí, tal vez. Pero serían una minoría, lo que probablemente no supondría una carga pesada para la comunidad. No podemos creer que una sociedad revolucionaria postcapitalista condene a morir de hambre a quienes no participan en la producción. Ni siquiera si la distribución de bienes se basara en vales de trabajo, como ustedes piensan. Las necesidades básicas de la población no activa se cubrirían mediante un fondo general, la parte del producto social que no se distribuye mediante el sistema de vales Entonces la pregunta es, ¿por qué no satisfacer las necesidades de todos de esa manera, en lugar de hacer el complicado y quizá inviable desvío del sistema de vales. El nivel de vida de quienes reciben bienes o raciones gratuitas tendría que ser considerablemente inferior al de los trabajadores que reciben vales, de lo contrario los vales ya no serían el incentivo para trabajar deberían ser. Así que el sistema de contabilidad laboral crearía una sociedad de dos niveles en lugar de una comunidad humana.

Creemos que la revolución saltaría esa llamada “fase inferior” del comunismo. Los trabajadores perezosos y los consumidores codiciosos no supondrían un problema serio, no sólo por la productividad de la sociedad comunista, sino también porque la gente no sería la misma que hoy y tampoco trabajaría. La producción no seguiría siendo trabajo asalariado.

La gente no sería la misma porque formar parte de la revolución los cambiaría. Para eso es la revolución, según Marx: “esta revolución es necesaria, por tanto, no solo porque la clase dominante no puede ser derrocada de otra manera, sino también porque la clase que la derroca sólo en una revolución puede librarse de toda la suciedad de los siglos y prepararse para fundar una sociedad nueva.” [La ideología alemana, 1848]

No subestimemos el cambio de actitudes cuando la producción se orienta directamente a las necesidades humanas y esta orientación está colectivamente acordada. Incluso en la sociedad capitalista, a la mayoría de la gente no le gusta no hacer nada durante un período prolongado, quieren hacer algo con sentido en su vida. Libre de “toda la porquería de los siglos”, el proletariado que ha derrocado el capitalismo y que ya no es proletariado sentirá este deseo de participar en actividades significativas cien veces más fuerte. No habrá necesidad de obligarlos a ser productivos. El ambiente social creado por el hecho de que los medios de producción se han convertido en bienes comunes generará un entusiasmo y un espíritu colectivo que son la motivación más poderosa para participar en la producción, sin necesidad de coacción económica individual.

Como escribió Raoul Victor sobre el sistema de vales:

Medir las contribuciones de los productores individuales se considera que crea (o mantiene) una motivación para participar en la producción social. Pero, como tal, esta “motivación” se basa en el antiguo principio burgués: si no trabajas, no comes. Si no trabajas lo suficiente, no tendrás lo suficiente, y esto independientemente de las posibilidades sociales existentes. Sin embargo, aprender a participar en la producción social de otra manera que no sea bajo el látigo del chantaje del hambre parece una prioridad urgente tan pronto como la colectividad posea los principales medios de producción.”

La revolución comunista, si llega justo a tiempo para evitar el suicidio de la humanidad, es un evento sísmico que lo cambia todo. Es difícil imaginarlo, pero no dejará nada intacto. La gente cambiará. En la brecha de la lucha por la supervivencia, los proletarios se unirán y se convertirán en el trabajador colectivo consciente, que ya era pero no lo sabía. Todas las relaciones humanas (entre productores, familiares, hombres-mujeres, jóvenes y mayores, profesores-alumnos y más) cambian en el proceso. La forma en que la sociedad se reproduce cambia por completo. La actividad productiva cambia. Ya no significa trabajo.

El fin del trabajo

Ustedes han escrito: “No creemos que sea posible “abolir el trabajo” como tal, como parece que ustedes exigen. En cambio, queremos “abolir el trabajo asalariado”. Nuestra comprensión del trabajo está inspirada en Marx, quien lo describió como el metabolismo entre los humanos y la naturaleza. El trabajo en este sentido fundamental, por supuesto, nunca podrá abolirse, mientras los seres humanos también sean seres naturales. Lo que sí se puede y debe hacerse son productos y servicios diferentes.”

Cuando Marx argumentó que “la revolución comunista se dirige contra el modo de actividad precedente” y “elimina el trabajo” (Ideología alemana, Parte I, sección 5), o cuando escribió que “la abolición de la propiedad privada solo se hará realidad cuando se conciba como la abolición del trabajo” (Sobre el libro de Friedrich List, Das nationale System der politischen Oekonomie), ciertamente no quiso decir que el metabolismo entre humanos y naturaleza deba abolirse. Quería señalar que este metabolismo no es algo estático, sino que cambia cualitativamente a lo largo de la historia. “Labour (trabajo)” tenía un contenido muy específico para él, diferente de “work (actividad productiva)”. Según Engels, se quejaba de que el idioma alemán no hacía esa distinción.3 Es cierto que incluso en inglés la gente suele usar las palabras indistintamente, pero el diccionario dice que “work” es un término más general, que se refiere a cualquier actividad con propósito, mental o física, pagada o no; mientras que “labor” es más específico, refiriéndose a la producción de bienes y servicios, pagados o parte de un intercambio económico. En español, la distinción tampoco es tan clara. 4“Work” es una actividad productiva concreta, pero “labor”, como modo de trabajo históricamente específico en la sociedad capitalista, es abstracto, atado a la contabilidad del tiempo de trabajo, medido por el tiempo de trabajo socialmente necesario, sujeto al dictado del reloj. La revolución debe abolirlo inmediatamente.

El proceso concreto de producción puede y debe ser organizado por los propios productores. Lo organizarán no solo para crear cosas para otros (incluidos los diferentes productos y servicios que esperan), sino también pensando en su propio bienestar. Transformar una actividad productiva para que se vuelva satisfactoria será su prioridad desde el principio. Por eso les gustará producir, por eso ya no será trabajo, por eso la gente ni necesitará ni aceptará ser obligada a trabajar. Será satisfactorio, por su nuevo propósito (necesidades reales en lugar de ganancia), por las nuevas relaciones entre productores libremente asociados, por el control que ahora tienen sobre sus medios de producción, sus métodos y su producto. Quizá no todas las tareas puedan ser un placer así, o quizá sí. Esa también es una revolución que podemos esperar y desear, pero que sigue fuera del horizonte de nuestra imaginación.

Es revelador que el único cambio que ustedes prevén respecto al trabajo es: “Lo que realmente se puede y debe hacerse son productos y servicios diferentes.” Nuevos productos para los consumidores, pero nada digno de mención sobre cómo se fabrican. Y, de hecho, el sistema de vales no cambia el contenido del trabajo ni su medida (tiempo de trabajo). Sin embargo, es precisamente ese contenido lo que debe transformarse.

Parece que aceptan como algo natural (y es cierto que Marx también lo hizo) que sería una característica de la sociedad comunista que las horas de trabajo se redujeran lo máximo posible para aumentar el tiempo libre y disponible para todos. Pero eso implica que el tiempo de producción seguirá siendo tiempo no libre, tiempo en el que la gente se ve obligada a hacer algo cuando preferiría estar haciendo otra cosa. Una actividad terrible pero necesaria que hacen porque deben, porque tienen que comer, porque necesitan sus vales. En otras palabras, mientras la división entre producir y el tiempo libre permanezca, el trabajo sigue siendo un trabajo alienado. En cambio, pensamos que será una característica distintiva de la sociedad comunista que la distinción trabajo-ocio desaparezca. Las actividades productivas serán gratificantes en sí mismas y el ocio a menudo será creativo y productivo. Y dado que sería imposible distinguir la actividad “trabajo”, que por sí sola daría derecho a obtener vales de consumo, de otras actividades, también sería imposible medir el tiempo de trabajo propiamente dicho, como exige el sistema de vales. Así que este sistema sería un verdadero obstáculo para la transformación comunista, ya que perpetuaría una realidad que debe superarse lo antes posible.

El fin del Valor

Ustedes han escrito: “Queremos enfatizar que la contabilidad de tiempo de trabajo no es de producción de valor. Verlo como una forma de valor, porque se mide el tiempo de trabajo y la gente cobra por su trabajo, es una comprensión bastante primitiva de la teoría del valor (…) y no es una visión marxista.”

Eso confirma que Marx no era marxista, como de hecho él lo afirmó sarcásticamente una vez. Sobre la contabilidad en tiempo de trabajo escribió en su Crítica de Gotha: “Claramente, aquí se aplica el mismo principio que el que regula el intercambio de mercancías en la medida en que este sea un intercambio de valores iguales.” Reconoció “… una cantidad dada de trabajo en una forma se intercambia por la misma cantidad en otra.” La sustancia del valor sigue siendo la misma: el tiempo de trabajo. Como antes, el tiempo de trabajo que realiza determina la parte del trabajador en la riqueza social.

Así que si trabajas muchas horas, recibirás más vales y podrás consumir más. Si trabajas menos, debes consumir menos. A menos que hagas trampas y finjas que has trabajado más, pero entonces podrías ser pillado por el departamento de control de tiempo laboral y recibir una sanción. ¿Te parece justo? Marx admitió que un sistema así no es justo, que causaría desigualdad porque ignora las diferencias cualitativas entre las habilidades de los productores y las necesidades de los consumidores. Sin embargo, “el bien nunca puede ser más alto que la estructura económica de la sociedad y su desarrollo cultural condicionado por ella.”

Así que, como en el Manifiesto Comunista, se conformó con algo que parecía alcanzable, algo que aún se parecía al capitalismo en muchos aspectos. Pero hoy suena como una receta de otra época (de un hombre que escribió, como es bien sabido, que no quería dar “recetas para las tiendas de cocina del futuro“). Al menos los trabajadores dejarían de ser explotados, no se les robaría plusvalía, ya que recibirían el equivalente completo al valor que su trabajo directo producía. Excepto, por supuesto, la parte que debe deducirse para inversión y para cubrir las necesidades de quienes no pueden trabajar.

Los regímenes capitalistas estatales también afirmaban que en su sistema los trabajadores ya no eran explotados porque los medios de producción supuestamente ya no eran de propiedad privada sino que pertenecen al propio Estado socialista obrero, de modo que todo trabajo excedente que los trabajadores realizan para el Estado, lo hacen para sí mismos. Las tres principales diferencias con el sistema propuesto por el GIK son que este último estaría bajo el control de los consejos de trabajadores, lo que presumiblemente impediría la aparición de una clase dominante privilegiada basada en el Estado, que el valor de los bienes no sería determinado ni por el mercado ni por el Estado, sino por un “cálculo exacto y objetivo”, y que no se utilizaría dinero en el intercambio de bienes y tiempo de trabajo.

Pero seguirían siendo procesos de intercambio los que regularían la producción y el consumo. Intercambios posibles gracias a lo que hace que el trabajo sea comparable a otros trabajos y sus productos a otros productos. Obviamente, hay muchas formas en que todo tipo de trabajo difiere entre sí. Difieren en intensidad, dificultad, talento y habilidad, y en el grado en que el esfuerzo es individual o colectivo, por nombrar solo algunas características. Lo único que tienen en común es que pueden medirse en tiempo. Lo mismo ocurre con los productos del trabajo. Puede que sean deficientes o perfectos, pero lo que tienen en común, lo que los hace comparables, es que se invirtió una cantidad medible de tiempo de trabajo en su fabricación. Los consumidores también se ven reducidos a lo que tienen en común. Todos poseen una cantidad de valor (una cantidad de tiempo de trabajo, expresada en vales), independientemente de las diferencias en sus necesidades y circunstancias.

Eso invalida la afirmación de que el sistema de vales permite un cálculo exacto. Dadas estas diferencias cualitativas, realmente no sería posible medir el trabajo social medio contenido en cada producto ni el tiempo de trabajo proporcionado por cada productor individual. También porque, como escribió Marx en Grundrisse, “el producto deja de ser producto del trabajo directo aislado, y la combinación de la actividad social aparece, más bien, como el productor.” El producto es social, hecho por ‘el trabajador colectivo’, y se ha vuelto imposible determinar qué ha aportado cada trabajador individual. En los procesos de producción actuales, los chips de ordenador y el software digital están presentes en todas partes y son esenciales en todas las etapas de la producción. Calcular cuánto tiempo de trabajo que contienen es transferido cada vez que se usan, no sería muy práctico. Marx consideraba insostenible seguir utilizando el tiempo de trabajo como medida cuando el trabajo vivo ya no es la principal fuente de riqueza real. En Grundrisse, situó las raíces de la crisis sistémica del capitalismo en esa contradicción. Según él, se convierte en una absurdidad que desencadena un cambio histórico. Así que nos preguntamos: si la medida de la riqueza por tiempo de trabajo directo ya es un problema tan grande en el capitalismo, ¿por qué seguir organizando la producción y la distribución sobre esta base después de que el capitalismo sea derrotado?

La contabilidad en tiempo de trabajo quitaría a los productores el control sobre el proceso y los medios de producción de diversas maneras. Una de esas formas sería que promoviera la estandarización. La necesidad de medir los tiempos de trabajo individuales que se invirtieron en los productos de actividades sociales combinadas requeriría descomponer los procesos de trabajo en tareas uniformes y estandarizadas cuya duración pudiera determinarse. Aquí es donde se produce la división entre el trabajador colectivo y su producto. Los productores estarían bajo presión, no solo para cumplir las tareas en el tiempo socialmente medio asignado, sino también, para mantenerse dentro del límite de tiempo, para cumplir la tarea de una manera dada y estandarizada. Seguirían sujetos al reloj y no tendrían control real sobre cómo usar sus medios de producción.

La sociedad en transición puede enfrentarse a graves problemas de escasez, pero la contabilidad en tiempo laboral no es la única forma posible de abordarlos. Un sistema dinámico de racionamiento basado en una distribución equitativa de bienes según las necesidades y que pueda adaptarse rápidamente a las circunstancias cambiantes parece una solución mucho mejor que un sistema que sigue tratando a todos y todo como una cantidad de tiempo de trabajo. Lo que Marx propuso en “Gotha”, lo que el GIK elaboró en “Principios fundamentales”, equivale a un intercambio de valor sin dinero.

Los vales de trabajo no son dinero porque no sería posible acumularlos ni usarlos para mediar intercambios de bienes. Al menos no en teoría. Cómo se aplicaría eso en la práctica es otra cuestión. La cuestión es si, en una economía organizada sobre la base de intercambios de equivalentes, el dinero podría estar ausente. Si de hecho a los vales de trabajo no se les permitiera asumir estas funciones esenciales del dinero (circular bienes, ahorrar, acumular…), podrían estar funcionando como dinero imperfecto y las funciones que no puede cumplir serían sustituidas por otra cosa. En otras palabras, el mercado sobreviviría, de forma informal y perniciosa, como mercado negro.

Ustedes argumentan que la contabilidad en tiempo de mano de obra sería necesaria para planificar la producción. De hecho, será útil tener en cuenta los datos sobre el tiempo de producción para la planificación, pero solo como uno de varios parámetros. Tendría más sentido calcular los parámetros de producción y distribución en base a cantidades físicas concretas. Como escribió Raoul Victor: “La medida de las necesidades humanas, por un lado, y de las posibilidades reales de producción, por otro, en términos físicos (por ejemplo, la cantidad de litros de leche por niño, por un lado, y el número de vacas lecheras por otro), son mucho más fáciles de hacer que cualquier evaluación basada en el tiempo medio de trabajo social.” Y enfatiza que el desarrollo de la tecnología de la información puede hacer que esta planificación sea mucho más fácil, precisa, flexible y eficiente.

Cualesquiera que sean las ventajas que pueda tener la contabilidad de tiempo de trabajo para la planificación, palidecen frente al respaldo de que los proletarios seguirían estando gobernados por el reloj, precisamente lo que los hizo resistir al capital en primer lugar. Como escribió Gilles Dauvé: “Si el regulador es el tiempo de trabajo, esto implica la necesidad de ser productivo, y la productividad no es servidora: gobierna la producción. La planta de taller pronto perdería el control sobre sus supervisores electos, y los coorganizadores designados democráticamente actuarían como jefes. El sistema de consejos sobreviviría como una ilusión, y la gestión de trabajadores resultaría en capitalismo, o más bien… El capitalismo nunca habría desaparecido. No podemos tenerlo todo: o mantenemos la base del valor, o la dejamos pasar. El círculo no se puede cuadrar.”

El fin del Estado

Ustedes escribieron: “Sería muy ingenuo suponer que el Estado desaparecerá de repente en un proceso revolucionario.”

Lo que hace que esta frase sea correcta es la palabra “de repente”. Un colapso repentino del Estado es, en efecto, poco probable. Pero quita esa palabra y decimos: ¡sí! El Estado desaparecerá en el proceso revolucionario, porque de eso va este proceso.

El Estado capitalista ha crecido continuamente, independientemente de los cambios ideológicos, independientemente de que el régimen sea democrático o autoritario, liberal o (pseudo)comunista. La razón es que el capitalismo, bajo la presión de sus propias contradicciones y de la resistencia de clase, necesita cada vez más coerción y control. Para eso está el Estado y contra eso lucha el proletariado.

Ustedes han escrito: “La teoría contable en tiempo laboral intenta encontrar soluciones a estos problemas, para evitar un retroceso a la economía estatal – que en este momento, de hecho, parece el escenario más probable durante una situación revolucionaria”.

No tenemos una bola de cristal, no sabemos si es cierto, pero compartimos el miedo de ustedes. Si la revolución no lleva más que a una toma política del Estado, habrá fracasado. Habrá cavado su propia tumba. Quizá entonces el escenario sea lo que ustedes llaman “economía estatal”. El GIK quería demostrar que eso no era inevitable, que el comunismo no tenía por qué ser como la URSS de Stalin. Defendieron posiciones revolucionarias en un periodo muy oscuro. Su lucha es nuestra. Pero eso no significa que las soluciones que propusieron “para evitar un retorno a la economía estatal” cumplieran ese propósito. Si partes de la premisa de que las personas deben ser obligadas a trabajar para consumir, ya dices implícitamente que deben ser controladas. La contabilidad de tiempo laboral sigue basándose en la coerción y requiere control para que funcione. La coerción y el control requieren un aparato para hacerlas cumplir, imponer las leyes y regulaciones de la economía en la sociedad, castigar el engaño, el abuso y otras infracciones. Eso es el Estado, aunque exista una estructura de consejos de trabajadores que se eleve por encima de él.

¿Se marchitaría un Estado así? ¿O sería el lugar desde el que el modo de producción capitalista se reafirmaría? El hecho de que la forma de valor sobreviviría, que la reproducción de la sociedad seguiría basándose en el trabajo cuyo ritmo y modalidades escapan al control directo de quienes lo realizan, sugiere que la segunda posibilidad sería la más probable. El trabajo alienado seguiría estando en el núcleo de la sociedad, y como es trabajo alienado, tendría que ser gestionado. Requeriría una división del trabajo de la que pudiera surgir una clase dominante, cuyas responsabilidades de gestión se ampliarían con el tiempo, desde la supervisión del sistema de contabilidad de tiempos de trabajo hasta la imposición de normas y prácticas que la economía requiere. Podría centrarse en la expansión del trabajo excedente incluso en detrimento del trabajo necesario (trabajo para satisfacer las necesidades de los propios productores). Su expansión podría incluir funciones sociales extraeconómicas como reprimir a los capitalistas privados, integrar lo desconectado, contener las tendencias centrífugas de la sociedad y otras tareas que no deberían confiarse a especialistas estatales o protoestatales.

El Estado debe morir y no ser resucitado. La persistencia de la forma de valor en la contabilidad por tiempo de trabajo podría permitir su retorno. Llevaría a la aparición de una clase separada para gestionar el sistema de valores y crearía nuevas vías hacia la acumulación. Aunque la forma de un Estado se base en la dictadura de los consejos proletarios, con delegados elegidos y revocables por los trabajadores que los eligieron, eso no podría cambiar fundamentalmente el contenido de su práctica.

Esto no niega que los consejos de trabajadores, o una estructura comparable que involucre a toda la sociedad en la fijación de prioridades globales y en la toma de otras decisiones de impacto global, serían esenciales. La transición revolucionaria no sería desorganizada. Al contrario, la vida organizada probablemente prosperará como nunca antes. A medida que el trabajador colectivo abre la puerta a la comunidad humana, la conciencia comunitaria hará brotar innumerables organizaciones. Ya sea por la proximidad, la actividad compartida u opiniones o intereses compartidos, serán sujetos activos. Y la tecnología de la información, cuando sea liberada, les proporcionará medios de comunicación que Marx y el GIK ni siquiera podrían soñar.

Entre toda esta organización espontánea se destaca la necesidad de una organización de masas durante la insurrección revolucionaria y posteriormente. En el pasado se manifestó en la formación de asambleas obreras, soviets, consejos obreros. Parece razonable suponer que una organización revolucionaria de masas del mañana tendría similitudes con esas. Cómo se organizaron y cómo deberían organizarse ha sido objeto de mucho debate, pero lo que está claro es que solo pueden ser una organización de masas si la masa está luchando. Y la masa solo lucha si es sujeto con capacidad de transformación. Los trabajadores (o cuando se abolieron las clases, los productores) deben sentir que tienen opciones, que juntos tienen poder sobre su vida. Si eso desaparece, la estructura de consejo mejor organizada se convierte en una cáscara vacía. Así que, dado que el sistema de contabilidad en tiempo laboral perjudica la capacidad de actuar de los productores, debilita la base sobre la que se basa la estructura del consejo.

Una estructura similar a un consejo global sería indispensable, dadas las dificultades globales que enfrentamos. Tenemos que ser capaces de decidir colectivamente qué hacer. Pero sería un error imaginar una jerarquía de poder organizado con el consejo global en la cima, como una versión proletaria de la democracia parlamentaria. Las formas en que ocurren la comunicación y la toma de decisiones probablemente serán más horizontales que jerárquicas, comunales en lugar de que una parte imponga su voluntad sobre la otra. Está más allá del horizonte de nuestra imaginación ver y describir cómo se organizará eso con precisión. Pero sabemos que no llegaremos si reemplazamos salarios por semi-salarios, dinero por semi-dinero y el Estado por semi-Estado. El argumento de que necesitaremos esas por el subdesarrollo de las fuerzas productivas ya no cuenta. Podemos saltarnos la “fase inferior del comunismo”, que no es comunismo en absoluto, e ir directamente a lo real. Porque debemos y porque podemos. Es más posible y más urgente que nunca.

S.Y. y Sanderr

NOTAS

1 Naturalmente, la sociedad comunista tendría que ser ‘económica’ con sus recursos. Pero aboliría “la economía” como una esfera separada, una máquina autónoma que la sociedad debe obedecer. Como escribió Gilles Dauvé: “El comunismo es el fin de la economía como campo separado y privilegiado del que depende todo lo demás mientras lo desprecia y teme a ella“. La economía, como campo, surgió en el siglo XVIII. Acompañó el auge del capitalismo, adoptó su visión del mundo, se convirtió en su apologista ‘científico’. El Capital de Marx tiene como subtítulo “una crítica de la economía política”. En el comunismo no habría ni política ni economía, ya que la política implica que el poder político es algo que existe sobre y en contra de la comunidad; de igual modo, la economía implica que los frutos del trabajo de la comunidad existen de forma bastante independiente de ellos. En el comunismo, ciertamente habrá ‘cosas’, pero estas cosas no serán “actividad coagulada”, es decir, actividad que se ha detenido en un proceso de producción y así obtiene su propio “estatus ontológico” (es decir, una mercancía). En última instancia, en una sociedad postcapitalista, la producción y el consumo no serán esferas de cuenta separadas, sino momentos orgánicos en una actividad creativa humana continua. Esto será especialmente cierto una vez que se cubran todas las necesidades humanas básicas.

2 que en primer lugar fue un ataque al reformismo y a su visión del Estado como un instrumento neutral de clase que podía ser conquistado por la clase trabajadora.

3 Una de las mejores investigaciones de Marx es la que revela el carácter dúplex del trabajo. El trabajo, considerado como productor de valor de uso, es de carácter diferente, tiene cualificaciones distintas respecto al mismo trabajo cuando se considera productor de valor. Uno es el trabajo de un tipo específico, hilado, tejido, arado, etc.; el otro es el carácter general de la actividad productiva humana, común al hilado, tejido, arado, etc., que las comprende todas bajo un mismo término común, trabajo (asalariado). Uno es el trabajo en concreto, el otro es el trabajo en abstracto. Uno es trabajo técnico, el otro es trabajo económico. En resumen—porque el idioma inglés tiene términos para ambos—el uno es trabajo (work), a diferencia del trabajo asalariado (labor); el otro es el trabajo asalariado (labor), a diferencia del trabajo (work). Tras este análisis, Marx continúa: “Originalmente una mercancía se nos presentaba como algo dúplex: valor de uso y valor de intercambio. Más adelante vimos que el trabajo, en la medida en que se expresa en valor, ya no posee las mismas características que le pertenecen en su capacidad como creador de valor de uso.” Friedrich Engels: Cómo no traducir a Marx: https://www.marxists.org/archive/marx/works/1885/11/translation-m

4 Algunos utilizan el término «labor» para la actividad productiva en general y «trabajo» para la explotación de la fuerza de trabajo generadora de valor. En esta traducción, preferimos utilizar «actividad productiva» para «work» y «trabajo» para «labor» (nota de los traductores).

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